LOS RESCOLDOS DE LA CULEBRA Fuego y muerte en los incendios de Zamora Juan Navarro García

Libros del K.O.; 205 pág.

¿Por qué no hablamos de la Culebra?

“Es una tragedia ambiental mayor que la del Prestige y nadie le presta atención”, dijo el responsable de la Coordinadora Rural de Zamora ante la devastación del fuego que, a partir del 17 de julio de 2022, arrasó la sierra de la Culebra causando una insólita destrucción. Dejó cuatro muertos y se convirtió en el incendio más grande de la historia de España. Sus consecuencias se prolongarán más tiempo que en el litoral gallego, porque “la recuperación de los bosques es mucho más lenta que la del mar”. Pero si la catástrofe del Prestige desencadenó un conflicto político a escala nacional, “en Zamora, nada. Ni hubo un gran pacto social ni se monopolizó el debate público; tampoco las ayudas han fluido”, afirma Juan Navarro García en Los rescoldos de la Culebra (Libros del K.O), meticulosa investigación periodística que describe la secuencia del incendio, sobre todo en los lugares donde hubo víctimas mortales, se asoma al post desastre y denuncia implacablemente a las instituciones e incluso personas que no solo han mantenido en pésimas condiciones al bosque y a sus vigilantes durante décadas, sino que, tras la tragedia, siguen incumpliendo promesas. 

Este libro no hace amigos, pero despierta emociones profundas. Es un chute de reconcentrada realidad sobre el cuidado medioambiental en España, o al menos en una parte, que incita a preguntarse qué tipo de sociedades estamos creando, tan desorganizadas que no son capaces de velar por su tierra; tan sumisas y descreídas que continúan votando a quienes les han traído la ruina.

Navarro cubrió el incendio in situ como reportero, y luego quiso continuar, la potencia de aquel drama necesitaba una narración a la altura. El final de la historia no llegó al extinguir la última brasa, y por más que los focos pronto se olvidaran de la Culebra, él no quiso abandonar a unos protagonistas que justo entonces emprendían el camino más duro, y bastante desamparados. 

Tras los mapas introductorios del libro, que sitúan en la geografía quemada y orientan sobre cómo se expandió el fuego, sobre cómo se combatió y se fracasó, Navarro nos adentra en aquel infierno con una plasticidad inusual. “Corzos y lobos chamuscados propagan las chispas que tuestan su pelaje mientras huyen”, narra en presente, dispuesto a aprehender el desasosiego de cada instante, a hacernos sufrir “en directo”. Vuelca un rosario de imágenes que permiten estar en el fuego, casi sentir las lenguas ardientes, ver las cúpulas negras, abrumarse bajo las llamas “sobrevolando sus cabezas como surfistas bajo una ola de fuego. Claustrofobia en pleno campo”. 

A base de frases claras y cortas, de acciones clave y diálogos castizos, Navarro forja una prosa que galopa como el fuego que describe, con viento a favor. Esta primera parte, la del fuego en sí, trepidante y estremecedoramente luminosa, recuerda por momentos al colosal El tiempo del fuego de John Vaillant: las humaredas, los olores, los animales en estampida, el temor a que se quemen neumáticos y motores y todo empiece  estallar, e incluso detalles singulares pero estupendos para explicar ciertas prioridades actuales, como ese instante en el que, mientras todo arde y dejan a las vacas atrás, “se obcecan en salvar el todoterreno”, cometiendo un error decisivo. 

El cocinero José Andrés repartiendo víveres entre los equipos de salvamento subalimentados; un fotógrafo profesional huyendo del fuego en bañador; bomberos llorando; o la familia Martínez de Irujo intentando sofocar llamas con botellas mientras el fuego se propaga por sus dominios, “amplias extensiones en el oeste zamorano, muchas de ellas escasamente atendidas por sus dueños” son algunas instantáneas de esta perla del periodismo guerrero. 

Tras la tensión y los muertos, llegan los datos. Impresionantes -en dos incendios de aquel verano ardió el 6 por ciento de la provincia de Zamora-, aunque en los capítulos posteriores las cifras adquirirán rango de increíbles, porque, ¿cómo es posible que un primer incendio en Castilla León, el de Castrocontrigo, quemara 11.274 hectáreas en 2012; el de Navalacruz, Ávila, abrasara 22.000 en 2021; y un año después ardieran 60.000 hectáreas en Zamora? ¿Cómo puede ser que, en lugar de aprender de las calamidades previas, los siniestros fueran en aumento hasta aquella hecatombe sin precedentes? 

El voluntario abandono del campo por parte de La Administración está teniendo unas repercusiones demoledoras en el paisaje y el ánimo castellanoleonés, y Navarro revisa desde el comportamiento de los políticos al de las aseguradoras, resumiendo la coyuntura como una debacle programada que ha hundido al campo en un desánimo que “se palpa hasta en la postura corporal” y parece tener por objetivo liquidar al pequeño pastor y al minifundio, dejando el monte sin nadie que lo cuide. 

Navarro da voz a los que vivieron el incendio en las zonas de peligro, también busca a quienes lo han pensado a fondo técnicamente y a quienes debieron gestionarlo. Lo sorprendente, para las voces más críticas, es “el grado de sometimiento de una población que no ejerce siquiera el derecho al pataleo”. Pese a que buena parte de compensaciones económicas no llegan y el bosque continúa enormemente descuidado, “los casi dos años transcurridos apenas han movido el tablero. Parece que a la gente le basta con conservar algunos terrenos para recoger unos cuantos boletus y llevarse las cuernas de los ciervos para venderlas y sacarse unos euros”. 

Navarro señala que, al principio, los políticos culparon “al ecologismo radical” de los incendios. El lugar común de culpar a “los verdes” no ha funcionado esta vez, al irse destapando -no hacía falta esforzarse mucho- la ristra de disfunciones y negligencias cometidas por unos gobernantes que en 2023 sí han aprobado un Estatuto del Bombero… después de comprobar que el cuarenta por ciento de la superficie quemada en Europa en 2022 era española. 

El cuarenta por ciento de la Europa abrasada.

¿Ecologistas radicales o políticos irresponsables? Navarro sugiere reflexionar sobre la verdad de algunas acusaciones que tantos políticos realizan por sistema, para colgar culpas a sospechosos habituales y ellos salir indemnes. ¿Y las personas que los siguen votando no tienen culpa? Navarro insiste en ese aspecto, si bien va deslizando episodios conmovedores que rescatan la confianza en el ser humano (español, para ser exactos), y la esperanza en que quizás algún cambio sea posible. Será pequeño y lento, pero posible. La reunión de dos psicólogas con los bomberos afectados por la muerte de un compañero, y el efecto que provoca en todos un rollo de papel higiénico, conmueve y no se olvida. Y es que Navarro posee talento para agitar, remover, a la vez que filtra datos, números, y crítica social a nivel global, hurgando hasta en lo que se enseña en las escuelas, y en lo que se podría enseñar: “Mis alumnos no tienen ni idea de la organización de los Gobiernos y de quién tiene qué funciones. Lo que oyen en casa lo repiten y además con las redes sociales reciben un discurso visceral por parte de Vox, fácil de comprar, contra los inmigrantes, contra los catalanes o contra Marruecos”. 

El libro no hace amigos, no, incluso se gana enemigos, porque menciona a partidos políticos y señala a personas concretas. Parece que Navarro está convencido de que, para al menos aspirar a que se haga justicia, debemos nombrar, proclamar quiénes han favorecido que a muchas casas y a no pocas vidas se las lleve una dana, la erupción de un volcán o las llamas.

Navarro ha escrito una obra de extraña valentía que obliga a pensar en cómo queremos tratar nuestros bosques, nuestra tierra, nuestros mares, y a quiénes estamos poniendo al frente de los organismos que deciden cómo vamos a vivir los próximos decisivos años. 


Gabi Martínez