NIÑA PÁJARO GLACIAR
Mariana Matija

Editorial Almadía

Niña pájaro glaciar es un libro de una delicadeza poco frecuente. Se sitúa entre el ensayo autobiográfico, la crónica íntima y la reflexión ecológica, con una escritura que desborda los límites de lo estrictamente humano. En sus páginas, la experiencia personal nunca aparece aislada: dialoga constantemente con territorios, animales, plantas, lenguajes no verbales y memorias colectivas. Matija construye un relato íntimo y fragmentario en el que la infancia, el cuerpo, la memoria y el paisaje se entrelazan hasta volverse inseparables. La voz que narra no explica ni subraya: observa, recuerda y deja espacio al silencio, confiando en la inteligencia emocional del lector.

Matija escribe desde un lugar atento y vulnerable, cuestionando la centralidad humana y explorando otras formas de vinculación con el mundo vivo. Su mirada está atravesada por el desplazamiento, la escucha y el intento constante de aprender a nombrar, o a no nombrar, aquello que existe más allá de nuestra lógica dominante.

La naturaleza empieza en nuestro propio cuerpo” desplaza la idea de la naturaleza como algo externo o meramente paisajístico, y la devuelve a un terreno más inmediato: la experiencia corporal. No estamos frente a la naturaleza; estamos dentro de ella. Respiramos, vibramos, sentimos, enfermamos y sanamos siguiendo ritmos que compartimos con otros seres vivos. Es desde el cuerpo, la piel, el olfato, la atención, la sensibilidad, como se abren las conversaciones con lo otro. Cuando esa percepción se debilita, no solo nos alejamos del mundo natural, sino también de nosotros mismos. El ruido, la prisa y la desconexión no nos separan únicamente de pájaros, glaciares o montañas, sino del pulso interno que nos permite percibirlos.

Reconocer el cuerpo como naturaleza implica también asumir una responsabilidad ética. Si el cuerpo forma parte del mismo tejido que un río, un bosque o una especie, cuidarlo y escucharlo se convierte en un gesto inseparable de proteger el entorno. No existe una frontera nítida entre lo que llamamos “yo” y lo que llamamos “entorno”: ambos se afectan, se transforman y se sostienen mutuamente.

Desde esta mirada, la relación con la Tierra deja de ser abstracta o lejana. Se vuelve íntima, cotidiana y encarnada. La naturaleza no empieza cuando salimos al campo ni termina cuando volvemos a la ciudad. Empieza en cómo respiramos, en cómo caminamos, en cómo tocamos y en cómo nos dejamos tocar por el mundo. Y quizá solo desde ahí, desde el cuerpo como primer paisaje, sea posible volver a escuchar las conversaciones que sostienen la vida.

Todas las palabras tienen raíces”. Niñapájaroglaciar es, en gran medida, un libro sobre los vínculos: las que se construyen con palabras, pero también las que nacen del cuerpo, del territorio y de aquello que no siempre sabemos nombrar. Las que sostenemos con otros humanos, pero también, y especialmente, las que mantenemos con animales, montañas, glaciares, pájaros, plantas, territorios y silencios.

La escritura de Matija es poética y precisa, íntima y política a la vez. Avanza mediante preguntas más que de respuestas. Se interroga sobre lo que ocurre cuando esos vínculos se rompen, cuando la velocidad y la lógica extractiva del mundo moderno impiden escuchar. Qué se extingue cuando dejamos de percibir esas voces, y qué se empobrece dentro de nosotras cuando solo reconocemos como válidas las palabras humanas.

La lectura se experimenta también desde el cuerpo: convoca frío, peso, movimiento, quietud, y convierte el acto de leer en una experiencia casi táctil, donde el lector entra en resonancia con el paisaje y con la voz que narra. La naturaleza no aparece como decorado, sino como presencia activa y formativa. El territorio, los animales y lo salvaje dialogan con la experiencia de crecer, con la vulnerabilidad y con la necesidad de encontrar un lugar propio. Hay una tensión constante entre fragilidad y resistencia, entre lo que se quiebra y lo que aprende a volar.

Mi corazón se convirtió fugazmente en pájaro y se reconoció en otro pájaro y no quiero que esa sensación se me olvide”. Aquí se condensa uno de los núcleos más profundos de la lectura: la posibilidad de un reconocimiento que no pasa por la razón, sino por una experiencia física y emocional inmediata. El corazón que “se convierte en pájaro” no es una metáfora ornamental, sino la expresión de un instante de disolución del yo, donde el cuerpo se abre a otra forma de vida y la reconoce como propia. El deseo de no olvidar esa sensación habla de la fragilidad de esos momentos y, a la vez, de su potencia transformadora: breves, intensos, y capaces de alterar para siempre la manera de estar en el mundo.

Matija no idealiza la naturaleza ni romantiza el dolor. Su mirada es consciente de la pérdida, de la extinción, del ruido constante que tapa otras vibraciones. Pero incluso desde ahí, el libro sostiene una invitación clara: volver a aprender a relacionarnos, a hablar otros lenguajes, a aceptar que no todo necesita ser traducido a palabras.

No es de extrañar, por tanto, la sensibilidad y el profundo respeto de la autora hacia la vida. Su trayectoria personal y formativa, como diseñadora visual y estudiosa de las humanidades ecológicas, la sustentabilidad y la transición ecosocial, se traduce en una escritura donde lo creativo y lo ético dialogan de manera orgánica. Desde la infancia, su atención al cuidado de la Tierra ha ido tomando forma en una obra que no observa la naturaleza desde fuera, sino que se implica en ella desde la escucha y la responsabilidad.

A diferencia de muchos textos sobre crisis ecológica que se basan en cifras y datos, Matija pone el foco en la experiencia humana de habitar un mundo en transformación, en cómo recordamos paisajes que ya no existen y en cómo eso afecta nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestra manera de pensar y sentir.

Anna García