“En América ha habido mayor conciencia que en España de que naturaleza solo hay una y formamos parte de ella”


Entrevista a Niall Binns, autor de La república de los pájaros, editado por Guillermo Escolar editor.

Por Gabi Martínez

Niall Binns acaba de publicar La república de los pájaros, que igual muestra a Borges alabando insistentemente a ruiseñores más que nada imaginados que a Gabriela Mistral observando que, si en Latinoamérica no hay ruiseñores, mejor escribo sobre tencas y calandrias que pueda escuchar en directo. Por contrastes tan simbólicos y mucho más, la república de Binns resulta muy útil para ubicar el músculo, la hipocresía y las posibilidades de la poesía española. 

Y, sí, el autor se apellida Binns, señor corpulento y greñudo a lo heavy de familia escocesa, que nació y se crió en Inglaterra, pero estudia la lengua española desde ángulos imprevistos para españoles y americanos. La lengua de Borges, Mistral, Neruda y la de tantos líricos que se han inspirado en pájaros no siempre conocidos. Porque este libro va de explicar cómo se han relacionado muchos poetas top latinoamericanos, sobre todo los del Cono Sur, con los pájaros y otras naturalezas, y lo explica tan bien que hasta permite identificar ciertos complejos, realidades, aspiraciones, mientras ahonda en el imaginario naturalista de la cultura más literalmente sudamericana. 

¿Cómo acabó Binns metiéndose en este lío? 1987. Termina la carrera de literatura clásica en Oxford y decide celebrarlo con dos amigos viajando al Mediterráneo. Compran el billete más barato, cuarenta libras ida y vuelta. Debido a una confusión paradójicamente idiomática, creen que van a Italia, ¿será Génova o Verona? Aterrizan en Gerona. “Pasamos dos semanas deslumbrantes en la Costa Brava, en Figueras, en los Pirineos, en Barcelona. Volví a casa de mis padres, hice la mochila y tomé un vuelo para Madrid”.

Vivió en la capital dos años. Luego peregrinó por París, Coimbra, Chile, y regresó a Madrid en 1993, donde vive desde entonces, adscrito a la universidad pero empapándose de meseta y sierra a base de pierna y prismáticos, porque “las aves me han fascinado desde que era niño. El Reader’s Digest Book of British Birds, un tomo maravilloso con un cárabo en la portada, fue el libro de cabecera de mi infancia”. Ya, pero eso no basta para escribir un libro.Siempre me apasionó el impacto de la guerra civil española en los intelectuales extranjeros y pasé décadas estudiando y escribiendo sobre el tema. Como amante de las aves y la poesía, dedicarme a la investigación de ambas cosas y escribir un libro como este –con todo lo que he tenido que leer y descubrir en el proceso– ha sido enormemente placentero”.

¿Por qué elegiste titular con la palabra pájaros en lugar de aves?

Para un angloparlante, resulta extraña la existencia en español de dos palabras –ave y pájaro– para designar lo que en inglés se llama bird. Debe pasar lo mismo con los francófonos, que solo cuentan con oiseau. Ave, por supuesto, es una palabra más genérica, mientras que pájaro se limita en principio a las aves paseriformes, aunque en la práctica, tanto en el habla cotidiana como en la poesía, la distinción hace aguas y pájaro se emplea para todo tipo de aves. Creo que entiendo por qué. Ave es una palabra un poco del montón: es polisémica (ave César, tren de alta velocidad) y rima con centenares de palabras. No puede competir ni con la gracia esdrújula de pájaro, ni con su sonoridad más exclusiva. Es normal, así, que la palabra pájaro se vaya colando en el terreno de ave. Ahí está, por ejemplo, el poema majestuoso de Neruda, “Vienen los pájaros”, donde figuran paseriformes como el cardenal, la loica y el chingolo, pero hay también un colibrí, un tucán, un albatros y un cóndor. Me violentaría hablar de estos últimos como pájaros, pero la licencia poética lo permite todo. 

El título de mi libro proviene de un bello verso que he usado como epígrafe: “Perteneces a la república de los pájaros”. (Cambia “pájaros” por “aves”, y verás cómo chirría). Es de Jorge Carrera Andrade, un notable poeta ecuatoriano que amaba a las aves. Fíjate en estos títulos de dos de sus poemarios: Biografía para uso de los pájaros y Floresta de los guacamayos, y el de su autobiografía: El volcán y el colibrí. Tenía razón con su verso. Toda América Latina es una república de los pájaros: Colombia es el país de mayor biodiversidad del mundo; el segundo es el Perú, el tercero Brasil, el quinto Ecuador, el sexto Bolivia y el séptimo Venezuela.

Aparte de los libros de escritores que mencionas en tu república, ¿hay alguna otra obra de investigación que te sirviera de referente? 

Hay libros sobre la presencia de aves en la literatura grecolatina, en Shakespeare, en los poetas románticos ingleses, pero un referente clave han sido los libros de divulgación ornitológica escritos en los últimos años por autores británicos como Stephen Moss, Simon Barnes, Tim Birkhead y Adam Nicholson, y a la vez las crónicas casi íntimas de J. A. Baker con el halcón peregrino, Helen Macdonald con el azor y Frieda Hughes con la urraca. Algo hay en el tono de estos libros que me fascina. He procurado que el diálogo entre poesía y aves comparta algo de ese tono.

En tu libro hay una parte estadística llamativa a la vez que esclarecedora: cuentas el número de veces que aparecen ciertas aves en las obras de determinados poetas. ¿Qué datos extraídos de los conteos te sorprendieron más?

Suena algo horriblemente mecánico ponerte a contar cada mención de aves en la obra de un autor, pero no lo he sentido así. Sentarte a leer metódicamente una obra completa, atento a todo lo que dice de las aves, es fascinante y los datos ofrecen a veces perspectivas nuevas e insospechadas. Que Borges nombre solo 8 distintas especies de ave en toda su obra poética, y que con diferencia el ave más mencionada sea el ruiseñor, me parece significativo. Que Pizarnik nombre 7, y en primer lugar el cuervo, también lo es. En cambio, hay 53 especies distintas de ave en la poesía completa de Gabriela Mistral, y 63 en Pablo Neruda solo en la poesía que escribió hasta los cuarenta años. Luego es fascinante ver cuántas de las especies elegidas por un autor son aves “literarias”, es decir, artefactos poéticos de origen europeo que figuran por un prestigio simbólico heredado de una tradición ajena. Hay una sola especie propiamente americana en la poesía de Borges (un benteveo), solo una en Pizarnik (una calandria), y ninguna en Huidobro (que nombra, sí, a un albatros y un par de pingüinos). El contraste con Mistral y Neruda vuelve a ser ilustrativo: ambos, consciente y orgullosamente, prefieren las especies autóctonas a las europeas.

Destacas la importancia de autores e investigadores ingleses a la hora de influir en los latinoamericanos. Tú eres británico. Por muy científico que te pongas, habrá quien desconfíe a causa de tu condición anglo. 

La Real Sociedad para la Protección de las Aves del Reino Unido tiene más de 1,2 millones de socios; la Sociedad Española de Ornitología, unos 25 mil. El contraste apunta a una diferencia de raíz en la visión del mundo que domina en ambos países, y en la importancia que cada una concede a la naturaleza no humana, a las especies que conviven irremediablemente con nosotros. Tuve la suerte de aprender de las aves de la mano de mi madre desde mi primera infancia. Se trata, supongo, de una experiencia arquetípicamente británica. Pienso, por otra parte, que ha habido tradicionalmente más interés por la naturaleza no humana, o bien, una conciencia mayor de que naturaleza solo hay una y formamos parte de ella, en América Latina que en España. Y mis años vividos en Chile, y mi trabajo tanto en Chile como en otros países del subcontinente, me han permitido absorber algo de ello.

William H. Hudson aparece casi como un modelo a seguir, y reivindicas su argentinidad. Sin embargo, el mundo hispano no comparte en general esa mirada. Ni tampoco ha reivindicado nunca la labor de Humboldt para la corona española, por ejemplo. ¿A qué crees que se debe esa no reivindicación de grandes figuras que podrían fortalecer la cultura propia? 

Soy un apasionado de Hudson, que es un personaje maravillosamente contradictorio. Sus padres eran estadounidenses, nació en La Pampa argentina y vivió allí hasta 1841, cuando a sus 32 años decidió viajar a Inglaterra, donde viviría hasta su muerte. Todo lo que escribió –novelas, libros sobre aves, memorias y crónicas de sus viajes por el campo argentino (a caballo) y el campo inglés (caminando o en bicicleta)– lo escribió en inglés. Cuando murió, era considerado uno de los grandes escritores de lengua inglesa, a la altura de Conrad, pero cayó en el olvido y solo últimamente lo están rescatando como un precursor de las inquietudes ecológicas. 

En Argentina, Hudson era un perfecto desconocido hasta 1924, cuando lo “descubrieron” Victoria Ocampo y Borges. Vale la pena recordar el momento. El premio Nobel Rabindranath Tagore llegó al puerto de Buenos Aires, donde lo recibió un enjambre de periodistas. Alguien le preguntó qué sabía de Argentina; lo que sabía, respondió, era que allí había nacido el escritor más importante de la lengua inglesa. Los periodistas se miraron entre sí, desconcertados. ¿Y ese quién es?, preguntó uno. “William Henry Hudson”, dijo Tagore. Y volvieron a mirarse entre sí sin salir del desconcierto. Ocampo, que alojó a Tagore en una casa de su familia durante un par de meses, mandó traer la obra completa de Hudson y se la pasó a Borges. Desde entonces Hudson ha sido una figura central, aunque siempre paradójica, hay que leerlo en traducción, tanto en Argentina como en Uruguay (en Uruguay está situada su novela The Purple Land). Su casa natal es un museo que todavía hoy puede visitarse, y pasas por una localidad llamada Guillermo Enrique Hudson en el camino de Buenos Aires a La Plata. 

¿Y más allá del Río de la Plata?

Es menos conocido, pero Mistral y Neruda tenían libros de Hudson en sus bibliotecas, y el año pasado encontré un libro suyo en la biblioteca de la casa-museo de Frida Kahlo en México. En España, Unamuno escribió un fervoroso epílogo a la primera traducción de la novela que acabo de mencionar, La tierra purpúrea: un idilio uruguayo, pero solo se le está empezando a leer bien en estos últimos tiempos.

Es cierto lo que dices de Humboldt. Es como si solo se descubriera su importancia hace pocos años con la biografía de Andrea Wulf, La invención de la naturaleza. Probablemente a raíz de ese libro, hay un replanteamiento del papel de la corona española en la novela Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, del colombiano William Ospina, sobre el viaje americano de Humboldt. 

Otra figura que ha quedado en el olvido es el naturalista aragonés Félix de Azara, cuyo Apuntamientos para la Historia Natural de los Cuadrúpedos del Paraguay y Río de la Plata, es un libro fundacional que influyó en Darwin.

Subrayas el papel de Pablo Neruda y Gabriela Mistral entre los pioneros de la escritura de las aves autóctonas latinoamericanas. El de Neruda sobre todo. ¿Cómo te han influido estos autores?

Los dos años y medio que viví en Chile, entre 1991 y 1993, me marcaron para siempre, y tengo la suerte de poder volver casi cada año. Siento que eché raíces en el país y hay un fenómeno curioso: el humor chileno se parece mucho al británico. Tuve la suerte de conocer y trabajar largamente con Nicanor Parra, y no es casual, creo yo, que una parte importante de su primer gran libro, Poemas y antipoemas, se haya escrito mientras estudiaba un posgrado en Cosmología física en Oxford.

En cuanto a Mistral y Neruda, ambos ganadores del Nobel, son dos tótems de la cultura chilena. Son pocas las casas populares del país que no cuenten con alguna imagen o algunos versos enmarcados de los dos. Tengo un vivo recuerdo de mi visita a Montegrande, a la casa de Gabriela Mistral en el Valle de Elqui. Se lee poco en España, pero más allá de su poesía es una de los grandes ensayistas de la lengua.

Y Neruda... 

La primera vez que compré libros de poesía no por obligación, no por tareas de clase sino por simple gusto, fue en una pequeña librería de segunda mano de Chiswick, al oeste de Londres. Compré una bella edición de las Leaves of Grass de Whitman y la antología bilingüe que había de Neruda en Penguin. Quiso el azar que en mis primeros años en España me instalara al lado de la Casa de las Flores donde él vivió durante la República. Y luego, en Santiago de Chile, me alojé en un piso a dos puertas de su casa. En Chile lo tienen medio cancelado (funado, dicen allí), pero es un poeta inconmensurable. Residencia en la tierra es el gran libro de poemas del siglo XX en español, y la sensibilidad de Neruda ante la naturaleza no humana, ante las aves, es prodigiosa.

A cambio, Borges, Huidobro, Rubén Darío, aparecen como eurocéntricos más pendientes del símbolo que de lo vivo. ¿Has recibido reacciones a propósito de este señalamiento?

Como dije antes, Borges fue uno de los descubridores de Hudson en Argentina. Le fascinaba lo que significaba para la identidad nacional que un libro como The Purple Land y sus memorias Far Away and Long Ago, escritos en inglés, resultaran tan profundamente argentinos. Era una lectura parcial, y hasta interesada. No dejo de pensar que Hudson difícilmente habría soportado a un autor tan profundamente libresco, tan ajeno e indiferente a la experiencia directa con el mundo no literario. Era todo lo que él rechazaba en un escritor.

He recibido una reacción por parte de Marcos López Resina, un joven investigador que está trabajando conmigo en su tesis doctoral sobre los bosques en la poesía chilena. No está de acuerdo conmigo, y está mostrando en su trabajo que Huidobro tenía una sensibilidad muy aguda hacia la biodiversidad arbórea chilena.

El peso de Chile es muy importante en el libro, también el del Cono Sur. Los poetas y naturalezas de países americanos más al norte no aparecen tan representados. ¿Por qué?

Por los años que viví en Chile, y por la oportunidad que he tenido de volver en tantas ocasiones. También he disfrutado de estancias en Argentina y Uruguay. Es la parte de América que mejor conozco. Lamento, eso sí, no haber podido o sabido incorporar a escritores ecuatorianos en el libro. Tuve el honor de que me nombraran miembro honorario de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, y preparé para mi discurso de recepción un estudio titulado Donde reinan los cóndores: el ave carroñera en las letras ecuatorianas. Espero y confío en que sea la base para un nuevo libro.

¿Por qué crees que en el último siglo ha habido tan poco interés en el mundo hispanohablante por escribir LiterNatura?

Permíteme una digresión… bueno, otra digresión. Siempre me ha extrañado que no exista en inglés un equivalente del adjetivo solidario, tan importante en el mundo hispano; se puede hablar de solidaridad (solidarity), pero de ser solidario no. Intuyo que tiene que ver con el individualismo tan arraigado en las culturas anglosajonas. Asimismo, no hay equivalente en español al adjetivo inglés lonely; es decir, no hay forma de distinguir entre alone y lonely, aunque se intente compensar marcando la diferencia entre estar solo o sentirse solo. Intuyo que en el mundo hispano, tanto más gregario que el anglosajón, el hecho de estar solo conduce casi ineludiblemente a un sentimiento de soledad. Son generalizaciones de calibre grueso, lo sé, pero hay agujeros negros en todos los idiomas, y suelen apuntar a algo que no ha sido necesario expresar. En fin, creo que estar en y con la naturaleza no humana, contemplarla y comprenderla, requiere una capacidad de estar a solas (es decir, sin compañía humana) sin inquietud y de librarse de algún modo de las ataduras humanas, y eso a lo mejor es menos frecuente, y menos fácil, en el mundo hispanohablante. Por otra parte, las tensiones políticas del último siglo en España y otros muchos países de la lengua tampoco son propicias para la LiterNatura.

¿Crees que está cambiando esa tendencia? 

Creo que está cambiando, en España. Las varas de medirlo pueden ser distintas: está el aumento de socios en las ONGs ambientalistas; los proyectos ecocríticos en la Universidad (el que coordino con Jesús Cano Reyes, Biopoet; pero también Antropolit, en la Universidad de Murcia; y Tiempha en la Univeristat de Barcelona); existen páginas web como LiterNatura, y están las inquietudes muy evidentes de varios escritores jóvenes o más o menos jóvenes. Los escaparates de las librerías son elocuentes al respecto.

¿Qué libros de LiterNatura en español consideras referenciales?

En la narrativa española del siglo XX, evidentemente Miguel Delibes. En la LiterNatura reciente de España, un poeta como Jorge Riechmann; una narradora como Irene Solà. Y fuera de España, una larga tradición de poetas con Mistral y Neruda en primera fila, pero también el argentino Juan L. Ortiz, el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, la uruguaya Marosa di Giorgio, y escritores indígenas como el poeta quiché-guatemalteco Humberto Ak’abal y el poeta mapuche Elicura Chihuailaf. En cuanto a la novela latinoamericana, tres títulos recientes: No es un río, de la argentina Selva Almada; Peregrino transparente, del colombiano Juan Cárdenas; y El monte de las furias, de la uruguaya Fernanda Trías.