“Comparto el mensaje de Donna Haraway, pero no su forma críptica y elitista de transmitirlo. Cuando la filosofía deja de ser comprensible, se condena a la irrelevancia.”
Entrevista a Santiago Beruete, autor del libro Filosíntesis. Espiritualidad y filosofía desde el jardín (Taurus).
Por Luci Romero
En un momento atravesado por la aceleración tecnológica, el agotamiento emocional y la crisis ecológica, el filósofo y escritor Santiago Beruete propone en Filosíntesis. Espiritualidad y filosofía desde el jardín una forma distinta de mirar —y de habitar— el mundo. El libro, definido por el propio autor como un “manual de supervivencia filosófica”, recupera el jardín, las plantas y la contemplación no como simples refugios estéticos, sino como espacios desde los que repensar nuestra relación con la naturaleza, el tiempo, la comunidad y nosotros mismos.
Continuando la línea de obras como Jardinosofía o Verdolatría, Beruete entrelaza filosofía, ecología, espiritualidad y pensamiento crítico para cuestionar algunas de las grandes ficciones contemporáneas: la idea del individuo autosuficiente, el progreso ilimitado o la separación entre cultura y naturaleza. En sus páginas aparecen la inteligencia vegetal, la teoría Gaia, Donna Haraway o la necesidad urgente de una cosmovisión biocéntrica capaz de devolvernos el sentido del asombro y de la interdependencia.
Hablamos con él sobre jardines y guerras, contemplación y resistencia, espiritualidad ecológica, inteligencia vegetal y crisis de percepción. También sobre cómo las plantas pueden enseñarnos otra manera de pensar y de vivir en un tiempo marcado por la hiperproductividad, la desconexión y el colapso ecosocial. Una conversación que reivindica la lentitud, la atención y el cuidado como formas de resistencia frente a un mundo cada vez más acelerado.
En Filosíntesis defines el libro como una “guía de perplejos” y un “manual de supervivencia filosófica”. En un contexto marcado por la hiperproductividad, la saturación tecnológica y la desconexión con lo viviente, ¿qué es exactamente aquello de lo que necesitamos aprender a protegernos o sobrevivir hoy?
Me gusta imaginar Filosíntesis como un caleidoscopio filosófico, que aborda retos existenciales tanto individuales (amor, muerte, salud mental, fe, esperanza…) como colectivos (la crisis climática en curso, la educación, la desigualdad socioeconómica, la dictadura del algoritmo...). Este libro está emparentado, salvando las distancias, con el ars combinatoria de Ramón Llull, el Oráculo manual de Baltasar Gracián o las Adagia de Erasmo de Rotterdam, entre otras obras y autores que, sin renunciar a sus aspiraciones estéticas, escribieron manuales de autodefensa y supervivencia filosófica para navegar la complejidad de su siglo con la ayuda de una brújula espiritual.
Hoy como ayer, necesitamos protegernos de aquellos que intentan manipular nuestras emociones, controlar nuestra mente e imponer una manera de entender el mundo. En la guerra no declarada, pero cada vez más recrudecida, por secuestrar nuestra atención, apoderarse de nuestros datos y adueñarse de nuestras mentes, urge espabilar nuestro instinto filosófico antes de que el esfuerzo de pensar por uno mismo se torne insoportable. Mientras las tecnologías se vuelven de día en día más y más invasivas, nuestros mecanismos de defensa intelectual se debilitan por la falta de práctica. Antes de que acabemos deseando exclusivamente lo que nos recomiendan las máquinas, viendo el mundo a través de sus pantallas, actuando en modo piloto automático y desconectados de nuestro ser, debemos despertar nuestro instinto filosófico.
En el libro sostienes que las plantas no son un decorado de la historia humana, sino condición de posibilidad de nuestra existencia. ¿Por qué nos cuesta tanto asumir esa deuda?
Llevamos tanto tiempo afirmando la singularidad de nuestra especie que nos olvidamos de que el primate humano jamás hubiera existido si las plantas no hubieran modelado la biosfera a lo largo de cientos y cientos de millones de años, creando así las condiciones idóneas para la aparición de los sapiens en la Tierra. Con frecuencia olvidamos que el mundo que habitamos es una creación de las plantas. Lleva su firma verde. En el principio fue el verbo, como dice la Biblia, y yo matizaría: «el verbo fotosintetizar».
Nos gusta pensar que somos los protagonistas de la historia natural, pero, desde la perspectiva de las plantas, los humanos somos unos recién llegados a la fiesta de la vida. Nuestra dependencia de ellas es tal que, si estas desaparecieran súbitamente, no viviríamos para contarlo. Pero si fuera al contrario, una exuberante vegetación no tardaría en repoblar la superficie de la Tierra y en colonizar las ruinas de nuestra civilización, que rápidamente se precipitaría en el verdor del olvido.
Planteas que los jardines nos devuelven a la esencia de nuestra humanidad y que quizá el mejor antónimo de guerra sea jardín. ¿Qué tiene el jardín que desactiva la lógica de la conquista, la prisa y la violencia?
Soy de los que creen que el mejor antónimo de guerra es jardín. Ese trozo de tierra cultivado y delimitado para disfrute o provecho humano es un símbolo de la paz más convincente que la paloma blanca o la rama de olivo. Se podría afirmar asimismo que ajardinar la selva de nuestros instintos agresivos o destructivos es el cometido de la cultura. Las plantas cultivan en los que las cultivan cualidades como la paciencia, la calma, la confianza y la humildad. Las virtudes implícitas en la creación y el cuidado de un jardín o un huerto representan la antítesis del instinto bélico o el ardor guerrero.
El título del libro juega con la fotosíntesis: transformar luz, agua y materia en energía. ¿Qué sería, en términos humanos, hacer “filosíntesis”?
El neologismo que da título a esta obra alude, por una parte, a la fotosíntesis: la prodigiosa capacidad de las plantas de transformar la luz del sol y el agua en azúcares, que es el sostén de la vida en este planeta. Y, por otra parte, describe una voluntad de estilo: sintetizar razonamientos, narraciones, experiencias vividas e informaciones científicas para crear un manual de supervivencia y autodefensa filosófica, que pueda servir de brújula espiritual para navegar la complejidad de nuestra época.
Cada cual debe, a imitación de las plantas, fabricar su propio alimento espiritual. El proceso de elaboración de ese saber práctico bien podría llamarse «filosíntesis». He ahí la manera de responder a la pregunta filosófica por excelencia: ¿cómo vivir de la mejor manera posible? Lo cierto es que tanto plantas como humanos crecemos buscando la luz. Del mismo modo que extraemos del reino vegetal los principios activos para tratar los males del cuerpo y del alma, también podemos obtener de él valiosas enseñanzas acerca de cómo pensar y actuar de forma sana y beneficiosa. No por casualidad el color de la esperanza es el verde.
¿Crees que hoy la contemplación es una forma de resistencia?
La contemplación estética de la naturaleza nos predispone a protegerla y conservarla. En un mundo dominado por las prisas, la lentitud, la escucha atenta y la atención voluntaria se han convertido en formas de resistencia e insumisión contra la celeridad tecnológica y la lógica de la productividad, en una forma de desacato y de objeción de conciencia frente al consumismo desaforado y el imperativo de aprovechar el tiempo.
Concentrarnos voluntariamente en la contemplación de un jardín, un paisaje o una flor —para el caso lo mismo da—, un texto escrito o la respiración nos permite presentir la eternidad. Ningún viaje te llevará más lejos que desensimismarte, aventurarte fuera de tu cabeza al encuentro con “lo otro”. Basta focalizar la atención en algo o alguien para que se torne infinito.
En tu escritura hay una apelación constante al asombro. ¿Se puede enseñar a asombrarse o es algo que se ha perdido y solo se puede recuperar? ¿Crees que necesitamos reaprender a percibir antes que a pensar?
El asombro es la emoción filosófica por excelencia y el principal acicate de la curiosidad. Según Aristóteles, los seres humanos comenzaron a hacerse preguntas llevados por el estupor ante el hecho insólito de estar vivos, de que hubiera algo en lugar de nada, y las cosas fueran como son y se hallaran en permanente cambio.
No hay mejor remedio contra la insatisfacción y el sinsentido que corroe nuestra alegría de vivir y pone en grave riesgo nuestro ecosistema biológico y espiritual que mantener vivo el sentido del asombro. Siempre habrá muchos y buenos motivos para sentirse desmoralizado por la marcha del mundo, pero sentir fascinación por la naturaleza nos vacuna contra la desesperanza y nos previene contra la arrogancia de sentirnos superiores.
Gracias a las plantas revisamos conceptos como inteligencia, mente, individuo o conciencia. ¿Qué ganamos filosóficamente cuando dejamos de medir la inteligencia con criterios humanos?
La revolución pendiente, tanto en el campo de las ciencias como en el de las letras, pasa por emanciparnos progresivamente del ángulo de visión humano. Necesitamos abandonar la arrogante creencia de que somos los únicos organismos inteligentes del planeta y avanzar hacia una cosmovisión biocéntrica, donde la singularidad del sapiens estribe en saberse conectado con todo, y su racionalidad se manifieste en la conciencia de su «relacionalidad».
Las plantas nos enseñan a ser humanos porque desafían nuestro zoocentrismo y ponen a prueba nuestra capacidad de atención, asombro y empatía si queremos entenderlas. Nos fuerzan a rebasar nuestros marcos cognitivos, a cambiar nuestros hábitos mentales e ir más allá de los esquemas preconcebidos para descifrar el jeroglífico de su existencia. No contentos con poner en entredicho nuestra singularidad y superioridad con sus habilidades y adaptaciones, nos obligan también a repensar qué significa ser un animal racional y a replantearnos nuestro modo de habitar la Tierra y relacionarnos con los otros vivientes. Como venimos diciendo, urge refundar la alianza con la naturaleza antes de que sea demasiado tarde, atravesemos el umbral de un calentamiento irreversible y escape de nuestras manos decidir nuestro futuro. Ahora bien, sin la ayuda de las plantas jamás lograremos restaurar la biosfera. Nuestro porvenir se halla ligado a nuestra capacidad de comprender y colaborar con el reino vegetal en busca de soluciones a la crisis ecosocial en curso.
En el libro aparece una idea muy necesaria: nos resulta más fácil aceptar la inteligencia artificial que la inteligencia vegetal. ¿Qué dice eso de nuestra época?
Estamos más dispuestos a considerar conscientes a las máquinas que a las plantas. Nos causa menos disonancia cognitiva la inteligencia artificial humana que la inteligencia vegetal. Preferimos atribuir la creatividad biológica de los árboles, las flores y las hierbas a «una programación innata» antes que a su perspicacia. La sola idea de que tengan “intenciones” toca una fibra sensible de nuestra sociedad. A pesar de que son capaces de realizar trucos prodigiosos, como la fotosíntesis, y proezas deslumbrantes, como renacer de las cenizas o vivir miles de años, seguimos infravalorando sus capacidades y logros.
Tu libro insiste en abandonar la fantasía del yo soberano y autosuficiente. Cuando escribes que somos holobiontes, comunidades simbióticas, ¿estás proponiendo una nueva definición de identidad?
La noción de un yo soberano, autónomo e independiente sigue siendo una de las más tenaces fantasías de la cultura moderna. Algo que contrasta vivamente con la visión de la naturaleza como una red simbiótica, sin centro de mando ni límites definidos, como una malla de interdependencias. La pervivencia del mito de la individualidad autosuficiente explica que asistamos impávidos a la devastación de la biosfera, de la que formamos parte y dependemos para sobrevivir.
Este libro promueve una conciencia crítica y autorreflexiva de la biosfera y defiende el humanismo radical. Su programa se resume en la afirmación inquebrantable de una sola humanidad como parte de un Todo vivo, de un «nosotros sapiens» que comparte la casa común del mundo con los otros vivientes no humanos. Únicamente si ese sentimiento de comunidad planetaria prevalece sobre las mil y una formas de tribalismo, lograremos poner freno a la degradación de la biosfera y desviar el rumbo suicida de la sociedad tecnocapitalista.
Estableciendo cierto diálogo con Donna Haraway y su idea de “hacer parentesco” con otras especies. ¿Crees que la crisis ecológica exige menos “gestión de la naturaleza” y más parentesco con lo viviente?
Comparto el mensaje de Donna Haraway, pero no su manera un tanto críptica y elitista de transmitirlo. Si la filosofía se sitúa por encima de la capacidad de comprensión de la gente común, se condena a la irrelevancia. Si se esfuerza más en mantener su supremacía intelectual que en brindar consuelo y propósito a los atribulados ciudadanos del siglo XXI, se torna una jerga académica solo apta para expertos.
Así, por ejemplo, en su Manifiesto de las especies de compañía: perros, gentes y otredad significativa Donna J. Haraway dice algo muy interesante: «somos humus, no Homo, no Anthropos; somos abono, no posthumanos». Esta sugerente y brillante idea que describe al animal humano como parte de una comunidad de vivientes se formula en un lenguaje de un hermetismo académico.
Parto de la idea de que no son las buenas razones ni los malos datos los que nos mueven a actuar, sino las emociones. De ahí la importancia de tocar la fibra sensible de las personas con historias y palabras comprensibles y cercanas. Con Filosíntesis he intentado desbrozar una nueva senda en la escritura que aúne conocimiento científico e historias transformadoras, la ciencia del clima con el suspense narrativo y el compromiso social con la imaginación literaria y su capacidad de conmover, es decir, movilizar.
Soy de los que creen que el mejor antónimo de guerra es jardín.
También citas y rozas una sensibilidad próxima a Gaia, Lovelock y Lynn Margulis: la Tierra como red viva, autorregulada, simbiótica. ¿La teoría Gaia te interesa más como hipótesis científica, como metáfora espiritual o como relato necesario? ¿o las tres?
Una de las más hermosas historias que se ha contado la humanidad para no perder la fe en el futuro y no morir de la verdad, como diría Nietzsche, es la visión de la Tierra como un organismo vivo, autónomo y autorregulado. Creo que la teoría Gaia podría constituir el mito fundacional sobre el que construir una cosmovisión biocéntrica. Tras los millones de nombres de los vivientes se encuentra la unidad sagrada de la naturaleza. Nadie sensible a su belleza carece de espiritualidad. Las personas que comparten esta visión biocéntrica experimentan un asombro reverencial por las plantas, los animales y el resto de las criaturas grandes y pequeñas. Se sienten formando parte de un Todo vivo: un ser hecho de muchos otros seres, que supera nuestra capacidad de comprensión y nos trasciende. Podéis llamarlo Alma o Inteligencia del Mundo, Energía, Absoluto, Dios, Gaia, Espíritu o como queráis. Es lo de menos.
Abogo por una espiritualidad sin respaldo divino, cimentada en una conciencia crítica y autorreflexiva de la biosfera, de la que formamos parte y dependemos para sobrevivir. Como habitantes del planeta Tierra, estamos emparentados genéticamente y entramados simbióticamente con todos los demás vivientes. No solo compartimos con ellos genes, átomos y células, sino también un origen común y una unidad de destino. Tan solo si ese sentimiento de comunidad planetaria prevalece sobre las mil y una formas de tribalismo, conseguiremos revertir la crisis medioambiental en curso y desviar el rumbo suicida de nuestra sociedad tecnocapitalista. Urge pensar con y no contra la naturaleza antes de que traspasemos un umbral crítico, se desencadenen cambios irreversibles en el clima y escape de nuestras manos la posibilidad de decidir nuestro futuro.
¿Crees que necesitamos reaprender a percibir antes que a pensar? En relación con esto: ¿el problema ecológico podría ser antes una crisis de percepción que de conocimiento?
La amplitud de miras que necesitamos para abordar los retos medioambientales que nos quitan el sueño pasa por reaprender a ver el mundo natural, no solo con los ojos del cuerpo, sino también con los de la mente y los del espíritu. Solo si cambiamos nuestra forma de mirar, cambiaremos nuestra forma de pensar y vislumbraremos soluciones que ni imaginamos para nuestros problemas.
En Filosíntesis aparece la idea de que necesitamos otro relato distinto al de la acumulación, el consumo y el crecimiento indefinido. ¿Qué relato puede competir hoy con el relato del progreso material?
Nuestro mundo pide a gritos una transformación del modelo socioeconómico. Necesitamos un nuevo relato que puedan aceptar todos los miembros de la gran familia sapiens con independencia de su procedencia, credo o estatus. Esa narración debería redefinir nuestra identidad terrícola y alentar una nueva conciencia de la biosfera, antes de que nos encontremos en un mundo postnatural en el que todo sea naturaleza humana, manufacturada en mayor o menor medida. Esa no es la realidad en la que a una mayoría de nosotros nos gustaría vivir.
Cuanto antes nos demos cuenta de que la solución definitiva a los problemas que nos afligen no vendrá de la ciencia ni de las aplicaciones tecnológicas, sino de la transformación de nuestro sistema de creencias, antes reaccionaremos. La transición hacia una sociedad descarbonizada, además de energética y digital, debe ser también espiritual o, si se prefiere, ética. Nos engañamos pensando que la tecnología es la respuesta a una pregunta eminentemente filosófica: cómo vivir de la mejor manera posible. Si no incorporamos a nuestro código de conducta los valores de la moderación, la prudencia, la veracidad y el espíritu crítico, que identifican a los amantes de la sabiduría, no podremos avanzar hacia una sociedad más justa, y no solo climáticamente hablando.
En El jardín contra el tiempo, Olivia Laing piensa el jardín, como refugio, pero también como espacio atravesado por clase, historia y violencia. Podemos hablar del jardín como un espacio privilegiado, pero también como comunidad, huerto urbano y contracultura, entre otros aspectos. ¿Cómo convertimos el jardín en una práctica común?
Los jardines no se limitan a ser un lugar de delicias y recreo, una fuente de placer sensorial y un refugio para soñar un mundo mejor, sino que también representan un símbolo de estatus, constituyen un instrumento de legitimación política y un escenario de las luchas por el poder y materializan la ideología de clase, pues, como señaló el filósofo Walter Benjamin, todo documento de civilización lo es también de barbarie. La imagen de esa naturaleza vallada y perfeccionada para disfrute de unos pocos elegidos encierra también un significado político. Si uno lo medita detenidamente, en los jardines el deseo de escapar de la realidad se confunde con el retornar a la naturaleza, la añoranza del paraíso con el anhelo de un mundo mejor.
El jardín ha evolucionado de ser el símbolo por excelencia de la dominación de la humanidad sobre la naturaleza a convertirse en un ejemplo de convivencia pacífica entre personas y plantas. La cultura jardinera plantea una contranarrativa a los mitos del crecimiento ilimitado, la singularidad y superioridad humana y la fe en el progreso material y no espiritual. Puede ayudar a sembrar en el inconsciente colectivo las semillas de una cosmovisión biocéntrica, que celebre una relación con el planeta no basada en la rapiña, el extractivismo y el consumismo desenfrenado, sino en el cuidado, el respeto y el conocimiento.
Para terminar: si Filosíntesis pudiera dejar una sola imagen en quien lo lee, ¿cuál sería y por qué?
La imagen del jardín planetario surcando la oscura inmensidad del cosmos. La fotografía de ese frágil oasis en medio del desierto interestelar, por usar las recientes palabras del cosmonauta Victor Glover que viajaba en la nave espacial Artemis 2, resume nuestra condición de hijos de la Tierra. Ese hijo desnaturalizado debe decidir si se relaciona con su madre como depredador, huésped o socio; si escribe el guion de la transformación o interpreta el papel de víctima de una tragedia anunciada.
Está claro que el primate humano necesita encontrar una nueva forma de habitar la Tierra y relacionarse con sus otros moradores. Tan solo si aprendemos de las plantas y los animales, pero también de las bacterias, las algas, los líquenes y demás organismos, que llevan aquí mucho más tiempo que nosotros, y los miramos como maestros en vez de como mercancía, comida o bienes descubriremos la manera de salvarnos de nosotros mismos. Aún no somos suficientemente sapiens para reconocer otras formas de inteligencia y cooperar con ellas en el cuidado de este planeta, del que formamos parte y dependemos para sobrevivir. Hasta que no restauremos la alianza con la Tierra y pongamos fin a la disociación entre natura y cultura, no podremos llamarnos con propiedad sapiens, es decir, monos sabios.
