“Tenemos un ecosistema literario con editoriales y críticos muy conservadores, que marginan las ficciones climáticas”


Entrevista a Amitav Ghosh, autor de El gran delirio, editado por Capitán Swing.

Por Gabi Martínez

Amitav Ghosh es uno de los escritores que más han reflexionado y ficcionado sobre la crisis ecosistémica que sacude al planeta, y uno de los primeros que, ya en 2017, alertaban sobre la inoperancia de escritores de ficción e intelectuales supuestamente mainstream a la hora de abordar las urgencias medioambientales. En su libro The Great Derangement: Climate Change and the Unthinkable advertía que la literatura considerada “seria” no se ocupa de realidades tan inexorables como el cambio climático, el petróleo, las emisiones tóxicas y otras muchas disfunciones que están alterando la vida en la tierra, concluyendo que “es muy difícil imaginar una concepción de seriedad que sea ciega a amenazas capaces de modificar nuestras vidas”. 

Ghosh, nacido en Calcuta (1956) y ahora residente en Nueva York, emerge como faro narrativo y despertador de adormilados denunciando el aburguesamiento de las élites artísticas, la creación de unas neoseguridades destinadas a neutralizar las protestas que originará el cambio climático o señalando la oportunidad de aliarse con musculosas instituciones vigentes, incluida la iglesia, para crear grupos de presión cívicos que obliguen a legislar distinto.

¿Cómo ha llegado a articular estas ideas? Alguna importancia tiene que Ghosh sea descendiente de refugiados climáticos.

¿Nos puede explicar un poco la historia de esa parte de la familia?

Claro. Es una historia que me contó mi padre. Desciendo de una familia que vivía en un pueblo de la actual Bangladesh situado en la ribera de un río muy grande, el Padma. Vivir ahí era muy habitual en los pueblos del delta de Bengala, aunque no sé si se puede hablar de un paisaje de delta porque en realidad es una enormidad con varios deltas que confluyen. El caso es que el río a menudo cambiaba de dirección porque de repente venía el monzón y se veía anegado por inmensas cantidades de agua. En alguno de estos cambios, el pueblo de mi familia quedó totalmente inundado. Fue a mediados del siglo XIX. Entonces, mi familia se desplazó hacia el oeste, lo que actualmente es la provincia de Bihar en India. 


En su libro señala que la actual ficción literaria considerada seria es incapaz de abordar el cambio climático ¿Por qué cree que los intelectuales y escritores no hablan de cambio climático pese a la realidad que ellos mismos están viviendo?

Dos cosas: la novela moderna surge a finales del siglo XVIII principios del XIX, que es un período en el que encontramos una cierta estabilidad climática; y la novela moderna emana de una cultura burguesa que da por hecha esa misma estabilidad climática. Nuestra época refleja esa sensibilidad. La literatura de esta época trata la vida interior de las personas mientras que lo no humano pasa a un segundo término. Y lo otro que explico en el libro es que la sensibilidad burguesa está muy basada en la idea de probabilidad, como vemos en el hecho de que existan las aseguradoras o La Bolsa. Este guiarse por la probabilidad se traslada a la literatura, interesada sobre todo en lo probable. Por eso, algunos escritores creen que no vale la pena hablar sobre acontecimientos que todavía creen muy improbables, a los que aún consideran excepcionales, como las catástrofes climáticas a las que nos vemos abocados en este momento. Querría matizar que hay muchos autores que han abordado estos temas. El problema es que tenemos un ecosistema literario con editoriales y críticos muy conservadores, que marginan este tipo de relatos. 

Resulta llamativo que ese ecosistema sea tan inmovilista, cuando históricamente se suponía que los pensadores de la cultura deberían ejercer de contrapoder. 

La dinámica de mercado tiene un papel muy importante. Hay autores y profesores muy preocupados por el clima pero recomiendan a sus alumnos escribir relatos identitarios porque eso es lo que vende y se valora en el mercado literario. También hay un aspecto muy político en esto. La tradición literaria contemporánea en Estados Unidos emerge en el contexto de la Guerra Fría. A partir de los años 50, de una manera muy deliberada, las élites de los Estados Unidos, sobre todo las vinculadas a la seguridad, fomentan un tipo de escritura muy despolitizada en oposición por ejemplo al realismo social soviético, y esta escritura determina la sensibilidad general en los Estados Unidos. De manera que, a aquellas obras que pretenden implicarse en un contexto social o de clase más amplio, se las tilda de retrógradas o poco interesantes. Lo más curioso es que esa falta de politización termina cuando Trump empieza a ganar elecciones. 

¿Por qué es curioso? 

Cuando mis libros se empezaron a publicar en Estados Unidos, era habitual que las reseñas dijeran que, claro, la gente que viene de países pobres, con la vida tan difícil que ha llevado, no tiene más remedio que escribir de política. Lo interesante es que después de la victoria electoral de Trump que le hizo presidente en 2017, es como si el mundo literario de Estados Unidos despertara de golpe. De repente, todo lo que se escribía era político, todo tenía esa perspectiva, todo el mundo respondía o tenía alguna reacción ante Trump. Me hizo mucha gracia porque, de pronto, hubo una vuelta de tuerca: Occidente había proyectado la idea de que siempre iba por delante de los demás en el tiempo, en la Historia, y aquellos meses percibió que iba por detrás. Después de Trump, muchos descubrieron que todo era al revés, y que los países del sur global habíamos vivido circunstancias a las que el mundo occidental global se enfrentaba de repente y debía aprender a gestionar. 

Cuando naturalistas como Charles Lyell describen a la naturaleza como una fuerza tranquila que solo muy de vez en cuando se agita, los escritores aceptan ese relato y lo aplican en sus libros. Emma Bovary busca pasión en lo humano porque la monotonía de la naturaleza la aburre, así lo expresa ella. ¿Por qué cuando esa misma naturaleza está demostrando que aquel período de cierta tranquilidad fue casi anormal muchos narradores no reaccionan?

Durante mucho tiempo, la geología, con personas como Lyell, proyectó esta idea que permitió pensar en un mundo continuista, uniforme. También se pensaba que la Tierra solo tenía 6000 años. Pero a principios del siglo XX aparece Wegener, cuya Teoría de La Deriva Continental va contra esta idea de la uniformidad del mundo. Y eso lleva a comprender que las cosas se mantienen estables durante mucho tiempo hasta que llegan catástrofes como las que ahora estamos viendo, con terremotos, tsunamis, etcétera, o el meteorito que provocó la extinción de los dinosaurios. La geología se encuentra siempre en este equilibrio entre el uniformismo y el catastrofismo. 


Usted señala que las ficciones que incluyen temas medioambientales se suelen infravalorar o las encasillan como ciencia ficción, que se trata como un género menor. Pero algo está cambiando. ¿Qué le parece esta frase?: Madame Bovary ha muerto, viva los ciclones.

Jajajaja. No sé si lo diría así, pero quizá sí. Lo que ahora estamos viendo en el mundo, y me parece especialmente preocupante, es que las élites están aceptando la visión catastrofista, y vemos a milmillonarios tecnológicos, desde Peter Thiel a Mark Zuckerberg y muchos otros, que se están construyendo refugios apocalípticos en islas remotas, y esta idea de la catástrofe se está haciendo cada vez más popular. Hay refugios que ya se pueden comprar por unos 35.000 dólares.

Zuckerberg y muchos de estos milmillonarios tienen el poder de hacer que el mundo se adapte o se conforme según la visión que ellos tienen. Al aceptar la idea catastrofista del futuro, pueden construir un mundo catastrófico. 


De hecho, usted señala que la institución que se toma más en serio el cambio climático es el ejército de Estados Unidos, que ha creado poderosas neoseguridades para responder a este presunto escenario de catástrofe. ¿La sociedad está suficientemente informada sobre el contexto que se está generando con el objetivo de reprimir a quienes más sufran las consecuencias de las inminentes crisis medioambientales?


El ejército estadounidense está a la cabeza de esta tendencia y no podría ser de otra forma porque está liderado por hombres que se mueven por un cristianismo mesiánico, convencidos de que se acerca el apocalipsis, y que eso traerá la revelación y la segunda venida de Jesucristo. Pete Hegseth, el actual secretario de guerra, se expresa en estos términos. Y Trump lo hace cada vez más. Lo que preocupa especialmente es que antes de la Segunda Guerra Mundial, el ejército de los Estados Unidos ya estaba experimentando estrategias militares relacionadas con el control climático o la instrumentalización de bacterias. No son ideas conspiranoicas, está bien documentado. Y se especula con que Irán, durante la guerra que se está librando, ha destruido equipamientos en Emiratos Árabes Unidos que formaban parte de un programa de generación de nubes, y por eso todo el Oriente Medio está recibiendo lluvias muy intensas. Se especula con que esas lluvias estén vinculadas a la acción humana. Ahora nos encontramos con unas intersecciones muy extrañas pero lo importante es pensar que el hecho de anticipar que se acerca una catástrofe ya supone una manera de generar la catástrofe. Te puedo dar más ejemplos.