Las fronteras Carolina Sarmiento

Siruela Editorial, 136 pags.

Hay libros que imaginan el futuro desde la acumulación de ruinas y otros que lo hacen desde el vacío. Las fronteras, de Carolina Sarmiento, pertenece a esta segunda categoría. Lo inquietante de la novela no es tanto el colapso como lo que queda después: pueblos semivacíos, caminos vigilados, animales regresando lentamente a espacios abandonados y una sensación constante de retirada humana. La premisa no debería resultarnos ajena —la humanidad decide desalojar parte del planeta para permitir la regeneración de la naturaleza—, pero Sarmiento evita convertirla en una simple distopía ecológica. Lo que realmente le interesa es habitar la frontera física y moral que deja esa decisión.

La novela sigue durante apenas veinticuatro horas a un guarda fronterizo encargado de patrullar el límite entre los territorios habitados y las zonas devueltas a lo salvaje. Y esa elección temporal resulta importante: todo parece suspendido, como si el mundo entero estuviera atrapado en una larga espera. Hay algo profundamente crepuscular en el libro, una sensación de western agotado donde los personajes ya no defienden un orden, sino apenas sus restos. Pero Las fronteras destaca enormemente cuando abandona cualquier épica y se instala en la intemperie cotidiana: el cansancio de caminar, la vigilancia constante, la lluvia, el barro, los silencios compartidos o la manera en que el paisaje termina moldeando la conciencia de quienes lo habitan.

Muchas novelas climáticas contemporáneas siguen imaginando la naturaleza como un escenario devastado o como una fuerza espectacular. Aquí ocurre algo distinto: la naturaleza recupera terreno lentamente. No hay una visión romántica del “mundo salvaje”, sino una pregunta persistente sobre qué significa realmente devolver un territorio a la vida. ¿Quién decide qué lugares merecen ser preservados? ¿Qué ocurre con las personas expulsadas de esos paisajes? ¿Puede existir conservación sin violencia? La novela nunca responde del todo, y quizá ahí reside una de sus mayores virtudes.

Carolina Sarmiento trabaja además algo poco habitual en la ficción ecológica: el peso emocional de los límites. La frontera no aparece solo como una línea política, sino como una fractura ética y afectiva. Todo el libro parece atravesado por separaciones: entre humanos y animales, entre protección y control, entre comunidad y aislamiento. Incluso el propio protagonista vive atrapado en esa ambigüedad, cumpliendo una función que apenas comprende del todo. De ahí, la importancia en la novela sobre la fragilidad de la línea entre utopía y distopía, y esa tensión atraviesa toda la novela sin convertirse nunca en un discurso explícito.

Quizá por eso Las fronteras termina dialogando más con ciertas narrativas del territorio y del desarraigo que con la ciencia ficción convencional. Hay ecos del western fronterizo, sí, pero también de esas novelas donde el paisaje deja de ser decorado para convertirse en una presencia activa, altamente necesaria. A ratos recuerda a esas narrativas de frontera en su forma de trabajar la intemperie y la violencia latente; otras veces se acerca más a una sensibilidad contemporánea ligada a la escritura de naturaleza y a las ficciones del colapso lento. Pero el libro encuentra una voz propia en cómo convierte el silencio en materia narrativa. Todo parece escucharse desde lejos: los animales, el viento, los pasos, las conversaciones mínimas. Como si el lenguaje humano estuviera empezando también a desaparecer.

La prosa acompaña de manera extraordinaria esa sensación. Hay frases secas, contenidas, casi minerales, y otras donde emerge una mirada muy precisa hacia el territorio. Sarmiento escribe bosques, caminos y cuerpos cansados con una atención sensorial que evita tanto el lirismo excesivo como la frialdad distópica. Y aunque en algunos momentos la reflexión pesa más que la acción, la novela consigue sostener una atmósfera extraña, hipnótica, donde importa más la experiencia de atravesar el paisaje que la resolución de la trama.

En el fondo, Las fronteras no habla solo del futuro. Habla también de algo muy presente: nuestra relación contradictoria con la naturaleza y con los territorios que habitamos. De cómo el deseo de salvar un paisaje puede convertirse también en una forma de expulsión. Y de la dificultad de imaginar un mundo distinto sin repetir las mismas estructuras de poder. Quizá por eso, cuando termina la novela, lo que permanece no es la idea del desastre, sino una sensación mucho más incómoda: la de estar observando un mundo donde lo humano empieza lentamente a convertirse en ruina.

Luci Romero