“Han Kang es una escritora de invierno”

Entrevista a Sunme Yoon, traductora de Han Kang.

A propósito de la publicación de La luz y el hilo.

‍ ‍ Por Gabi Martínez

Han Kang publica este año La luz y el hilo en español, compilación de ensayos entre los que destaca un Diario de jardinería que supone la mitad del libro y sobre el que nos habla en Seúl Sunme Yoon, traductora de toda la obra de la premio Nobel a esta lengua. Nos conocimos los tres cuando la editorial Rata publicó La vegetariana en España, antes de que ellas fueran oficialmente catapultadas a la eternidad. En Seúl, Sunme Yoon había conocido mi búsqueda del tigre coreano por la Zona Desmilitarizada (DMZ) de su país así que, al aterrizar en Barcelona para promocionar la novela, apareció con un pequeño estuche de tocador que llevaba pintado un tigre en la tapa. “Un regalo para ti”, dijo Suny, ahora la nombro así.

Por entonces, Han Kang era llamativamente retraída. El Nobel no ha cambiado su introspección. Tras el premio, concedió las entrevistas que tocaban por contrato, y no volvió a asomar por un acto público internacional hasta -fue un lujo para Barcelona- el día de Sant Jordi de 2026.

Este verano me he reencontrado en Seúl con Suny para hablar de LiterNatura, pocos meses antes de que la Nobel publicara La luz y el hilo en español, que acaba de llegar a las librerías. De hecho, ese volumen estrena la nueva colección dedicada a premios Nobel de Literatura, Láurea. “Pero La luz y el hilo es anterior al premio -advirtió Suny-. Desde el Nobel no ha publicado nada nuevo. Normal. Siente la presión del mundo entero esperándola. Lo del premio la superó un poco. Se fue a vivir a Londres con su hijo”.

En su ensayo jardinero, “Han Kang explica, día a día, lo que hizo para cultivar plantas en su minúscula casa tradicional de Seúl con el parterre situado en el lado norte, donde no tocaba el sol. ¿Qué puedes plantar en un sitio sin sol? ¿Cómo cuidar a esas plantas?”.

Suny resumió el diario en una cafetería de Gangnam, distrito famoso por las montañas de wones que maneja y por la bailonga y afilada canción que lo proyectó mundialmente, y donde la empresa que paga a Suny tiene sus oficinas.

Afuera, centenares de personas cruzaban pasos de cebra al unísono mientras equipos de obreros perforaban el asfalto y la ciudad se agitaba al fragor de multitudes pululando bajo rascacielos. Suny asume que el ritmo seulita es trepidante y cada vez más peculiar -”ahora llevan a los perros ¡en cochecitos de bebé! Y les ponen coletas y maquillaje. Aunque luego están los que se los comen”. A los perros, sí, ñamñam en los restaurantes de boshintang, que de todas formas agonizan después de que el gobierno haya ordenado su cierre antes de fin de año.

Suny había encontrado un bálsamos antifrenesí en la no-ficción que acababa de traducir, protagonizada por un monje budista que, al retirarse a meditar a la montaña, había conocido a un gato del que había aprendido a contemplar, a esperar. El gato le sirve al monje para abordar conceptos budistas, y el combo estaba tan bien escrito que había confortado de manera excepcional a Suny. “Yo he tenido perros y gatos, nunca a la vez. A la que más quise fue a una gata que era… se parecía en muchas cosas al gato del libro. Mi madre le puso Jackie por Jackie Kennedy. Tuvo gatitos, un día se le escaparon, Jackie se fue tras ellos y nunca volvió”.

En la burbuja LiterNatura que de pronto se creó en la cafetería, Suny se animó a contar cómo acabó hospedando a un bichón máltés callejero, el otro gran animal de su vida. “Yo iba al médico y en la calle me encuentro a un perro que me mira. Nos quedamos mirándonos los dos. Seguí andando y una señora que pasaba por allí le dice al perro: Venga, corre, que tu dueña se va. Y el perro me sigue. Cuando llego a la consulta del médico, le digo: Ahora vengo. Si te quedas hasta que salga, te llevo a casa”. Y pasaron siete años juntos. “Juno -esta vez el nombre se lo pusieron sus hijos- quería a todos, pero conmigo tenía algo especial. Cuando me quedaba hasta tarde traduciendo por la noche, se esperaba en la puerta hasta que me iba a la cama. Me buscaba todo el tiempo”.

Una historia preciosa que evoca a algunas de las que la literatura coreana está exportando internacionalmente, narraciones reconfortantes en la línea cozy mistery y esas cosas amables, distendidas. “Aunque esto está pasando de moda -afirma Suny-. Por cierto, en España gustan mucho los thrillers, ¿no? Los editores no paran de pedir thrillers”.

En cuanto a LiterNatura coreana, poca. Entre los numerosos especialistas en literatura consultados durante mis días coreanos, nadie supo distinguir un título o un autor más o menos del ramo. Suny tampoco. “La literatura que se vende es sobre todo urbana -dijo-. Corea se ha industrializado muy rápido, y, aunque un setenta por ciento del territorio son montañas y el deporte nacional es el trekking, las historias que interesan, que se quieren contar, pasan en la ciudad”.

Pero Suny se empeñó en ofrecer algo más sobre el tema encadenando reflexiones hasta detectar una singularidad que unía a Han Kang con muchos otros escritores coreanos: “hablan siempre de las estación en la que ocurre la historia. Es como una obligación, muchas veces se encaja un texto sobre la estación del año, aunque rompa el ritmo de la narración, pero se mete. Aquí tenemos cuatro estaciones con temperaturas muy marcadas. El verano es de mucho calor y húmedo; en invierno podemos llegar a los catorce bajo cero; la primavera, florida; y el mejor momento para venir es octubre, por los colores”.

¿Han Kang es una escritora de invierno? “Sí, sin duda, de invierno. Yo querría que escribiera cosas menos desgarradoras. Ella, con La clase de griego ya buscaba ir hacia otro lado menos oscuro, y en 2014, con Actos humanos, intentó dar un cierto giro, se nota. Lo que pasa es que habla de una masacre, los hechos son tan terribles que no se ve el lado cálido de la historia. Es un homenaje fúnebre a la gente que murió en la masacre de Gwanju”.

Han Kang aparece constantemente en la charla, porque ella nos unió y por la transformadora importancia que ha tenido en la vida de Suny… y de sus colegas de oficio. “A Han Kang le dieron el Nobel gracias a sus traductores”, sentencia Suny, compartiendo una convicción bastante común entre los traductores de la Nobel, a la que en Corea se la arrinconó durante años. “Aquí casi no la leían, no era conocida. Y con el éxito de La vegetariana y luego el Nobel… nadie supo qué hacer con eso. Incluso ahora, después de veinte años, La vegetariana sigue costando. Aquí, su novela más querida es Actos humanos. La vegetariana no le gusta a nadie en Corea. Al contrario que en el extranjero, que es su obra preferida”.

Suny tiene orígenes argentinos, mantiene un trato constante con aquel país, hasta el punto que la primera traducción de La vegetariana al español fue en Argentina. Que Han Kang ganara el Nobel, convirtió a Suny en una semicelebridad del cono sur americano. “El recibimiento fue muy caluroso porque yo soy argentina, salí mucho en las noticias. En aquel momento, allí se acababa de publicar La clase de griego, y el libro empieza hablando sobre la tumba de Borges. Lo que faltaba. El país tiene la espina clavada por que Borges no ganara el Nobel así que hubo quien salió diciendo que Borges había ganado el Nobel a través de Han Kang. Imagínate”.

Y cuando muchos argentinos descubrieron la sustancia de su escritura, ¿la han seguido leyendo con el mismo interés? “Creo que desde que Milei gobierna, se intentan esquivar las historias que tratan los derechos humanos y las dictaduras, sobre las que tanto ha escrito Han Kang”.

Volviendo a Corea, ese país volcado en la tecnología punta, ¿cómo afecta la Inteligencia Artificial a los traductores? “Buf, no hay ninguna protección. Solo se ve lo positivo de esa tecnología, pero si hablamos de traducir literatura, literatura de verdad, la IA es pésima. No sabe leer entre líneas, nada de dobles sentidos…”.

Suny confía en que al final se imponga una mínima sensatez, también en los encargos de traducciones. “Antes, los traductores podíamos sugerir libros. Así traduje La vegetariana, recomendándola a editores. Pero esto cambió, y se decidió que fueran las editoriales extranjeras las que pidieran las traducciones. ¿Qué pasa? Que solo piden lo que está de moda, lo que más vende. En mi empresa están viendo que ese camino no da los resultados que esperaban y parece que se va a revisar el procedimiento”.

Los vaivenes del dinero dan lugar a paradojas, como la que vivió este verano la propia Han Kang. En 2018, abrió Onul Books, una pequeña librería en el barrio seulita de Yangjae. Cinco años después trasladó la librería a Seochon, zona de artisteo, escritores, fértil en tiendas independientes. Cuando en 2024 ganó el Nobel, era frecuente encontrar a grupos de, sobre todo, jóvenes intentando verla por allí. Pero esa misma popularidad, y la del barrio de moda, disparó los alquileres hasta el punto que la primera semana de julio de 2026, la librería tuvo que cerrar. Han Kang lo encajó con calma. Afirmó que sentía “más gratitud que tristeza”, y que, de hecho, haber aguantado ocho años le parecía “un milagro”. Un sosiego coherente con la trayectoria de una escritora que ha explorado tan a fondo las derrotas que hasta aprendió a cuidar de un jardín sin sol. Una escritora de invierno. ¿Cuál será su próxima historia? “Se sigue tomando su tiempo antes de publicar -dijo Suny en el café-. Y me parece bien. No hay que correr”.