Enorme Yunkaporta, ensimismado Byung-Chul Han

Por Gabi Martínez

30/01/2026

Ahora que Europa está quedando fuera del podio del gobierno mundial y que los aborígenes australianos continúan siendo un pueblo abrumadoramente oprimido, leer cómo los pensadores Tyson Yunkaporta y Byung-Chul Han se relacionan con la naturaleza puede explicar muchas cosas. Según los macrocódigos del siglo XXI, se trata de dos perdedores. Uno de verdad, Yunkaporta, indígena forjado en remotos poblados de Australia que defiende los derechos de su gente y la tierra en un contexto de opresión y pobreza literal; y el otro, burgués y famoso coreano germanizado que se ha erigido en portavoz de la debacle espiritual protagonizada por Occidente, o sea, un “derrotado” con cojín. 

Algunos libros de Byung-Chul Han me han llegado a entusiasmar. Con su capacidad para sintetizar las inercias colectivas y extraer inspiradores diagnósticos incluso ha logrado popularizar el pensamiento filosófico, nada menos. El de Seúl afincado en Berlín sirve libritos reconcentrados de ideas, cada uno dedicado a un tema universal, desde la violencia al erotismo, aprovechando de vez en cuando la actualidad: La sociedad del cansancio. No he leído sus 32 volúmenes, aunque últimamente me llamó la atención que sus obras recientes recibieran más críticas de lo habitual, acusadas de superficialidad, demagogia, inconsistencia. Bueno. Para esta web interesaba una sobre la que no tenía referencias. La busqué. 

Loa a la Tierra. Un viaje al jardín figura entre los varios títulos de LiterNatura publicados por la editorial Herder, obra de 2017 que yo abordaba algo tarde pero con ganas. Para escribirla, Byung-Chul Han se inspiró en el jardín de invierno que cultivaba desde hacía tres años. Su Loa habla básicamente de flores, con preciosas ilustraciones. Pronto percibí más cultura que vida, poca tierra en cada pequeño capítulo. El jardinero parecía más falto de ideas que en otros libros. Citaba a Schumann, Novalis, Heidegger. Repetía bello, hermoso, me gusta. 

A las cuarenta páginas se me hizo cansino como un selfie tuneado con plantas, y abrí el libro del aborigen. Escrito en la arena. Cómo el pensamiento indígena puede salvar al mundo. En él, Yunkaporta habla de cómo el continente australiano está narrado por las líneas de canción aborígenes, de modo que puedes recorrerlo siguiendo las canciones sobre rocas, equidnas o emús, y entrar en el Tiempo del Sueño que une a todos los pueblos. 

Desgranando los dibujos que su gente hace en la arena para explicar la organización del mundo, Yunkaporta afirma que “en las piedras está la Ley”, y que el mineral es sintiente y guarda el conocimiento profundo. “La piedra nos enseña que debemos mantener un núcleo irrompible”. También dice que el tótem Emú es un agitador que proclama “yo soy más que tú”, y que su narcisismo se ha extendido por el planeta dejándolo hecho unos zorros. 

Para Yunkaporta, totémicamente considerado un chico de la Grulla Australiana, antítesis del Emú, la gran clave para salir adelante es crear redes naturales perdurables hasta el punto que, durante dos años, él mismo estuvo recorriendo líneas de canción en busca de un patrón que insinuara cómo reorganizar Australia para evolucionar todos juntos mejor. A las cuarenta páginas, yo deseaba, necesitaba continuar con este libro dispuesto a sugerir cuánto puede ayudar el menospreciado Conocimiento Indígena a lograr un planeta sostenible y sano. Biodiverso, en fin. 

A partir de ahí, la avalancha. Yunkaporta desencadena una cantidad de ideas disruptivas fascinantemente planteadas, porque él, como su gente, son virtuosos de la metáfora y el ejemplo gráfico. “Tuve mi primer teléfono móvil personal en 2016 y después, a lo largo de cinco meses, vi que el cerebro se me venía abajo como si lo amortiguaran unos sonidos por estar metido dentro de un orinal”.   

Entre otras muchísimas cosas, afirma que los aborígenes siempre consideraron la “materia inerte” no solo valiosa sino fundamental, mientras que Occidente empezó a entender anteayer que el vacío es decisivo, eso que los científicos comenzaron a definir no hace tanto como “materia oscura”. Dice que el tiempo lineal propuesto por los griegos es una ilusión, porque nada es lineal, ¿qué conversación auténtica lo es? Cuestiona la alfabetización: “empiezo a sospechar que la alfabetización (...) causa daños cerebrales”, porque encauza a las personas por un camino demasiado estrecho recortando enormemente ese superpoder que es la intuición. Y si bien alaba y ensalza la insuperable potencia del relato oral que ha construido el imaginario aborigen y las comunidades históricas, asume que vale la pena escribir libros “para negociar una forma de existencia viable en esta era de transición”, porque su pueblo lo está pasando fatal y necesita adaptarse como sea si aspira a sobrevivir. Después de todo, sabe que escribir no bastará para domesticarle, ni a él ni a los suyos, porque hasta ahora los aborígenes han demostrado que, sean de campo o ciudad, mantienen una singularidad tan marcada que hasta se resisten a tener un himno. 

Tyson Yunkaporta nació en Melbourne pero muy pronto se mudó con su familia a pequeñas comunidades de Queensland, lo adoptaron los apalech y creció siendo “un joven machote enfadado, en medio de un vendaval de puños y de disforia cultural”. Tras episodios personales críticos, se concienció de las necesidades de unos aborígenes cada vez más oprimidos, gente que pasó de vivir desplazándose, también con ganado, a la minería y, por fin, al semi inerte arrinconamiento actual. Se hizo maestro.

Ahora “tengo los pies, las manos y el estómago suaves y utilizo el término neoliberalismo con mucha más frecuencia que la palabra miintin (tortuga)”, reconoce para definirse como una especie de intelectual que, eso sí, no deja de pelear por sus creencias, convencido de que la gran batalla radica en contar historias distintas a las que nos han contado (a los no indígenas) con tal de revertir, por ejemplo, la extinción de especies, porque “este apocalipsis es real”. “Las historias se transmiten y las personas forman equipo con ballenas, delfines y demás animales con el fin de seguir cuidando del País bajo el mar”. 

Recuerda que en muchas lenguas no occidentales, como el maorí, las de Oriente Próximo o las propias aborígenes, el norte está abajo y el sur arriba. Así se dibujaron mapas antiguos hasta que comenzó el “apocalipsis cultural” capitaneado en última instancia por la antigua Prusia, que fue capaz de imponer la alfabetización y civilizar a saco. De modo que, si se le dio la vuelta al mundo una vez, ¿por qué no intentarlo de nuevo? 

Yunkaporta carga contra la civilización con un argumentario sólido. “Todo sistema civilizado demanda un crecimiento basado en la destrucción de la tierra”, afirma, describiendo las ruinas que han dejado tras de sí las grandes ciudades desaparecidas de la Historia; denunciando el recorte de diversidad, complejidad y autonomía que supuso centralizar el poder, el sistema bancario también; difundiendo que en las lenguas aborígenes no existe la palabra trabajo, pero resulta que ahora “somos esclavos de una ética del trabajo que es antinatural e innecesaria”. También reclama más chistes, muy frecuentes entre aborígenes, porque son formas de combinar ideas de un modo tan nuevo que emociona, y con ellos la emoción se asienta como una fábula. “Si las personas se ríen, están aprendiendo”. 

Pero lo que revienta la burbuja de lo correcto actual y sacude y trastorna y puede que hasta enfurezca, es su defensa de la violencia como parte de la creación que debemos aprender a gestionar, no a ocultar. “Todo el mundo sabe que lo mejor es exponer la violencia a la vista de todos”. Así, respalda la tradición de pelearse en público bajo supervisión vecinal, respetando unas (laxas) reglas que garantizan que nadie se hará demasiado daño. 

Yunkaporta, además de ser identificado por bastantes aborígenes como un pensador “marginal incluso en mi propia comunidad” (ya de por sí tan marginal), tiene trastorno bipolar, y este libro lo escribió durante un brote que duró dos semanas, de tirón. En entrevistas posteriores, ha asumido que quizá se le fue un poco la mano en algún tramo, especialmente lamenta comportarse a veces como un Emú, al criticar solo lo peor de Occidente -”yo sé más que tú”-, pero su desinhibición es un regalo para lectores, aún más cuando neutraliza los lugares comunes sobre las ideas “civilización” y “violencia” desde un lugar asombroso.

Antes ya “he intentado escribir sobre esto y he fracasado miserablemente”, confiesa, de modo que esta vez buscó la ayuda de Kelly Menzel, una enfermera y profesora aborigen custodia del Conocimiento Ancestral. Con su aval, el hombre que aún frota su axila en la cara de ancianas con úlceras para detener hemorragias, se enfrenta al consenso de muchos australianos que opinan que los hombres aborígenes son violentos, misóginos y rinden culto a la violación. Yunkaporta atribuye a los medios de comunicación esta tormenta de desprestigio, y aplaude el meme que apareció en los Territorios del Norte tras la intervención del ejército para reprimir a-esos-aborígenes-del-demonio. “¡La violación es cosa de todos!”.

Lo de la axila y el meme quizá provoque desconfianza e incluso rechazo hacia Yunkaporta, pero, por favor, aparquen los prejuicios y sigan leyendo, porque estamos ante un guardián de formas muy primitivas que de entrada pueden perturbar e incluso ofender hasta la rabia, y sin embargo, cuando expone sus razones… Yunkaporta comprende que algunas situaciones descolocarán a los no iniciados, él mismo se frustra “cuando escucho sabiduría extraordinaria -en boca del Anciano Juma- mezclada al azar con ideas que parecen no seguir una senda lógica racional. Pero aunque la sabiduría del Anciano Juma pueda volverme la cabeza del revés, sus ideas aparentemente irracionales la ensanchan, lo que me obliga a mirar las cosas desde perspectivas imposibles”. Perspectivas que le acercan al conocimiento profundo. Imposible no hallar paralelismos con los espíritus del yanomami Davi Kopenawa o las fantasías noveladas de la también aborigen australiana Alexis Wright. 

Por eso, convencido como está de su cultura, Yunkaporta quedó desconcertado al recibir  ataques de muchas mujeres aborígenes alineadas con los nuevos vientos civilizados. Le acusaban de apoyar la violencia machista. Esto le ayudó a encontrar las palabras para explicarse: “Allí donde aparece civilización, la mayoría de mujeres quedan excluidas de la participación activa de la violencia y después se las domestica en una versión de feminidad retorcida, blanda y procreativa”. A continuación, este coloso de la incorrección política pone ejemplos que ilustran sobre cómo los hombres han ocultado el pasado cazador y hasta guerrero de las mujeres con tal de mantener su rol predominante en la jerarquía creada por ellos mismos. Y cómo ese privilegio ha condicionado al mundo. 

Atención: “Cuando pienso en las peores palizas públicas que he recibido de una mujer, que me dejó tres costillas rotas, un cuchillo atravesado en una mano y la mitad del pelo arrancado, recuerdo que los observadores no aborígenes de la pelea ignoraron la fuerza de aquella espléndida mujer y se centraron en mi debilidad como individuo, que de alguna manera había defraudado a mi sexo”.

El mundo real de hoy incluye la violencia y el machismo y el racismo, viene a decir Yunkaporta, subrayando con cifras el sometimiento de las mujeres civilizadas al indicar que el 99 por ciento de la riqueza mundial está en manos de hombres. “No se puede mantener una cultura que se base en retrasar el desarrollo de la mitad de la población”, concluye. Así que propone mujeres lo bastante violentas para cambiar el mundo, porque “la violencia forma parte del patrón (...) Si vivimos una vida sin violencia vivimos una ilusión”, asegura.

Se trata de un razonamiento inusual fruto de una lectura compleja del mundo, que por algo Yunkaporta entroniza a los sistemas complejos -las líneas de canción lo son-, afirmando que la complejidad enseña a vivir más sencillo, aunque suene paradójico. ¿El gran problema de hoy? Que lo simple se está imponiendo. Lo simple básico, sin pensamiento de fondo. La uniformidad gana a la diversidad. Se reproducen los monólogos incontestados, lineales.

Este libro es una auténtica introducción al sistema de pensamiento aborigen culminado por la Ley que integra a todo lo existente y pulveriza el mito del primitivo tosco porque, dice Yunkaporta, ¿cómo es posible que los ancestros fueran tan rudos si su cerebro ha evolucionado hasta la versión amplia con billones de delicadas conexiones neuronales de las que ahora solo utilizamos una pequeña parte? A lo mejor el tosco eres tú. O la pareja que contrató a una empresa para modificar el clima el día de su boda; o quienes lanzan limaduras de hierro al océano para reproducir algas; o los que siembran nubes para provocar lluvia artificial. 

Terminado Yunkaporta regresé a Byung-Chul Han. Buf. Fue saltar del nómada de los inmensos espacios interconectados al solitario ensimismado en su jardín. La abulia de las primeras cuarenta páginas se fue tornando rechazo profundo ante el despliegue narcisista que identificaba al filósofo como un Emú pura sangre. Si, para identificarse, Yunkaporta emplea recursos de su lengua aborigen, que posee varios pronombres para la primera persona (se refiere a sí mismo empleando el dos-nosotros), Byung-Chul Han recurría al posesivo todo el tiempo. Mi jardín. Mi trabajo. Mi carácter. Mis estilos favoritos. Hablaba como un propietario obsesionado por que sus flores fueran bellas, hermosas y elegantes, la matraca de la elegancia sin parar, mientras echaba herbicida contra las margaritas silvestres, le disgustaban los robles por la hojarasca excesiva y rechazaba a las dalias por rudas y por atraer a las babosas. 

Los miramientos del coreano europeizado causaban más repelús a cada página. Creo que, sin haber leído justo antes a Yunkaporta, lo habría desestimado igual, pero viniendo de la radical honestidad aborigen, Byung-Chul Han aparecía como un superburgués ensimismado que sobreactuaba afirmando haber llorado al morírsele un sauce. Quizá fuera cierto pero resultaba todo tan forzado que no lo creí. 

Loa a la Tierra es una especie de herbario tostón, una aséptica enumeración de flores y árboles apoyadas con citas clásicas, algún fugacísimo episodio vital del autor y muchos me gusta me gusta me gusta, como si eso le importara a alguien. Hay algo desangelado y profundamente increíble en el libro, aparte del trasnochado bucolismo y la épica del romántico jardinero solitario, que hasta resulta sospechosa al detectar que Byung-Chul Han prácticamente no se arrodilla si no es para hacer reverencias o besar flores, no remueve lodo, no hunde las manos en la tierra, no se mancha. La visión de un jardinero impoluto que utiliza sobre todo sustantivos -nombres de plantas- y casi ningún verbo que suponga sudor o esfuerzo, hace preguntarse si el jardín se lo cuidará otro. Aunque esto sería extraño, porque casi no hay humanos en el libro, excepto los insignes muertos a los que cita, desde Hiperión a Georges Mustaki. 

A su vez, la impresión de invernadero es total. Un invernadero frío, conste, por el glacial lirismo del autor, que se define como un hombre de la noche admirador de las flores de invierno. Sus plantas parecen siempre alumbradas con luz artificial. Un logro del libro es esa gélida atmósfera sostenida, solo alterada por algún brillante demarraje reflexivo más propio de otras lúcidas obras suyas, muy extraño a esta Loa pero que en cualquier caso se agradece, como cuando describe al jardín como un espacio de “realidad recuperada”. 

Ante semejante panorama, titular Loa a la Tierra resulta, más que hiperbólico, incorrecto. En la Tierra no hay solo plantas, tampoco en la tierra en minúsculas. Por ejemplo, hay rocas. El mineral invoca de nuevo a Yunkaporta, y a otra diferencia sustancial entre ambos autores ligada a la presencia humana. En el libro del aborigen menudean las personas vivas que cuentan relatos, experiencias. Que actúan. En el del coreano-alemán, entre los poquísimos humanos que medio aparecen, asoma su padre. “Estoy pasando unos días en Seúl. Quería estar cerca de mi padre moribundo”, escribe. Al cabo de un par de breves páginas, después de una larga cita literaria, de visitar dos veces el monte sagrado Inwagsan y de ofrecer dos ramas y una flor en sacrificio sin explicar por qué ni dedicar una palabra cercana a su padre, escribe: “Por fin estoy de nuevo en Berlín (...) extrañaba mucho mi jardín de floración invernal. Tuve puesto en él mis pensamientos todo el tiempo”. ¿Hace falta decir algo más?. 

Al leer ambos libros consecutivos, imaginé un artículo diferente pero ha salido este texto sobre dos personas a las que la naturaleza inspira de forma mucho más distinta de lo previsto. Líneas de canción frente a onanismo ajardinado. Activismo aborigen frente a ensimismamiento europeo. Una, propone soluciones futuras en red. La otra, flota en un limbo cultureta paradigma del feroz individualismo que, curiosamente, el propio autor tanto critica. 

Yunkaporta comenta que tallar madera le ayuda a pensar, y por eso, en cada capítulo, talla troncos para dar forma a una herramienta a propósito del tema elegido. Un bastón de combate para explicar las interacciones entre la anguila, el roble australiano, las flores de acacia, la miel, los zorros voladores y el tabaco; un cayado para las leyes de la termodinámica; un escudo defensivo para hablar de espíritus; un bumerán asesino al tratar el daño que causa lo lineal… Es su forma de evidenciar que cuerpo y mente avanzan juntos en la creación del mundo. Su forma de cultivar la mentalidad-de-ancestro que cultiva y promueve para aumentar nuestro poder de concentración, entender la relación con todo lo que nos rodea y empezar a plantar cara al “espectáculo de terror” que empezamos a vivir hace unas décadas, con la gran domesticación.


Gabi Martínez