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Entrevista a Jordi Ballart, autor de Línea de flotació y Vuit graus. Els nedadors d'hivern, publicado recientemente en castellano por la editorial Barlin Libros con el título Ocho grados. Los nadadores de invierno
Por Montse de Diego
Licenciado en Filología Catalana y doctor en Sociolingüística, sí, pero, sobre todo, Jordi Ballart es un nadador marino de invierno. Así lo cuenta en sus dos libros, Línea de flotació y Vuit graus. Els nedadors d'hivern, que próximamente se publicará en castellano por la editorial Barlin Libros con el título Ocho grados. Los nadadores de invierno. Quedamos en la cafetería de la estación de Sants. Emerge entre un mar de personas, caminando con aire fresco y un suéter de colores acuáticos.
En Londres realizas el doctorado, y esa mirada de investigador está presente en Vuit graus. Entrevistas a médicos para comprender cómo influye el agua fría en el bienestar. ¿Buscabas entender tu propia experiencia o hacerla comprensible para los demás?
Al principio, la motivación del libro fue mi propia experiencia. Empecé en el mundo de la natación en el mar de pequeño y, después, vi que podía nadar durante todo el año, y que me ayudaba emocionalmente. Entré en este mundo de los nadadores de invierno y decidí escribir sobre eso, pero descubrí que no quería hablar solo de mí, sino también conocer las motivaciones y las sensaciones de la gente que nada en agua fría.
En momentos difíciles de tu vida sientes un abismo entre tú y los demás. Entonces intuyes que debes volver a la nutria, al castor, a la cueva... ¿Ese retorno a lo animal puede ayudarnos, además de en lo personal, a tener una mirada menos antropocéntrica?
Sí, pienso que es exactamente eso. La cuestión es por qué se necesita tener esa mirada. En mi caso fue por una época mala que pasé, una depresión. Ver que no eres el centro del mundo hace que también dejes de magnificar esas cuestiones, esas angustias. El sentirte parte de la naturaleza y de un mundo más grande que el tuyo, y saber que hay otros seres ahí, supuso un alivio. Supuso relativizar las cuestiones que me angustiaban o deprimían, el descontento con el mundo, las reacciones de cierta gente. Cuando estás nadando en medio del mar, con peces y otras criaturas ves que todo eso tampoco es tan importante.
Hablas sobre tu experiencia cuando saliste del armario, y sobre otras cuestiones que reflejan ese deseo de libertad como la disolución del ego y la sensación de animalidad que sientes bajo el agua, donde las formas humanas parecen diluirse. Sitúas al cuerpo fuera de las categorías habituales. ¿Es también una manera de cuestionar esa moral que no admite la diferencia?
Buena pregunta (risas). No sé si es tanto una cuestión de cuestionar la moralidad como de salir de lo establecido. De mantener un espíritu que permita ver el mundo desde otra perspectiva y de no seguir lo mainstream, sino de situarte en una plataforma desde la que ves las cosas de otra manera y comprendes que eso también es posible, que por qué no nadar en invierno.
Conocer el universo de nadadores de invierno, del que ahora formo parte, me ha abierto los ojos porque es otra manera de hacer, otra manera de mirar el mundo, otra perspectiva.
Al entrar y salir del mar haces una reverencia, unes las manos. ¿Qué significa?
Esa reverencia la empecé a hacer un día de forma espontánea con Jaume, mi colega nadador de la Barceloneta. En nuestro caso significa un agradecimiento a la naturaleza, un agradecimiento al mar por dejarnos formar parte de su mundo. Al salir, también la hacemos para agradecer al mar que nos haya dejado salir (risas). Gracias por dejarnos sobrevivir.
En varias ocasiones contenemos la respiración ante situaciones que parecen peligrosas —tormentas, hipotermias, inmersiones profundas—. ¿Has sentido miedo en el mar?
Una vez. Y fue, esto lo comento en el primer libro, en Mallorca. De repente hubo una tormenta, no una tormenta marina, sino de truenos, de relámpagos, lluvia. Cuando llueve mucho, el mar acostumbra a estar tranquilo. No es que hubiera oleaje, al contrario, el mar estaba tranquilo, pero vivo. El cielo se oscureció de repente y vi que empezaban a caer rayos y relámpagos sobre el mar. Yo estaba a unos 300 metros de la costa, un poquitín adentro. Siempre oyes historias de que, si estás nadando en el mar durante una tormenta eléctrica y la cabeza sobresale del agua, puedes atraer los rayos. ¿Hasta qué punto eso es cierto o no? Pero ahí entró un poquillo de miedo. No entré en pánico, pero hice un sprint hacia la orilla.
¿Era más lo que ocurría fuera del agua que lo que ocurría dentro?
Exacto. O sea, el mar, en cierto modo, me ha tratado bien, crucemos los dedos. Fue más por el cielo que por el mar.
La hermandad entre los nadadores de invierno resulta muy entrañable. ¿Qué os une más, el contacto con la naturaleza, la afición o compartir el riesgo que pudiera conllevar?
Yo creo que las dos primeras. O sea, el contacto con la naturaleza y con gente que ama el mar crea también afinidades. En los grupos de nadadores de invierno que he conocido es habitual que, después del baño, se vayan a tomar un vermut o un té y que, a veces, se creen grupos de WhatsApp, cosas así. O sea, hay un componente social de compartir esa afición y ese amor por el mar.
No lo veo tanto por el tema del riesgo. También es cierto que, para acotar el universo de la gente que entrevisté en su momento, elegí personas que no eran competitivas, sino que disfrutaban del mar haciendo baños recreativos, estando en el agua, nadando o flotando, simplemente; en enero, en febrero, durante todo el año. Gente que no iba a competir y nadaba sin neopreno para que el contacto con el agua y la naturaleza fuera lo más esencial posible.
En Vuit graus dices que las nadadoras de invierno buscan forjar vínculos más empáticos, mientras que los hombres tienden más a la competición. ¿Crees que esa diferencia también se refleja en la forma en que hombres y mujeres nos relacionamos con la naturaleza y el entorno?
Sí, bueno, esto no lo quisiera generalizar. Esta diferencia fue algo que observé nadando en los lagos de Hampstead. Existe un poco esa actitud masculina hacia la naturaleza de buscar retos. Y, por lo que he leído de historias de nadadoras en el Ladies' Pond, en el estanque de mujeres, la cosa iba más de crear vínculos entre ellas. En general, es cierto que, en los grupos con los que hablé, que no eran competitivos, predominaban las mujeres. Y sí que hay algo de una mirada masculina en el hecho de buscar metas o retos, mientras que la mirada femenina no es tanto de conquistar la naturaleza, sino de formar parte de ella, de disfrutar de ella. Pero son generalizaciones muy de brocha gorda porque hay mujeres muy competitivas y hombres que también tienen esa sensibilidad nada competitiva.
En el prólogo de Vuit graus te muestras crítico con el neopreno y con la competición. Sin embargo, también has competido. ¿Qué te aportó la competición?
Estar en forma, practicar un deporte que me gustaba y aprender una técnica. Cuando estás federado tienes entrenadores que te ayudan y te dan esa formación sobre cómo moverte o cómo perfeccionar tu técnica en el agua. Lo que pasa es que, cuando competía, la piscina me agobiaba mucho. Competí en piscina durante unos veinte años, pero cada vez sufría más por los nervios de estar ahí, con todo el mundo mirándote. Vas a saltar y estás pensando si harás una salida nula o si cometerás un fallo. En cambio, he disfrutado más las competiciones que he hecho en el mar, porque es mi terreno. Ahora sigo haciendo alguna travesía en el mar, pero disfruto, sobre todo, de hacer snorkel, de nadar con un grupo de gente y disfrutar de lo que hay ahí.
Soy un nadador que escribe, no un escritor que nada, dices en Vuit graus. ¿Te sientes más a gusto en esa maravillosa periferia que formáis los nadadores de invierno que buscando un lugar central en la literatura?
Diría que sí. Hay gente que dice que escribir es una terapia, que es algo que se lleva dentro, etcétera. A mí me gusta escribir. He disfrutado mucho escribiendo. Me gusta expresarme por escrito, dar vueltas a unas ideas, ver cómo las expreso y qué ángulo les doy. Pero, para mí, la auténtica terapia es estar en el agua. Entonces yo te diría que disfruto mucho escribiendo, pero más nadando, estando en el mar. Es un mundo que, sin ser mi medio, es donde me encuentro a mí mismo.
Precisamente, estoy citando una frase de la escritora Jessica J. Lee, que decía que en el agua era consciente de que no era un pez, de que no era su medio natural, pero que era allí donde se encontraba a sí misma.
La literatura ocupa un lugar importante en tu obra. Has mencionado a Jessica J. Lee, pero también hablas de Victoria Whithworth o Amy Liptrot, todas ellas también con experiencias personales complicadas, ¿qué han significado para ti leerlas y cómo crees que han influido en la escritura de tus libros?
Han influido, indudablemente. Me han permitido ver diferentes ángulos y distintas motivaciones para nadar en el mar en invierno, entender qué las mueve. Y eso te da como una… no sé si llamarlo inspiración, pero te prepara para explicar tus propias sensaciones, aunque mis motivaciones fueran diferentes a las suyas. Te facilita las cosas cuando tienes una página en blanco y dices: Ahora explícalo tú, a tu manera.
Me ha influido mucho leer a otros autores, especialmente la literatura anglosajona de naturaleza. Cuando vivía en Inglaterra leía mucha y, sin duda, me ha influido.
Roger Deakin decía que nadar podía ser una forma de leer el paisaje como un libro que se abre ante ti. Ahora mismo, ¿el mar te está inspirando para escribir nuevas historias?
De momento voy dándole vueltas a algún tema, pero ahora mismo estoy esperando a que salga la edición en castellano de Vuit graus. Es un momento de relax, de break, con la escritura. El mar siempre te inspira, tanto para narrativas nuevas como para otros proyectos. Estoy haciendo un curso sobre salud integral y mar para guiar a la gente a entrar en el agua y conocer los beneficios que tiene para personas con problemas físicos, como la fibromialgia, o temas de salud mental, como la ansiedad... No sé si de esto saldrá algo en forma de escritura, pero es interesante. El mar siempre inspira.
También hablas de una cara oculta del litoral, de sus otros habitantes, como los peces, moluscos y crustáceos. ¿Cómo nos relacionamos con la costa? ¿La entendemos principalmente como un espacio de ocio o entendemos que es un ecosistema del que formamos parte?
Pues ahí, grosso modo también y generalizando bastante, sí que vería una diferencia entre el verano y el invierno. La gente que nada en invierno es muy respetuosa con el medio. Es gente que ve el mar como un tema emocional. Hay personas que han pasado por un cáncer, por problemas de ansiedad o por depresiones, y necesitan su espacio recreativo. Y, además, existe esa conciencia de que hay un ecosistema que hay que respetar. En cambio, en verano ves demasiada gente que se sube a los escollos molestando a los cormoranes o que echa el ancla donde hay prados de posidonia. Ahí sí que veo una diferencia estacional.
Hablando sobre la parte emocional, tanto en Línea de flotació como en Vuit graus muestras una relación íntima con el mar. ¿Crees que para cuidar la naturaleza necesitamos establecer un vínculo emocional con ella?
Sí, ayuda. Si hay un entorno, un medio en el que te sientes bien, y tienes ese vínculo, aprenderás a amarlo y, en consecuencia, aprenderás a cuidarlo.
También recorres distintas tradiciones de natación en aguas frías de costas lejanas. ¿Nuestra relación con el mar y la costa es diferente a la de otros países?
La gente que nada en invierno en la Costa Brava, en Galicia o en Brighton, tiene motivaciones que no son tan diferentes. Y su actitud respecto al entorno tampoco lo es, más allá de sus idiosincrasias culturales. Hay actitudes que son transversales y cruzan fronteras geográficas. El país, la frontera o la patria sería el mar en invierno.
En un momento comparas los cambios que sufren los paisajes terrestres de tu infancia con la aparente permanencia del mar. Sin embargo, el mar también está cambiando. ¿Cómo imaginas las costas que heredarán las próximas generaciones?
No sé. Querría ser optimista porque el mar es un medio que, en cuanto el impacto humano levanta el pie del acelerador, se regenera muy rápidamente, en general. Las posidonias no, son muy delicadas y crecen un centímetro por año, pero sí ves que aumenta la diversidad de peces... En el futuro pienso que habrá un mar con temperaturas más cálidas y tal vez vengan especies invasoras por el cambio climático. Encontraremos un mar distinto al que hemos visto hasta ahora.
Ahora que los veranos son más largos y la temporada de playa se alarga, ¿cómo lo lleva un nadador de invierno?
(risas) Fatal. Sí, porque ves que cada vez hay más gente en la playa en invierno. Cuando empecé a nadar en invierno éramos cuatro gatos en la playa y conocías a los demás. A raíz de ahí trabé amistad con Jaume, mi amigo de la Barceloneta, y con los de Blanes. Ahora vas viendo más gente. Lo que pasa es que muchos se quedan en el umbral, en el paseo marítimo o en la playa. Aparte de los que se ponen neopreno, los que se meten en el agua aún seguimos siendo los cuatro locos de siempre. No sé si esto irá cambiando con el cambio climático.
Se dice que el verdadero cambio climático se está dando en el mar. Incluso tú hablas de cómo han cambiado las costumbres migratorias de los peces por el aumento de la temperatura. ¿Crees que se habla lo suficiente sobre el mar o necesitamos más libros como el tuyo para concienciar?
Hace falta más conocimiento sobre este mundo, y más divulgación. No sé si libros como el mío, pero sí más conocimiento, ciertamente, porque el mar es un pulmón del planeta. Se habla mucho de la selva amazónica, pero el fitoplancton es la mitad de las fuentes de oxígeno del planeta. Mucha gente desconoce esto y, a veces, parece que el mar es un espacio, como hablábamos antes, de recreación, pero muy ajeno a la vida de las personas. Y, sin embargo, es esencial para la vida del planeta. Mira, la proporción de superficie de agua respecto a la terrestre es de tres cuartas partes. De agua. Eso ya da una idea de su importancia para nosotros.
