Entrevista a Noemí Sabugal

Es el mar el que lo une todo, como camino y también como frontera.”

Por Luci Romero 18/11/2025

Código marítimo, O Vicedo (Galicia). Foto: Pablo J. Casal

En un país cuya península guarda más de diez mil kilómetros de litoral, donde vive cerca del cuarenta por ciento de la población y sin embargo muchas veces se mira más la playa que el mar, surge un libro que invita a volver, a mirar, a escuchar. En Laberinto mar. Un viaje por la vida y la historia de nuestras costas (Alfaguara editorial), la periodista y escritora Noemí Sabugal se embarca en lo que podríamos llamar una travesía de varios años de investigación, centenares de entrevistas, innumerables puertos, ríos, salinas, barcos; un mar que es al mismo tiempo geografía, memoria, oficio, duelo, explotación, cambio climático, migración. Sabugal logra conjugar la rigurosidad de la crónica con la hondura de la literatura, y lo hace poniendo voces ahí donde parecía que sólo había agua o viento.

Este libro no es únicamente un atlas de costas; es un mapa de relaciones: entre personas y agua, entre paisajes y ciudades, entre historia antigua y presente ecológico. Los oficios que se apagan —las mariscadoras, los percebeiros— conviven con las rutas de los migrantes que llegan al mar, los naufragios pendientes, la transformación de los puertos en centros de ocio. Se habla de ballenas y almadrabas, de mitos fenicios y de microplásticos.

Invitamos a la autora a hablarnos de lo que quiso capturar, de lo que encontró y de lo que todavía permanece oculto bajo las olas. Porque, como ella misma cuenta, «meter en un libro el mar, los mares, es un empeño de locos». Y sin embargo ese empeño ha dado como fruto este libro, que —como tantas corrientes— nos empuja a mirar más allá de la orilla.

“Laberinto mar” parte de una premisa tan necesaria como es mirar el mar como si fuera un ser vivo y no un decorado. ¿Cómo empezó ese impulso de escuchar al mar en lugar de observarlo desde la distancia?

 El mar no es nuestro elemento natural y por eso tendemos a convertirlo en escenario y no en protagonista. Me interesaba darle una vuelta a eso, por lo que en este libro es protagonista, aunque es un protagonismo compartido también con las personas y con los territorios costeros. El mar está vivo, lo sabemos, pero no estamos acostumbrados a mirarlo por debajo de las olas para ver qué es lo que ocurre ahí.

 

A menudo decimos que España “vive de espaldas al mar”, pese a tenerlo en casi todas sus direcciones. ¿De qué manera tu libro intenta reconciliar esa distancia cultural? 

No diría que vivimos de espaldas al mar, pero sí que no lo observamos en todas sus dimensiones. España es un país marítimo, el cuarenta por ciento de la población vive en territorios costeros y del mar depende gran parte de nuestra economía, desde la pesca al turismo, además de otros sectores, como el del transporte marítimo y el trabajo en los puertos. Lo que ocurre es que miramos poco al mar en ciertos aspectos, a veces porque no nos interesa, sobre todo cuando se produce un choque entre la economía y la ecología. Cuando ocurre, casi siempre gana la primera. En el libro lo que intento es abrir puertas y ventanas para mirar al mar con un poco más de profundidad.

Mar de las Calmas. Foto: Pablo J. Casal

¿Qué te interesa del mar como memoria colectiva más que como espacio físico o turístico? 

La memoria colectiva sobre el mar también incluye el espacio físico y los sectores laborales que dependen de él, entre ellos el turístico. En esta memoria hay una parte que se está diluyendo más. Es el caso del sector pesquero, que decrece y tiene un problema de reemplazo generacional. También es cierto que hasta mediados del siglo pasado teníamos una relación más estrecha con el mar, no sólo por la cantidad de personas que trabajaban directamente en él, sino porque salíamos de este país en barco. Pero también era una relación más dramática. No hay más que ver los cientos de naufragios que rodean nuestras costas o que ocurrieron en otros lugares del mundo con barcos llenos de migrantes españoles. Lamentablemente, ahora seguimos teniendo el drama de los naufragios de las personas que migran por mar hacia nuestras costas.  

En Hijos del carbón te adentraste en el mundo del trabajo subterráneo; ahora bajas al fondo del mar. ¿Qué une esos dos paisajes invisibles: la mina y el océano? 

Más cosas de las que pudiera parecer a simple vista. Tanto la mina como el mar, y en esto me refiero a la pesca y a otras actividades similares, son sectores primarios. Están en contacto directo con elementos naturales que tienen sus peligros, suponen intervenir en el medio natural y muestran los choques y contradicciones entre la economía y la ecología a los que aludía antes. Y también mantienen una memoria emocional e histórica muy fuerte en las comunidades mineras y marineras, con familias enteras dedicadas a esas actividades.  

 

Tu libro entrelaza las voces de marineros, científicas, pescadoras o migrantes. ¿Cómo construiste ese tejido coral sin que unas historias eclipsaran a otras? 

Pues diría que, igual que en un coro, a veces las voces se unen en lo colectivo y a veces se separan para individualizarse. Pero cada voz tiene su espacio y narra su historia

Dices que el mar es también un archivo político. ¿Qué verdades o silencios has encontrado en esa historia sumergida? 

Muchas y muchos. Por elegir sólo un tema: el vertido de bidones con residuos nucleares en la fosa atlántica. Un vertido realizado por varios países europeos con el beneplácito del Gobierno español y que duró cuarenta años, hasta los ochenta. A día de hoy, ahí siguen.  

Las costas españolas son escenario de migraciones, naufragios, guerras y turismo masivo. ¿Qué hilo une todos esos episodios en tu mirada narrativa?

Es el mar el que lo une todo, como camino y también como frontera.  

 El litoral se ha convertido en un campo de batalla entre la naturaleza y el urbanismo. ¿Crees que la literatura puede intervenir de algún modo en ese debate?

 Claro que sí. La literatura, como otras artes, interpela a quienes leen, y así interviene en ese debate. Trasladar la experiencia, colectiva y personal, de los excesos que suceden en las costas y en el mar, bien sea desde el cómic, como hace Ana Penyas en Todo bajo el sol, o desde la crónica, como en Verano sin vacaciones, de Ana Geranios, como desde las novelas y los ensayos, como el de España fea, de Andrés Rubio, hace que reflexionemos sobre los efectos más indeseados del urbanismo y de la turistificación y eso puede, y debe, influir en las políticas que se hagan en este sentido.  

 Si tuvieras que elegir un lugar de entre todos los que recorres en el libro —una playa, un puerto, una ruina—, ¿cuál sería? 

Voy a elegir dos lugares antitéticos. Uno sería la bahía de Portmán, en Murcia. Una bahía perdida, contaminada y colmatada por los residuos mineros que, durante décadas, fueron arrojados al mar. El otro sería el Mar de las Calmas, en El Hierro, que está camino de convertirse en el primer parque nacional cien por cien marino.

¿Qué aprendiste de los oficios del mar que crees que podría aplicarse a cómo miramos el territorio hoy, desde tierra firme? 

Es difícil resumir esto, porque hay muchas cuestiones en el libro trasladadas por personas que ejercen distintos oficios relacionados con el mar, de los puertos a la pesca. Pero algo que me ha parecido interesante es que, al haber problemas en el mar derivados del cambio climático y de la contaminación, y al afectar estos problemas a sectores importantes, como el pesquero y el turístico, creo que se está produciendo un mayor acercamiento de estos sectores al mundo científico. He tenido una sensación de mayor entendimiento, de búsqueda de análisis y de soluciones. Sigue habiendo muchos puntos de disensión, lógicamente, pero creo que este acercamiento es positivo.   

Laberinto mar mezcla crónica, ensayo, archivo... ¿Cómo encontraste la forma narrativa adecuada para un tema tan disperso y vasto? 

Suelo poner un ejemplo que creo que es muy visual. El libro es como un puzle de mil piezas, pero con capítulos. Cada capítulo es un tema y ahí van encajando las piezas sobre ese tema que he ido encontrando en distintos mares y territorios costeros.   

Hay en el libro una voluntad de cartografiar: de construir un mapa del país a través del mar. ¿Cómo fue el proceso de documentación y selección? 

Laborioso, largo y fascinante. En cada testimonio, en cada territorio y en cada libro había un descubrimiento. Por eso es un libro-viaje que ha requerido su tiempo. En este caso, más de tres años.

Espigón del antiguo puerto de Empuries. Foto: Pablo J. Casal

El mar que describes, en algunas ocasiones, es un elemento enfermo, sobreexplotado, lleno de plástico y de ruido. ¿Qué te interesaba mostrar de esa herida ecológica? 

Hay partes del libro que muestran esos lugares heridos y los problemas que sufre el mar, desde las olas de calor a los microplásticos, pero también otros que se centran en la belleza de los lugares sanados y protegidos, desde el citado Mar de las Calmas al mar que rodea el Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar, entre otros. Me interesa mostrar lo herido y lo sano, y aprender de ambas circunstancias.   

¿Crees que los libros pueden modificar nuestra manera de mirar los ecosistemas, o al menos devolvernos cierta capacidad de escucha?

Sí, y no sólo los libros. Es importante sobre todo la voluntar de saber, la curiosidad. A lo mejor parece una obviedad, pero a mirar sólo se aprende mirando; y a escuchar, escuchando. Para eso hay que detenerse y dedicarles a las cosas un recurso precioso: el tiempo.