Mal de río Luisa Reyes Retana
Editorial Random House 208 pags.
México despunta como uno de los países latinoamericanos que más LiterNatura están escribiendo los últimos años, y donde algunas de las protestas contra agresiones medioambientales han cobrado mayor difusión. La sinopsis de Mal de río insinuaba que Luisa Reyes Retana, su autora, aspiraba a exprimir esas inercias con una novela que sonaba a algo más bien trillado: la abogada Marcia Corona, que defiende a una empresa constructora con el objetivo de instalar represas en el río Usumacinta, es traicionada por quienes la contrataron. La rabia y el desconcierto la llevan a la selva que atraviesa el río, conoce a los que iban a ser sus víctimas y entonces…
A partir del desengaño, cabía intuir una historia de venganza, y, aunque lo es, Reyes Retana ha logrado una novela memorable gracias a Marcia, que no se venga como las demás. De todos modos, a la autora le cuesta un poco perfilar la solitaria majestuosidad de la abogada: empieza titubeando, con aspiraciones de novela coral -de hecho, así se presenta el libro en la sinopsis-, deslizando a algún personaje que básicamente servirá para perfilar mejor a Marcia, para verla durante unas páginas desde otro ángulo, y es que la abogada no tarda en copar la escena alzándose como protagonista total.
El encanto de esta mujer es su ultracapitalismo (casi) irreversible. Marcia es un producto de un mercado vorazmente competitivo, mercenaria de empresarios que facturan millones construyendo donde no deberían, pese a quien pese. Es capaz de cambiar leyes, o darles la vuelta para favorecer al que paga, y gasta fama de profesional imbatible. Sin embargo no va a poder controlar una reacción del mismo sistema que adora y la penaliza porque es… mujer. “Los hombres nos validan”, le había dicho su madre a Marcia. Con esa convicción creció, y va a pagar las consecuencias.
Incluso expulsada del núcleo de poder, Marcia es lo bastante hábil, ambiciosa y rencorosa como para articular un plan que derrote a quienes la han tumbado. Para eso deberá defender a las personas que poco antes estaba intentando arruinar, de manera que se ve obligada a invertir por completo el plan que ella misma había trazado para embalsar el río.
Lo más delicioso de la historia es que la abogada no deja de comportarse como una ejecutiva feroz. Los campesinos le dan igual, su mente siempre fija en los capos que la despidieron. Si demuestra su valía, si los vence, seguro que la readmiten en el bufete.
Así, el río, los árboles, los seres que escucha o percibe sin ver, resultan mero decorado (desdeñable) en su narcisista lucha por regresar a lo que ella interpreta como el orden lógico de las cosas. El sabio Príamo ya le puede decir “¿De qué le sirve internet si no se tiene la vida?” y frases por el estilo, que todo eso le resbala. Aunque muestre una cierta ambigüedad y respeto hacia los afectados por la represa, Marcia discrepa abiertamente con ellos. ¿Es que no quieren energía eléctrica? ¿Prefieren retroceder al tiempo de las cavernas?
Resulta emocionante por lo novedoso observar a una mujer que defiende a personas a las que no desea defender, hablando de la naturaleza desde lejos, aunque se haya instalado en ella, junto a gente que casi desprecia, individuos que comen monos caídos al río, rodeada de flores hermafroditas, ¡arañas!
Su voluntad de control en un lugar no solo incontrolable sino además desconocido, le acarreará problemas que no imaginó, y un cambio en su escala de jerarquías. “Desde dentro, la fuerza del espacio se comprende”; “Mi pensamiento no termina de ser mío (..) la selva me obligaba a ver con la mente ajena”. Pero Marcia es Marcia.
A base de estilo directo y localismos, Reyes Retana comunica ideas y plantea problemas de absoluta actualidad con una verosimilitud apuntalada por ese personaje tan verdadero, tan arraigado a sus convicciones que resulta ajeno a cualquier arrebato buenista. La naturaleza no la fascina ni cuando está en sus horas más bajas. Hacia los campesinos no siente empatía ni piedad. Es una hija literalmente de este mundo, puro siglo XXI, un tiburón en un río. Aún menos que una antiheroína.
La novela aborda asuntos legales y trucos de bufete que denotan un conocimiento profundo del Derecho y sus intríngulis corporativos. Conocí a Reyes Retana en México sin saber nada de ella, solo su forma de escribir, y ahí descubrí que es abogada. Que, cuando escribió Mal de río, su relación con el río y la selva no distaba tanto de la de Marcia. Ese ha sido un gran triunfo: atenerse a lo que conoce bien para ofrecer una mirada de la selva tan urbana como fascinante, porque radiografía la esencia del pensamiento extractivista, la dificultad para modificarlo, la profunda ignorancia que en la ciudad se tiene del universo verde y, por contraste, el poder de lo salvaje.
La historia se sitúa en 2030, fecha límite de tantas cosas, según dicen, aunque el hoy está lleno de Marcias, su drama podría haber sucedido ayer. La novela invita a preguntarse mucho, aún más sobre si conviene dar derechos a lo no humano, como los conseguidos por el colombiano río Atrato; o sobre el impacto del Tren Maya, origen de un rosario de manifestaciones contra los destrozos medioambientales que está causando su construcción, conflicto que se insinúa en el libro al aludir a un tal Tren Chol.
Pese al inicio inseguro y el error en el etiquetaje (no es una novela coral), Reyes Retana ha logrado casi cuadrar el círculo al firmar una novela que combina intrigas de despacho con aventura en la selva y un personaje tan distinto que se recordará. Consigue una historia con gancho, de esas que pueden vender bien y despertar el interés popular por la necesidad de salvar ríos o a una flor hermafrodita.
Gabi Martínez