“No creo que vayamos a salvar los grandes espacios salvajes, pero creo en la lucha”

Entrevista a Patricio Robles.

Por Gabi Martínez 13/03/2026

Más que una entrevista, esto es una novela. Pequeña, centrada en un solo personaje, pero emocionante, diversa, llena de giros. El protagonista es Patricio Robles (1954, Ciudad de México), que se proyectó como fotógrafo de naturaleza y hoy es un artista tan total como su biografía, que permite asomarse a las relaciones entre lo salvaje, el arte, la sociedad, la política y las empresas con la calma que otorga la veteranía. 

Hay quien le llama chamán. Ha negociado con magnates que han invertido cientos de millones en proyectos ideados por él, si bien a estas alturas Robles se reconoce como un guerrillero activista. Ha asistido a operaciones de gran greenwashing. Ha fotografiado a jaguares, quetzales, nutrias, jabirúes, venados, ballenas, mariposas. Ha reivindicado la belleza del cóndor retratando a cincuenta de ellos, acompañando esas imágenes con textos de escritores. Ha publicado y editado docenas de libros en colaboración con artistas y escritores. Sufrió ocho años de dolor al caerse de un caballo en el Pamir y solo tiene un ojo hábil tras un desprendimiento de retina mal curado. Ha contribuido a proteger espacios naturales enormes y, aun creyendo que la defensa de lo salvaje está perdida, apuesta por luchar, luchar y luchar, como forma de estar en paz. 

-Para entender una vida es clave conocer los orígenes, tu educación.

-Mi padre fue uno de esos médicos de cabecera profundamente queridos por sus pacientes. Fuimos siete hermanos y hermanas; yo, el del medio. Cuando llegué a la adolescencia, él ya estaba cansado y no pude disfrutarlo plenamente. Aun así, fue un hombre de gran moral, ética y profesionalismo, con una profunda fe religiosa.

Me dio algo fundamental: libertad. De él heredé también su pasión por la vida y por el mundo natural. Fue el médico de los dueños de un rancho al norte de México. Para un niño nacido en la Ciudad de México que por las tardes se subía a la azotea a contemplar un horizonte totalmente de cemento, aquellos viajes al rancho —donde veíamos venados, osos y enormes espacios abiertos— era ir al paraíso.

Mi madre era una de las más pequeñas de su familia de once hermanos y hermanas, y fue la más rebelde. Aunque era ama de casa, buscó causas que apoyar, y le gustaba pintar. En esa faceta suya encontré una forma de expresarme. 

-Estudiando se te despierta el apetito naturalista.

-Al terminar el bachillerato, las opciones para estudiar algo relacionado con el medio ambiente prácticamente se reducían a la biología. No tengo una mente científica ni de investigador, así que primero opté porDiseño Industrial. Siempre he pensado que saber vender es esencial así que también estudié Mercadotecnia y Publicidad. Al concluir ambas carreras, comprendí claramente que no podía pasar mi vida dentro de una oficina, y mucho menos trabajando a las órdenes de un jefe.

Encontré en el dibujo de las etnias de México una forma interesante de expresión y un medio para sostenerme económicamente. Durante quince años recorrí gran parte del país, conociendo y documentando territorios y culturas que me ayudaron a ver el mundo desde una perspectiva humana y ambiental.

En 1989 fundé Agrupación Sierra Madre para incidir en el naciente movimiento de conservación en México. Nadie en México estaba utilizando la creatividadcomo herramienta para señalar su importancia y grandes riesgos. Lanzamos numerosas campañas para proteger la diversidad de ecosistemas y a sus especies más emblemáticas: el Golfo de Californiacon el charrán elegante; laSelva Lacandonay el jaguar; losbosques de nieblay el quetzal; losdesiertosy el berrendo; los humedales costerosy los flamencos; losbosques tropicales secos y el ocelote.

Durante muchos años continuamos apoyando la conservación de especies como el oso negro, la charra pinta, la vaquita marina, los perritos de la pradera, el manatí, las tortugas marinas, el águila real, la ballena azul, el borrego cimarrón y, más recientemente, el cóndor de California.

-Al principio, ¿qué desafíos creativos encontraste al trabajar con fauna salvaje? 

-Durante las décadas de los ochenta y noventa, prácticamente no existían recursos económicos del gobierno destinados a la protección del medio ambiente en México. No había siquiera un ministerio, los pocos fondos disponibles provenían del extranjero, canalizados a través de ONGs internacionales. Este vacío institucional representaba un enorme desafío y una oportunidad. Me acerqué a la iniciativa privada y abrí un diálogo con sus departamentos de publicidad. Diseñé un calendario de fauna mexicana y, en 1990, logré vender la misma publicación —adaptando el mensaje y el logotipo— a más de cuarenta empresas. De alguna forma, fuimos pioneros en el involucramiento del sector empresarial en México en temas de conservación. El calendario subsiste después de más de 35 años.

El apoyo a especies y ecosistemas era algo completamente novedoso. Muchos consideraban que los verdaderos problemas del país eran la pobreza y la injusticia social, y cuestionaban la atención que se daba a “pajaritos” que, según su escala de valores, no significaban nada. Hoy, con la perspectiva del tiempo, reconozco que también nosotros fuimos torpes. Nos faltó asertividad en la comunicación. Tal vez por ello, ahora, una parte importante de la sociedad no alcanza a comprender la magnitud del holocausto ambiental que enfrenta la vida en la Tierra.


-¿Qué querías contar y qué quieres contar hoy, tantas décadas después?

-Con frecuencia sostengo discusiones con colegas que han encontrado en la palabra “esperanza” una forma de comunicarse con audiencias que necesitan aferrarse a algo para enfrentar las terribles noticias ambientales que paralizan, frustran o deprimen a la mayoría de los jóvenes. Para mí, la clave está en la lucha.

Estamos inmersos en una guerra del hombre contra la naturaleza, y todos y todas somos responsables. Lo que nos paraliza es la incertidumbre. En el momento en que uno decide luchar, la frustración y la depresión se disuelven; aparece, en cambio, una energía positiva que atenúa la angustia y devuelve el sentido.

Un ejemplo dolorosamente claro es la marsopa vaquita, el cetáceo más pequeño del mundo y una especie que solo existe en México. Cuando comenzamos a apoyarla, en 1997, quedaban aproximadamente 567 individuos. Hoy se encuentra al borde de la extinción, con menos de diez. Muchos insisten en hablar de esa esperanza aun ante esos números tan bajos. Las especies hoy se extinguen bajo múltiples presiones: la reducción de su hábitat, su pequeña distribución y endemismo, la contaminación, y —cuando existe— el valor económico que se coloca sobre su cuerpo. En el caso de la vaquita, aunque ella no tiene precio directo, su destino está ligado al de la totoaba, un pez endémico cuya vejiga natatoria alcanza hasta cien mil dólares por kilo en el mercado ilegal de China. Para capturarla, las redes agalleras enmallan y matan vaquitas de manera indiscriminada.

Sumando todas estas amenazas, ¿qué porcentaje real de supervivencia podemos asignarle a su futuro? ¿Menos del 5%? ¿Puede eso llamarse esperanza?

Cuando el crimen organizado continúa pescando totoaba y matando vaquitas, mientras las autoridades permanecen ineficaces o ausentes, hablar de esperanza se vuelve una falsa promesa y, peor aún, una irresponsabilidad. Actuar frente a esta confrontación con el mundo natural como un guerrero es, para mí, la forma más honesta y realista de asumir nuestra responsabilidad global.

Estamos inmersos en una guerra del hombre contra la naturaleza, y todos y todas somos responsables. Lo que nos paraliza es la incertidumbre. En el momento en que uno decide luchar, la frustración y la depresión se disuelven; aparece, en cambio, una energía positiva que atenúa la angustia y devuelve el sentido.

-¿Qué libros te han influido a lo largo de la vida y cómo se ha reflejado esa influencia? 

-La mayor parte de mis lecturas se concentra en artículos sobre el medio ambiente, iniciativas de colegas y algunas propuestas de artistas vanguardistas. Obras que me han inspirado… fotógrafos preocupados por el destino del mundo natural como James Balog, y su libro Tree: A New Vision of the American Forest; o Nick Brandt, con Inherit the Earth; los pintores Walton Ford, con su libro Pancha Tantra, y Robert Bateman, pintor cuya colección de libros reúne de manera extraordinaria su obra.

Los artistas plásticos antes no captaban especialmente mi atención, pero hoy los estudio con detenimiento: me interesa su provocación deliberada, su capacidad de seducción, la sencillez de su grafismo y la potencia de su narrativa visual. Picasso, Miró, Kahlo, Klimt, Rousseau, entre muchos otros, se han convertido en referentes de mi proceso creativo, y ese bagaje florece ahora en la creación de nuevas piezas para mi obra Los Rituales de la Extinción. El proceso comienza siempre con una problemática ambiental, generalmente ligada a una especie. A partir de ahí construyo una narrativa y voy incorporando elementos descriptivos que despiertan en mí algunas imágenes e ideas que luego entrelazo con las visiones ya creadas por colegas contemporáneos y por artistas de otras épocas de la historia del arte. 

-¿Puedes hablar de algunos que te perturbaran especialmente y por qué?

-Me encuentro enfrascado en la producción de México Salvaje, un libro con las fotografías que definieron o impulsaron el movimiento conservacionista mexicano. Impresiona constatar cómo muchas ONG, investigadores y otros actores del sector han relegado históricamente a los fotógrafos y videógrafos dentro de este movimiento. Ya sea explotándolos —pidiéndoles que donen sus imágenes—, ignorándolos, o simplemente sin saber cómo utilizar adecuadamente el poder de estos materiales al momento de diseñar campañas o comunicar la fuerza de la conservación a través de la imagen.

Podría citar numerosos ejemplos de esta falta de visión pero me referiré a un fotógrafo testigo directo de la invasión sistemática de los espacios salvajes en Kenia: Nick Brandt. Su primer libro, A Shadow Falls, tiene una portada —un elefante de frente, en blanco y negro— que me impactó profundamente. El interior, un portafolio de retratos impecables, me sorprendió por la fuerza de cada imagen. 

Su siguiente título, Inherit the Dust, dio un giro contundente: presentó un mundo devastado por el hombre. En este proyecto imprimió y colocó fotografías suyas —a tamaño real— de animales salvajes en escenarios de desolación: basureros, puentes de concreto, carreteras por donde circulan enormes camiones, compartiendo el espacio con transeúntes humanos. El impacto visual es demoledor. El contraste entre ambos mundos —el real y el representado— deja en el lector una sensación de inquietud e incertidumbre brutal.

En la evolución de este creador se percibe con claridad el dolor de la pérdida. Porque Brandt no es solo fotógrafo: es conservacionista al financiar brigadas antifurtivismo en África, y es un activista al salir de su nicho de confort para buscar recursos y generar conciencia. A través de su trabajo visual incita a un despertar frente al holocausto de la megafauna africana.


-Es evidente tu interés por la vida como red interconectada, pero hay animales que parecen más presentes en tu imaginario: el jaguar, las cabras y los borregos salvajes, el cóndor? ¿Qué te atrae de ellos?

-Los grandes gatos salvajes me cautivan. He tenido el privilegio de ver y fotografiar a los siete más grandes del planeta, principalmente al jaguar y al tigre. Acabo de regresar de la India, donde fui en busca del tigre negro de Similipal. No lo vimos, pero la experiencia y la búsqueda fueron únicas. Es el reto de la búsqueda, más que el encuentro, lo que impulsa a ir tras lo impredecible. 

Los borregos y cabras salvajes conectan con el cazador que llevamos dentro, pone a prueba todos los sentidos. Estas especies habitan algunas de las regiones más inhóspitas y remotas del planeta. 

Con el cóndor de California tengo una historia profundamente personal. Siendo un joven ornitólogo fui a buscarlos y tuve la fortuna de ver a dos de los últimos 22 individuos antes de que todos fueran capturados para iniciar su rescate. Años después, al conocer el proyecto de reintroducción en México y constatar las amenazas que aún enfrentaban, me involucré de nuevo. Durante tres años participé de manera directa en ese esfuerzo. La experiencia me ayudó a salir de una depresión que había durado más de una década. Y volví al camino de la defensa ambiental.

-¿Cómo imaginaste los proyectos Megadiversidad y Hotspots?

-Producir esos dos libros ha sido uno de los mayores retos y, al mismo tiempo, uno de los grandes privilegios de mi carrera como conservacionista. El desafío me lo impuso Lorenzo Zambrano, entonces CEO de Cemex, un visionario que me produjo tres libros y planteó que el cuarto debía tener una temática global. Mi objetivo fue reunir las iniciativas más vanguardistas en conservación de la biodiversidad, acompañarlas de la fotografía más bella y provocadora posible, con un diseño limpio y claro y la mejor calidad de impresión.

Para lograrlo, establecí una alianza con el Dr. Russell Mittermeier, entonces presidente de Conservation International. En ese momento, su estrategia se centraba en los países megadiversos y en las regiones más biodiversas y amenazadas del planeta: los llamados hotspots. Ambos proyectos se planearon con varios años de diferencia, pero compartían una misma visión.

La fotografía fue uno de los mayores retos. En ese tiempo, pocos fotógrafos y agencias estaban dispuestos a enviar sus transparencias a México; teníamos mala reputación, y las fotografías originales eran demasiado valiosas como para enviarlas a un desconocido. Además, muchos de los hotspots aún no habían sido documentados fotográficamente, o las imágenes existentes eran de muy baja calidad. Se necesitaba convencer a muchos fotógrafos.

El resultado superó las expectativas. A casi treinta años de la presentación de Megadiversidad, ambos títulos son ya legendarios, no solo por su visión y contenido, sino por los millones de dólares que ayudaron a canalizar hacia regiones de enorme importancia biológica que, hasta entonces, habían sido poco atendidas.

-Tu colaboración con CEMEX desde 1993 ha reportado una de las series de libros de naturaleza más memorables que existen. ¿Qué opinas cuando se habla de greenwashing? 

-En 1989, fui pionero en buscar recursos dentro de la iniciativa privada. Paradójicamente, las primeras empresas en involucrarse fueron algunas de las más contaminantes y con peor reputación. Con los años, fuimos dejando atrás a quienes solo buscaban greenwashing. Nuestra presencia en las salas de juntas corporativas nos permitió ser escuchados, proponer mejores prácticas y contribuir a la creación de una cultura ambiental dentro de las empresas.

Recuerdo una presentación en Madrid de uno de los libros producidos con Cemex, donde fuimos cuestionados por una prensa mucho más aguerrida que la que existía entonces en América. Comprensible si se considera que Europa ha perdido gran parte de su biodiversidad. A un reportero le respondí que, para generar un cambio real, era indispensable tener acceso directo a los altos ejecutivos y acompañarlos en el proceso de transformación, ayudándolos a replantear qué es lo verdaderamente importante. El reportero me invitó a su programa de radio.

Otra experiencia reveladora ocurrió cuando una investigadora francesa me entrevistó para un estudio sobre alianzas sustentables entre corporaciones y ONG. Analizó tres casos: Lafarge–WWF, Rio Tinto–BirdLife International y Cemex–Sierra Madre. Tras concluir su investigación me comentó que la alianza entre Cemex y Sierra Madre era la más eficaz porque las cabezas de la corporación y de la ONG se comunicaban y tomaban decisiones directamente, sin intermediarios.


-¿Qué te aportan tus distintas facetas? ¿Cómo te definirías y ubicarías como fotógrafo?

-Hoy, trabajar solo me ha otorgado una libertad inesperada: libro mis propias batallas y produzco obra desde un lugar profundamente personal. De ese proceso nace, entre otros proyectos, Los Rituales de la Extinción. Lo que más me sorprende es la creatividad de mi mente, cómo rescata fragmentos de distintos rincones de mi pasado y los articula para construir narrativas visuales en contextos claros, potentes y cargados de sentido.

También me asombra mi relación actual con la escritura. Estudié en un colegio francés y, al cambiarme posteriormente a uno de habla española, se me trastocaron la ortografía y la sintaxis. Durante años eso fue limitante. Sin embargo, hoy me invitan con frecuencia a escribir artículos para diversas revistas. La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta clave: permite lanzar ideas de forma inicial, incluso torpe, y luego ordenarlas, afinarlas y transformarlas en historias coherentes, interesantes y con fuerza narrativa. 

La fotografía es solo una herramienta, yo no me definiría solamente como fotógrafo. Soy un artista conservacionista.


-¿Y como escultor?

-Mi mayor habilidad como creador es pensar en tres dimensiones. La escultura es, sin duda, mi lenguaje natural. Desafortunadamente, su producción es lenta, y necesito ver resultados más inmediatos pero he ido aceptando tiempos largos, incluso a esperar años, hasta que las condiciones sean las adecuadas para concretar una obra o un performance. 

-¿Como editor?

-Cuando decidí producir libros no tuve escuela ni referentes formales. Mi primer libro, Ecosistemas de México (1984), fue una experiencia dura: el patrocinador nos explotó, abusando de nuestra falta de experiencia. Fue apenas el tercer libro de arte dedicado a la naturaleza mexicana en la historia del país. Durante esos años, en México se discutía que en el país no existían editores, sino editoriales. En los libros patrocinados por empresas, ¿quién es realmente el editor?

Hoy, después de más de cuarenta libros publicados, mi ego se ha diluido. He impregnado un sello personal en muchos de ellos, pero entiendo que la creación de un libro es, en esencia, una labor colectiva. 


-¿Como conservacionista?

-La transformación del hombre que fundó dos ONG en los años noventa hacia el conservacionista que soy hoy es radical. Se trata de otro personaje. Hoy soy más guerrero, más activista. No concedo espacio ni concesiones a los corporativos y me asumo como un realista–pesimista frente al futuro de la vida en la Tierra. No creo que vayamos a salvar aquello que más me llega al corazón: los grandes espacios salvajes. Pero creo en la lucha. Y es gracias a ella que mi espíritu se encuentra en paz.

-¿Qué supuso para ti que se estableciera el corredor transfronterizo Big Bend/El Complejo Carmen?

-Fueron muchos años de enfrentar burocracia, mediocridad, falta de visión e incluso timoratez por parte de mandos medios dentro de Cemex. Su presidente, en cambio, compró la iniciativa desde el primer día; en realidad, fue él quien prácticamente me la pidió. Pero solo cuando otro actor adquirió la parte alta de la Sierra de la Carmen, la empresa reaccionó con urgencia y se compraron más de 140 mil hectáreas.

Lo que realmente buscaba Lorenzo Zambrano era legitimidad internacional, y todo ese esfuerzo culminó cuando dos secretarios de Estado decretaron un megaproyecto de conservación de tierras, dos millones de hectáreas entre México y Estados Unidos.

Nunca cobré el trabajo de más de diez años que implicó esta iniciativa. Y, cuando intenté hacerlo, Lorenzo me cerró las puertas de su oficina, lo que, paradójicamente, me liberó de la responsabilidad moral de haberlos llevado hasta ahí. Hoy, a más de veinticinco años de distancia, el Proyecto del Carmen de Cemex ha sobrevivido y se sigue mostrando con orgullo. Es de esas historias-logro que te transforman… y te endurecen.


-Para momentos duros, cuando te fracturaste la cadera en el Pamir. ¿Cómo fue la recuperación y la relación con el dolor? 

-Estoy escribiendo esto gracias a mi mujer, Patricia, doctora. Ella soportó mis malos humores y mis peores formas durante más de ocho años. En uno de mis viajes en busca de borregos y cabras salvajes —era su tercer intento de fotografiar al borrego Marco Polo— me encontraba, a finales de noviembre de 2008, en las montañas del Pamir, cerca de la frontera con Afganistán. Ascendíamos a caballo más de mil metros diarios. Nuestro campamento estaba a más de cuatro mil metros de altura.

Durante el descenso, mi caballo resbaló y cayó de pecho. Salí proyectado hacia un lado sin daño alguno, pero al reincorporarse el animal mi bota derecha quedó atrapada en el estribo y yo en el suelo. El caballo tomó carrera montaña abajo y solo un fuerte golpe me liberó del estribo. Me fracturé la cadera. Subí a otro caballo y continué el descenso con la cadera rota, un dolor tan intenso que perdí el conocimiento en varias ocasiones.

Siguieron tres cirugías: dos en los hombros, porque toda la bajada me sostuve sobre ellos, y una más en la columna. Fueron ocho años de dolor constante. Mi temperamento cambió, me alejé de amigos, abandoné la conservación y, en ese periodo de dolor y frustración, nacieron Los Rituales de la Extinción.


-Enfrentar cada obra ritualmente es crucial para conseguir una conexión profunda. Por eso, el escritor Alberto Ruy Sánchez indica que tienes algo de chamán. 

-Hace alrededor de quince años me invitaron a formar parte del jurado del concurso de fotografía ambiental más importante del mundo: el Wildlife Photographer of the Year de la BBC. Fue un año flojo en términos de calidad fotográfica, resultó especialmente difícil definir a un ganador. Logré influir para que el premio recayera en una imagen sencilla, distinta, pero impecablemente resuelta por un joven creador y la editora en jefe me invitó a escribir el prólogo del libro de ese año, uno de los honores que más valoro dentro de mi trayectoria.

Desde hacía tiempo yo venía sosteniendo que los fotógrafos medioambientales somos, en cierta forma, una especie de chamanes: mediadores que revelan aquello que es esencial para nuestras sociedades, y cuyo proceso creativo puede entenderse como un ritual. Fue la idea que desarrollé en el prólogo.

-El arte, para ser perdurable, necesita aprehender el espíritu de las cosas, de los seres. Por eso, la relación del artista con el tiempo no es la común. ¿Qué es el tiempo para ti? 

-Enfrentar procesos creativos que duran años enseña, inevitablemente, a ser paciente. En mi caso, este último proceso fue decisivo. Durante esos años llevaba una libreta donde registraba mi estado físico con los distintos niveles de dolor, bien, regular, mal o muy mal. En todo ese tiempo, nunca pasé del “regular”. Los procesos de sanación que se extienden por años te obligan a mirar la vida desde otro lugar. Quizá por eso cada pieza que produje para Los Rituales de la Extinción se convirtió en un proceso mental profundamente rico: un espacio donde mi mente podía alejarse del dolor físico y desplazarse en el tiempo, mientras el proceso creativo avanzaba en paralelo al lento y complejo proceso de transformación física de la obra.

-Con tu obra has contribuido a proteger espacios naturales. Eres de los que demuestran que el arte cambia conciencias y, por eso, realidades físicas. ¿Por qué crees que la colaboración entre empresarios o políticos y artistas no se da con más frecuencia?

-Por naturaleza, o por deformación profesional, los artistas solemos ser introvertidos. Sin embargo, para entrar a las oficinas de los corporativos es indispensable saber vender. La venta es una habilidad que se puede aprender y fomentar, pero que pocos están dispuestos a asumir. Aprender a vender te da libertad. Y la única forma de que nuestro trabajo sea valorado es demostrando su impacto a través de resultados.

-Tus retratos de cóndores invitan a repensar el concepto belleza. Has hablado de encanto. ¿Qué es bello o feo para ti? 

-Al lanzar, hace ya casi cuatro años, la campaña de adopción de cóndores de las Californias, busqué a empresas y amigos cercanos con la capacidad económica para aportar cien mil pesos anuales —aproximadamente cinco mil euros— por la adopción de un cóndor. México cuenta con un grupo de filántropos muy comprometidos con causas ambientales y sociales. En general, no hubo cuestionamientos. Pero un amigo, al ver la fotografía de un ejemplar, me dijo: “Está muy feo”, y desistió.

Busqué en Google “animales feos” y el cóndor de California aparecía en los primeros lugares. ¿Qué podía hacer para motivar la adopción? Pensé tres acciones: dar la oportunidad de bautizar al cóndor con un nombre distinto al de su número de registro; ofrecer la posibilidad de viajar para conocer a su adoptado; y entregar una serie de retratos del cóndor, firmados y numerados.

Salí entonces a fotografiar a cada uno de los cincuenta cóndores. Primero intenté utilizar la técnica de Joel Sartore, fotógrafo de National Geographic. Así, cuando Juan capturaba a los cóndores silvestres para cambiar sus GPS o tomar muestras de sangre, yo instalaba un pequeño encierro con paredes blancas para retratarlos. No funcionó: me atacaban por el único agujero que dejé para introducir el lente de la cámara. Opté entonces por retratarlos con la luz filtrada de los atardeceres y con fondos de nubes blancas. Funcionó.

El concepto de belleza es una creación humana. En la naturaleza no existe lo bello o lo feo: existen organismos cuya especialización fue diseñada a lo largo de millones de años de evolución. En esas formas, colores, tamaños y miradas se encuentra, en esencia, la representación más bella de la vida en la Tierra. Cuando piensas en ello, comienzas a ver belleza en todos los seres vivos.

Para abordar este dilema, entablé un diálogo con la inteligencia artificial, y el resultado me sorprendió. Decidí presentarlo como punto de partida para invitar a escritores y artistas plásticos a reflexionar sobre la belleza. La idea es entregar a los artistas fotografías de los retratos de algunos cóndores para que las intervengan, y reunir textos de escritores en torno al tema, con el fin de publicar un libro. Espero que este proyecto contribuya a cambiar la concepción social de la belleza y, con ello, generar mayor apoyo para especies sin carisma. Tanto la venta del libro como de las piezas de arte servirán para apoyar el proyecto de conservación del cóndor.

-Has tenido un desprendimiento de retina. ¿Qué supone esto para un fotógrafo?

-Por una negligencia médica estuve a punto de perder la retina del ojo izquierdo. La retina logró adherirse y salvarse, pero, en la práctica, debo cerrar ese ojo para ver y enfocar correctamente. En realidad, ya no lo uso. He perdido la noción de profundidad, fundamental al caminar en el monte, especialmente en laderas escarpadas y zonas rocosas, donde mi búsqueda de cabras y borregos se convierte ahora en un riesgo serio. También se presenta al trabajar con piezas que tienen volumen.

Con el tiempo, el cerebro comienza a compensar estos desequilibrios, pero de ninguna manera resuelve el problema. Luego está la búsqueda y el encuentro de fauna en el monte y en la selva. Acabo de regresar de la India, adonde fui en busca del tigre negro de Similipal, que habita un bosque tropical extremadamente tupido. Ahí enfrenté mi mayor limitación: no encontraba a aves y mamíferos a poca distancia. Con un solo ojo perdía segundos valiosísimos; sólo cuando los animales se movían lograba ubicarlos. Conducir es otro problema: no veo a los vehículos que se aproximan por la izquierda. 


-La foto de los berrendos proyectando su sombra en El Vizcaíno es maravillosa. Es muy difícil primar unas imágenes sobre otras pero seguro que hay algunas a las que tienes con un cariño especial. 

-La historia detrás de las imágenes que creamos lo es todo. Las que para mí resultan más memorables son aquellas que han sido creadas y buscadas a lo largo de una vida: especies difíciles, raras, pocas veces documentadas.

La imagen de los berrendos, por ejemplo, fue concebida mucho antes de salir de casa. Su historia —el vuelo, la luz, las numerosas publicaciones y el resultado de un compromiso con la especie— la convierte, sin duda, en una de las imágenes más queridas para mí.

Pero si se trata de impacto, la imagen de la cabra saltando al precipicio habla por sí sola. Evoca un suicidio, grita sin explicar, sin decir una sola palabra. Es una imagen manipulada: el brinco sucedió, el paisaje también; dramaticé la profundidad para enfatizar una situación global: el inicio de la sexta extinción.


-Has afirmado que tus obras “no son herramientas, son armas. Estamos en guerra”. Si es así, se diría que los artistas tienen hoy aún menos posibilidades que David contra Goliat. ¿Por qué entablar una guerra tan desigual? 

-La guerra es con nosotros mismos. Somos el enemigo. En la búsqueda constante de espacios cada vez más “amigables” para el ser humano, fragmentamos territorios, contaminamos, transformamos ecosistemas completos para producir alimentos y bienes de consumo. Así dejamos tierras poco productivas y extinguimos especies que desaparecen incluso antes de ser conocidas.

En esta guerra hay innumerables muertos en las filas humanas, cifras que ya se comparan con las de los conflictos más mortales de la historia, causados directamente por nuestras acciones. Permanecemos paralizados frente a este holocausto ambiental. Los gobiernos no actúan: sus estructuras son lentas, pesadas, atrapadas en sí mismas. Por eso pienso que son las guerrillas —las milicias de artistas, comunicólogos y creadores— las que, con mayor libertad y rapidez, pueden marcar el rumbo, provocar el despertar y señalar que en esa lucha se encuentra la clave para un cambio real.

-¿Sumar esculturas, collages, intervenciones, performances y cuerpos pintados a tu repertorio artístico forma parte de esa nueva estrategia guerrillera?

-Después de ayudar a traer a México el Noveno Congreso Mundial de Tierras Salvajes, un alto directivo de una fundación me dijo: “¿Para qué trabajar tan obsesionado, si al final las fuerzas económicas siempre van a definir el futuro del planeta?”

Fue un mensaje fuerte. Yo me encontraba totalmente desgastado físicamente por el reciente accidente y mentalmente exhausto. Aborté todo. Poco a poco fui encontrando un nuevo lenguaje que me permitió construir algo distinto, usando el arte, en todas sus formas, como herramienta. El proceso me ayudó a sanar. Después de una última cirugía, mi cuerpo dejó de doler y comencé a asumir trabajos que exigían cada vez mayor actividad física. La constancia, junto con la creación de obras potentes, fue profundamente sanadora. Para eso sirven los rituales.