Ser recolectora de café por un día en Risaralda, Colombia

Por Ángela Morales Chica

05/05/2026

“Yo he sido toda la vida del campo y me gusta” dice Ancizar mientras estamos recolectando granos de café. Habla con la naturalidad de quien ha aprendido el mundo trabajando la tierra, como si el oficio fuera también una forma de memoria. Sin embargo, cambia de tema abruptamente y me advierte: “cuidado señorita, acá en este cafetal hay mucho de una vaina que parece una motica, blanca. No la vaya a tocar que es un gusano peligroso. Es grande y pasa entre las hojas”. No dice como se llama.  En el campo, no todo necesita nombre para ser real; hay miedos que reconocen sin clasificarse.

Amanece oscuro y lluvioso. Llega “el momento en que la naturaleza vuelve a empezar” como escribió Thoreau en Walden y el cielo comienza a estirarse cuando menos lo espero; las nubes se van deshilachando y el sol asoma con fuerza entre los cafetales. La carretera está vacía y más allá de las colinas hay una cadena de montañas, pintada a esta hora del mismo gris plateado que las nubes. Esas figuras en el cielo se mueven con la gracia de una pieza de maquinaria bien engrasada y me recuerdan que estoy en un país de aire limpio y espacios abiertos; de montañas azules y moradas; de matorrales verdes decorados con flores amarillas.

La finca no tiene nada de señalización y está ubicada a la izquierda de la carretera. Cuando llego hay varios trabajadores esperando la asignación de surcos, mientras otros apenas salen de la habitación donde dejaron sus pertenencias. Me siento en la entrada de la cocina, sitio donde llegan todos los trabajadores para iniciar el día con una taza de café. El cielo se colorea con tonos rosados mientras escucho cinco o seis trinos diferentes. Hay alegría en el ambiente a pesar de la hora y veo que mis compañeros de cuadrilla empiezan el día cantando o soltando risotadas mientras sus ojos se llenan de curiosidad al verme. Quisiera no sentirme como una extraña, pero en este grupo de recolectores, hombres de campo, una mujer no pasa desapercibida.

Arranco para los cafetales con diez recolectores y Faber, encargado de enseñarme y contarme secretos sobre el oficio, me asigna un surco, esa hilera llena de cafetos listos para la cosecha, y me da indicaciones específicas: recoger solo los granos maduros de color cereza, no adentrarme más en la montaña y estar atenta a los llamados a comer. Empieza el trabajo y al mismo tiempo, suenan diferentes canciones en cada uno de los radios que cargan mis compañeros. Escucho los gritos y los chistes cerca de mí, pero con el paso de la mañana, sus voces se pierden entre los cafetales.

Faber, el patrón de corte, se acerca a preguntarme como voy y le digo que lo más difícil, incluso que separar los granos rojos, es cargar el canasto en la cintura. Entiendo de lo que hablaba De Certeau sobre cómo el cuerpo entiende antes que las palabras: el peso enseña, la postura corrige, el cansancio advierte. De hecho, cuando llega a saludarme, ya me lo he desamarrado y su peso reposa en la tierra, mojada y llena de pequeñas hormigas que luego subirán a saludarme. Al contrario de lo que pensaba, no me molestan las manos sucias ni el murmullo del amanecer.

En casi cinco minutos recojo 200 granos. No es una gran cantidad, pero lo maravilloso empieza cuando se mira con detalle y cada logro es un triunfo que se celebra en solitario. Mis compañeros, que no sé si están un poco más cerca o hablan en voz alta, tocan todos los temas, desde el amor hasta el despecho.  "Uno podrá ser muy berraco pero lo coje una mujer y le da tres vueltas" dice Camilo, otro recolector de café, antes de soltar una carcajada. Mientras reacciono ante esa risa contagiosa, Faber dice que duelen más la cintura y las rodillas cuando los árboles están bajitos. Agradezco que hayan designado para hoy una porción de terreno donde los árboles tienen buena altura y descubro un miedo: tumbar la canasta con los granos que ya he recogido.

Cuando se acerca mediodía, hora del almuerzo, aparece Alejandra, dueña de la finca. Es más bajita que el cafeto en el que estoy recolectando y su pelo es negro azabache. Me dice que ella se demoró dieciocho minutos en un árbol y con eso activa mi curiosidad. Recolectar el café de un árbol con dos ramas en una misma raíz, en temporada de cosecha y muchos granos rojos me toma trece minutos. A medio día subo al comedor y almuerzo con Alejandra. Según ella, es triste que la cultura del café se haya perdido porque no es rentable. Por esa razón, los caficultores se pasan a otras cosechas, como el plátano y la naranja. El precio del café está por debajo de los costos de producción la mayoría de las veces y, en fincas como esta, de casi cuarenta cuadras, deben buscar diversificar la oferta.

El desayuno es a las ocho de la mañana. Cuento trece hombres esperando la comida mientras dos chicas se encargan cocinar. Ofrecen sopa de primero y un plato cargado de carbohidratos de segundo junto a una taza de aguapanela, esa bebida típica colombiana de un sabor dulce parecido a la azúcar morena. Hay tajadas, arepa y chicharrón, todo frito para obtener energía y trabajar todo el día.

Alrededor de las nueve volvemos al trabajo. En un radio suena Vicente Fernández y en otro J-Balvin. Pienso en una frase del libro Los escogidos, de Patricia Nieto, donde afirma que “la gente no necesita parecerse para convivir”. Algunos sacan sus dotes de cantantes y, aunque yo quiero unirme a este karaoke itinerante, no sé a cuál de los ritmos pegarme. Cuando no hay música cerca, es uno solo con sus pensamientos. Me concentro en los diferentes rojos de los granos de café y en lo que me hacen pensar: unos tienen el color del chile, otros me hacen salivar con su forma circular parecida a las uvas y unos más, por su color, me recuerdan a los tomates cherry. Perdida entre mis pensamientos, escucho los pasos de uno de los recolectores. Cuando lo miro a los ojos y sonrío, se pone en la tarea de contarme un poco más de su vida.

Se llama Ancizar y llegó del Tolima hace veintitrés años. El polvo y la mugre de la tierra no se notan porque usa una camisa café. Le falta un diente, tiene dedos como ramas, manos grandes y ojos brillantes. “Uno entre más livianito ande, mucho mejor, porque en una tierra de estas que es muy plana, uno se cansa mucho de la cintura si lleva el costal pesado”. El olvido que seremos, libro favorito de mi madre, viene a mi cabeza. Héctor A. Faciolince supo explicarlo bien: “el cuerpo guarda la historia que la memoria no alcanza”. Aprendo mucho con estas conversaciones cafeteras, aunque esto último que dice, ya me lo había dicho el cuerpo: entre más peso, más dificultad.

Después de almorzar, volvemos al cafetal. Las historias alocadas que cuentan distan perfectamente de la mirada serena de hombres como el Paisa. Tiene cuarenta y tantos años, el cuerpo sólido, la barba entrecana y no parece que se ría a menudo. Lo que sorprende es que este, como muchos en el campo, es un oficio lleno de culturas, costumbres, acentos y diversidad. Acá hay personas de todas partes del país, con comportamientos y personalidades diferentes, que hacen de la experiencia una más significativa.

Termina la jornada antes de las tres de la tarde y algunos piden unos minutos más para terminar de recolectar los granos del surco en el que están trabajando. Salimos todos con los respectivos costales hacia la zona donde se pesará el café. Camilo cogió 107 kilos, pero ha tenido días donde recoge 350. Hace mucho calor, pero cada uno se toma su tiempo y espera su turno. Es un segundo piso y entre todos ayudan a subir el producto final. Mi costal pesa 19 kilos, peso mínimo comparado con los demás.

Los que logran recoger las cargas enormes al final de la jornada son leyendas vivientes por su habilidad y las proezas numéricas que alcanzan, sumando un grano tras otro a una velocidad de superhéroe. Camilo, después de un día de diez horas, de las cuales ocho horas las pasa en la montaña cortando café, observa el cielo rosado clausurar el día y con esa seña, agradece que es tiempo de ir a casa y descansar. “Gracias a Dios terminamos la jornada” dice y recuerdo a Caparrós. Trabajar no siempre salva, pero sostiene.