Espacios verdes, jardines y ciudad
Por Dorelia Barahona Riera
05/03/2026
Había un jardín al cual llamábamos la tierra, canta Georges Moustaki en los años 70 con su gran aliento poético. La canción se refiere precisamente a esas bondades míticas de los parajes naturales. Esas zonas verdes cubiertas con grandes árboles; la profunda floresta, el bosque poblado de frutos, animales, flores y madera con que guarecernos del frío. Los primeros jardines fueron eso. Una copia de ese vergel que recordamos cada vez que estamos cerca o en medio de algún espacio verde cultivado en nuestras casas y en la ciudad, como se representa en millones de obras de arte y en la famosa alfombra Pazyryk, tejida hace 2500 años, en el siglo v antes de cristo, la más antigua que se conserva. En su tejido se pueden ver árboles, frutos y animales mezclados armoniosamente para dar placer a quienes se sentaron en ella o dormían a su alrededor.
El jardín era y sigue siendo un espacio para sentirse bien. Relajamiento, tranquilidad y ánimo positivo es lo que buscamos al reunirnos en los parques. Y ese encuentro lo experimenta también el cuidador del jardín, ya que es sabido que el que cuida de un jardín, el jardinero, es a su vez cuidado por su propio jardín, porque cosecha lo que ha cuidado y disfruta del esfuerzo al ver los resultados de su propia creatividad en el cultivo y crecimiento de las especies, desarrollando empáticamente buena salud y disposición al cuido de lo semejante. Son múltiples los ejemplos de la jardinería como ejercicio para lograr los valores humanos buscados, sea en la poesía, la religión o las artes. Como ejemplo está el género poético de los rawdiyyat. Hermosísimos versos dedicados a los jardines árabes, extraordinarias obras de arte donde el cielo se reflejaba en los espejos de agua que bajaba cantando en los canales, y por supuesto, en la Biblia con la abundancia de metáforas donde los jardines bien cuidados y ordenados son alabados por Dios y serán un premio en la otra vida y donde el orden del cielo se ve recordado y reflejado en los propios diseños de los cultivos de la tierra.
Así también en la edad media los jardines cultivados en los conventos representaban secciones alusivas al espíritu, recordemos las rosaledas dedicadas al amor de María, y a la curación del cuerpo, por medio de los herbarios dedicados a las plantas medicinales. Un jardín es también por lo tanto una representación del pensamiento de quien lo diseña. En la historia de los jardines vemos diferentes estilos con más o menos ornamentación. Había en los siglos 16 y 17 zonas para juegos, paseos y fuentes, llegando a ser tema de competencia entre la aristocracia Europea, mientras que en América se construían con la opulencia de la riqueza virreinal que copiaba los modelos europeos. De igual manera, en la época prehispánica los jardines eran sumamente apreciados también por los señores, los tlatoani, que cultivaban en México flores para la ornamentación y los ritos y toda clase de especies de manera flotante en Xochimilco. El Jardín de Nezahualcóyotl fue famosísimo, sobre todo por su colección botánica. Costumbre que existía ya en el antiguo Egipto de mantener jardines botánicos con las plantas que traían de los territorios conquistados.
Es larga la historia del jardín y no hay que leer mucho para toparnos con la descripción del paraíso original, como metáfora de un lugar bellísimo donde no hay hambre ni frío ni miedo ni desesperanza. Por lo que todo jardín es un relato del recuerdo del inicio del bosque, cuando, como dice la canción de Moustaki toda la tierra lo era para bien del futuro de la humanidad.
La ciencia también lo asegura. Se sabe que los árboles en las ciudades tienen la capacidad de absorber dióxido de carbono (CO2), propiciando que bajemos el cortisol y las pulsaciones, por lo que una ciudad con más zonas verdes es un lugar más sano para vivir. Buscamos estar en los jardines, parques o sitios con árboles, por puro placer estético sin saber que estamos buscando un lugar donde ya sabe nuestro cuerpo que le sienta bien estar. Sean jardines de los que disfrutan sus dueños o sean construidos en plazas públicas, estos jardines mantienen la función de ser utilizados para el bienestar de los usuarios, y su función es reivindicativa de la salud. Cada uno de estos espacios tiene una función social que conduce a rituales para la restauración personal, dado sus emplazamientos epistémicos y por lo tanto crean una relación sensible con las personas, ya que es en ellos donde evidenciamos la necesidad de experimentar emociones positivas en lo que denominamos: ciudades emocionadas con derecho a la belleza de sus habitantes como sinónimo de esperanza de una mejor vida común.
De esta manera vemos como la suma de ciudades antes existentes y en la actualidad funcionando, como también las manchas verdes en el planeta, que bien pueden ser selvas o bosques naturales, reservas protegidas, parques botánicos cultivados y jardines públicos o privados, son parte del pasado en común que nos ayudó a sobrevivir alimentándonos y protegiéndonos y que hoy en día siguen donándonos en las ciudades espacios para sentir eventos esperanzadores y olvidar el presente distópico.
Una pequeña muestra simbólica de este valor mítico, social y biológico que es preservado para el bienestar de los seres humanos que viven en las ciudades son los jardines domésticos de las casas. Pequeños espacios verdes donde la posibilidad de cultivar y representar el mundo en sus dimensiones territoriales aporta, como ya lo hemos mencionado, además de placentera belleza, identidad desde el cuerpo y la psique a quien lo cuida y a quien lo aprecia. La pérdida de la angustia y demás neuropatologías actuales, son parte de los efectos que tiene este cuidado de “otras especies”. Al igual que un arbusto, nos podamos el cuerpo y la psique cada vez que aflora la necesidad consciente de hacerlo. Nos jardineamos teniendo de ejemplo la belleza de un jardín bien mantenido. La escenografía es parte constitutiva del cuerpo de los habitantes y, por esto, influye en ellos. En este sentido, es importante el concepto de psiquis de Jung (trad. de 1966) y el simbolismo interpretativo de Guenón (1995)
En este sentido, los jardines domésticos se vuelven reivindicativos en medio de la situación de muchas familias, ya que es la plataforma donde rediseñan su paralaje, su medida de la belleza, de manera autopoiética y en la mayoría de las veces gratuita. Y efectivamente como ya lo señalamos, si narramos la transformación de la tierra al hacer un jardín, podemos apreciar cómo el ser humano se transforma con él.
Lo cierto es que a manera simbólica heredamos el concepto de Jardín del Edén desde la literatura del libro del Génesis:
Plantó Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos. El primero se llamaba Pisón…, el segundo se llamaba Guijón... el tercero Tigris... el cuarto Éufrates (Génesis 2, 8 a 14).
El ser humano siempre ha vivido construyendo ideas y mitos de sus jardines, de hecho, el paso del mito al logos a partir del siglo VII a. C. va de la mano del concepto de physis o lo que se crea naturalmente, idea antagónica a lo que es producido por la mano del ser humano, con lo cual surgió la contraposición entre cultura y naturaleza. Así que, cuando ya hablamos de jardines, portamos con ellos al imaginarlos, otros jardines como el jardín del Edén y el iniciático jardín del alma, jardín nombrado por Epicuro para su escuela, quien consideraba que la filosofía se debía impartir en el jardín y ser filosofía de vida, no solo de conocimiento de otras ciencias. También portamos el jardín del conocimiento derivado del Edén, cuyo significado es huerto y el jardín de la riqueza, también conocido como el mito del jardín del Rey Midas, o el mito del Jardín de las Hespérides, donde aparecen dragones, a veces culebras, a veces mujeres, que cuidan las manzanas de oro. Iniciación, ciencia y riqueza. Cabe recordar también los jardines colgantes de Babilonia.
La jardinería sigue siendo un ejercicio similar a una poda sináptica, si sirve esta metáfora del cerebro, donde los sistemas de reactivación reticulares son derivados de la siembra y la poda. Además, la experiencia de tener a nuestro cuido un espacio donde se observe, se ronde, se limpie, se modele y se controle la tierra y, con ella, una porción de la naturaleza, ofrece al cultivador la metáfora de la belleza en tanto la expresión de la armonía biológica obtenida que nos recuerda a la nuestra como seres vivos. También es importante señalar que la transformación del jardinero sucede también en una ciudad de existir sumas de jardineros transformándose con la ciudad como suma o resta de zonas verdes y jardines que conforman un paisaje urbano para sus habitantes y esto da cuenta de la calidad de vida en términos bioéticos como resultado de los sistemas interactuantes en sus habitantes. Dichos sistemas relacionales pueden generar ciudades excluyentes, propiciadoras de aislamiento y enfermedad o bien ciudades emocionadas.
