"Para cohabitar necesitamos retirarnos de aquellos espacios que estamos asfixiando"

Entrevista a Andreu Escrivà, ambientólogo, doctor en Biodiversidad, especializado en conservación y divulgación ecológica y escritor. Su libro más reciente: La Tierra no es tu planeta (Editorial Arpa)

Por Luci Romero 8/02/2026

En La tierra no es tu planeta, Andreu Escrivà plantea una idea tan sencilla como incómoda: la crisis ecológica no es solo un problema de datos, sino de identidad. El libro recorre cuestiones como la pérdida de biodiversidad, el colapso de los ecosistemas, la fragilidad de la vida y la forma en que el lenguaje —palabras como sostenibilidad, neutralidad o progreso— ha sido vaciado de sentido hasta convertirse en un obstáculo para pensar la crisis ecológica. Lejos del catastrofismo y de las soluciones simplificadoras, Escrivà propone un cambio profundo de mirada: asumir nuestras coordenadas espaciales y temporales, reconocer nuestra vulnerabilidad como especie y cuestionar el relato de dominio que ha marcado la relación entre humanos y naturaleza.

Nos reunimos hace unos días para hablar de esta nueva publicación, pero la conversación pronto se aparta del guion previsto. Entre preguntas y respuestas aparecen el duelo por lo que se pierde, la idea de retirada frente al crecimiento ilimitado, el desgaste del lenguaje con el que nombramos la crisis ecológica y la dificultad de asumir nuestra responsabilidad como especie en un planeta finito y compartido. De ese intercambio surge esta entrevista, en la que Escrivà no ofrece recetas rápidas ni consuelos fáciles, sino una invitación a cambiar la mirada: a pensar desde el rigor científico, la conciencia cultural y la humildad necesaria para aceptar que la Tierra —como recuerda el propio título— nunca fue solo nuestra.

El título afirma algo incómodo: la Tierra no nos pertenece. ¿En qué momento sentiste que esa idea debía convertirse en el eje del libro? 

El título salió solo, de una forma muy natural, tras escribir unas tres cuartas partes del libro. La primera vez que se me ocurrió era de noche y me lo apunté en un papel, en la mesita de noche. Al día siguiente le empecé a dar vueltas y vi que tenía sentido, especialmente por el punto de incomodidad. Cada vez estoy más convencido de que tenemos la obligación de abrir debates que nos incomoden. Al final, el título sirve tanto de resumen como de proclama.

 

A lo largo del texto insistes en la pérdida de coordenadas —espaciales, temporales, morales— como uno de los grandes problemas de nuestra relación con el planeta. ¿Crees que la crisis ecológica es, ante todo, una crisis de orientación? 

Creo que más que de orientación es una crisis de identidad. Necesitamos entender las coordenadas en las que nos ubicamos para ser conscientes de quiénes somos, de dónde y cuándo estamos y, muy especialmente, de cuál es nuestra responsabilidad.

Utilizas con frecuencia conceptos científicos muy precisos, pero el tono del libro es profundamente narrativo y emocional. ¿Cómo equilibras el rigor científico con la necesidad de conmover y no solo informar?

Este ha sido quizás el punto más complicado de la escritura, además de la definición de la estructura del libro. Yo vengo del mundo científico, de la academia, aunque haga ya un cierto tiempo que me alejé de ella. Quería ser muy riguroso, porque el tema es complejísimo y cualquier simplificación corre el riesgo de caer en lugares comunes o falsedades, pero también cercano; al fin y al cabo, parte de lo que me define como escritor es, creo, una cierta accesibilidad. De nada vale escribir algo importantísimo si luego no se entiende. Durante el proceso de escritura me di cuenta, sin embargo, de que esa "accesibilidad" no iba a venir dada por un tono más informal o forzadamente cercano, que es la vía que escogí en otras ocasiones, sino por la conexión con emociones y vivencias personales y colectivas. Hacer compatibles centenares de referencias científicas con un tono que en más de una ocasión roza lo poético o intimista ha sido difícil, obligándome a una revisión y reescritura constante, pero estoy convencido de que era lo que tenía que hacer y lo que el libro me pedía.

Hay una crítica clara al lenguaje dominante —sostenibilidad, biodiversidad, neutralidad climática— y a su vaciamiento de sentido. ¿Hasta qué punto el problema ecológico es también un problema de palabras? 

Las palabras moldean la forma en la que vemos la realidad. Las ciencias naturales han exhibido una cierta despreocupación por el lenguaje con el cual se traducían los hallazgos científicos, y eso ha sido, a mi parecer, un error. Las palabras importan, tanto por lo que dicen como por lo que ocultan. La forma que tenemos de nombrar la naturaleza y la crisis ecológica es enormemente problemática: nos faltan palabras, hemos banalizado términos clave y desconocemos cómo nombrar aquello que nos amenaza, la angustia que nos corroe, la pena que sentimos. Necesitamos más y mejores palabras y, a la vez, identificar aquellas que se han vaciado de significado para servir únicamente al capital y la explotación.

 

En el libro aparece con fuerza la idea del duelo: duelo por las especies que desaparecen, por los futuros que no existirán. ¿Crees que aún no hemos aprendido a hacer un duelo colectivo por lo que estamos perdiendo?  

Creo que no, en absoluto. La desconexión de la naturaleza no sólo se sustancia en el alejamiento del asombro ante las maravillas del mundo natural, sino también en la ausencia de una sensación de pérdida, en el desconocimiento de toda la vida que se desvanece ante nuestros ojos, en la incapacidad de saber qué significa, cómo nos afecta, qué podemos hacer. Creo que no hemos hecho un duelo porque pensamos que esto se arreglará en el último minuto. No entendemos la magnitud de la crisis de biodiversidad, el punto extremadamente crítico en el que está la vida en nuestro planeta.

Frente al relato del progreso y la expansión, propones una “retirada”, una desaceleración deliberada. ¿Por qué te parecía importante introducir esta idea sin caer en la distopía ni en el moralismo? 

Efectivamente, era complicado introducir la idea sin caer en simplificaciones, visiones erróneas (como que los humanos somos un virus) o dibujar escenarios distópicos. Espero haberlo conseguido, aunque eso sólo puede decidirlo quien lea el libro. Me parecía importante hablar directamente de retirada, puesto que es una palabra que difícilmente puede ser vaciada de contenido profundo, como sostenibilidad; además, resulta difícil pensar que el capitalismo se la pueda apropiar, puesto que choca frontalmente contra el mantra del crecimiento. La retirada implica planificación, humildad, asunción de nuestras coordenadas biológicas y civilizatorias. Para aprender a cohabitar necesitamos retirarnos de aquellos espacios que estamos asfixiando.

Recurres a ejemplos como el overview effect o la noctalgia para hablar de cambio de perspectiva. ¿Crees que necesitamos nuevas experiencias sensoriales —mirar el cielo, escuchar el silencio— para replantear nuestra ética ambiental? 

¡Completamente! Si pudiese, y si no tuviese un coste tan enorme en emisiones de gases de efecto invernadero, enviaría cada día al espacio a diez personas con poder decisión real. Quizás a alguna la dejaba un tiempo allí arriba, jajaja. Necesitamos experimentar nuestra pequeñez y nuestra insignificancia, la pérdida y la fragilidad, también la grandiosidad y fabulosa singularidad de la vida de nuestro planeta. Es el momento de cambiar de perspectiva.

 

El libro desmonta la idea de la excepcionalidad humana, pero no desde el desprecio, sino desde la responsabilidad. ¿Qué significa, para ti, ser humanos en un planeta compartido y finito? 

¡Uf! Es una pregunta que me he hecho muchas veces a lo largo de la escritura. Lo primero es entender quiénes somos. Saber que somos una más entre los millones de especies que viven en el presente y entre muchos millones más que han habitado este planeta desde hace eones. Es saber que somos apenas un destello en la historia de la Tierra y, a la vez, somos capaces de dejar huellas terribles. Los humanos anunciamos la vida con pedazos de muerte, como diría Blas de Otero. Podemos y debemos cambiar eso. Tenemos la responsabilidad de evitar que nuestro legado sean huecos y ramas cercenadas en el árbol de la vida.

«No hemos aprendido a hacer el duelo por la vida que está desapareciendo»

Hay una defensa clara del apoyo mutuo y la cooperación como fuerzas evolutivas, frente al relato de la competencia. ¿Qué implicaciones políticas y sociales tiene releer la biología desde ese lugar? 

Creo que es muy arriesgado trasladar cuestiones evolutivas a nuestra realidad social e histórica. Sin embargo, si algo podemos extraer es que la cooperación y el apoyo mutuo son una fuerza esencial de la evolución, como ya escribía Kropotkin hace más de cien años. Frente al relato imperante de la competencia como fuerza vertebradora de la sociedad, que tanto le conviene al capitalismo, es necesario reivindicar la fuerza de la cooperación. La nuestra es una especie cooperativa, colaborativa. Hemos llegado hasta aquí gracias a nuestra capacidad de tejer alianzas y de ayudarnos mutuamente, no de competir. Pero claro, eso no les conviene ni a los mercados, ni a los gurús del neoliberalismo ni a los tecnobros.  

Tras escribir La Tierra no es tu planeta, ¿qué esperas que cambie en quien lo lea: su manera de pensar, de actuar… o simplemente su forma de mirar lo que le rodea?

Este no es un libro para "saber qué hacer" frente a la crisis de biodiversidad, pese a que puedan encontrarse en él vías de acción. Diría que de lo que trato es de, como dices, cambiar la forma de mirar lo que nos rodea. ¿Cómo? En primer lugar, situándonos a los humanos en un planeta único, en el que se ha producido la más increíble de las casualidades: existe vida. ¿Qué es la vida, por qué es tan infrecuente, qué significa que algo esté vivo? Toda reflexión, si quiere ser transformadora, debe partir del asombro y la maravilla, de la asunción de nuestras coordenadas espaciales, temporales y biológicas. En segundo lugar, he querido explicar, de una forma rigurosa y accesible, qué es la crisis de biodiversidad y por qué es crucial abordarla con urgencia. No está en nuestro día a día, la solemos identificar con unas pocas especies y además no la percibimos como una amenaza real. Por último, necesitamos cuestionar nuestra propia identidad y la falsa dicotomía entre seres humanos y naturaleza (¡somos naturaleza!) para, desde el conocimiento, la maravilla y la humildad, poder dibujar un camino de descolonización del futuro y de reconciliación con el resto de las especies que nos acompañan en este planeta... que no es el nuestro.