Las ciénagas
Tina Makereti
Hoja de lata
España, 2025 320 pags.
Cuando el miedo organiza la convivencia
En Las ciénagas, Tina Makereti sitúa la acción en una urbanización costera levantada junto a un pantano, en un futuro cercano marcado por el colapso climático global. No es una elección casual: el pantano es ese espacio que escucha, registra y recuerda. Mientras la comunidad intenta mantener una apariencia de normalidad, el territorio va acumulando restos —materiales y simbólicos— de una convivencia que empieza a deteriorarse.
La novela se articula alrededor de varias mujeres cuyas vidas se cruzan en ese espacio cada vez más tenso. Keri, madre soltera, lucha por sostener a sus hijos, Walty y Wairere, esta última una niña sensible cuya relación con el pantano apunta a una conexión ancestral. En la casa contigua vive Janet, una mujer blanca mayor, aferrada a una idea de pertenencia que se transforma progresivamente en resentimiento. La llegada de Sera, junto a su familia —refugiados climáticos procedentes del Mediterráneo— altera un equilibrio ya frágil y activa una cadena de desconfianzas.
El conflicto se intensifica con el regreso de Conor, el hijo de Janet, cuya radicalización convierte el malestar latente en amenaza concreta. A partir de ese momento, la novela muestra cómo el miedo se organiza: aparecen discursos de odio, exclusión, se normaliza la vigilancia y la violencia deja de ser una posibilidad abstracta. Makereti no presenta el estallido como un accidente, sino como el resultado lógico de una acumulación de gestos, silencios y decisiones cotidianas que lentamente van calando en esa comunidad.
Uno de los grandes aciertos del libro es su estructura coral, que permite observar el deterioro de la convivencia desde distintos ángulos sin imponer una voz moral dominante. La violencia no pertenece a un solo personaje: se reparte, se justifica y al final, se contagia. Esta polifonía refuerza la lectura social de la novela, aunque en algunos tramos diluye la tensión dramática y deja a ciertos personajes funcionando más como portadores de conflicto que como figuras plenamente desarrolladas.
El pantano es el verdadero eje del relato. No actúa como símbolo ornamental, sino como archivo vivo del territorio: guarda cuerpos, rumores, memorias que la comunidad preferiría enterrar. La relación de Wairere con ese espacio introduce una dimensión espiritual y ancestral que remite a concepciones indígenas del paisaje como pariente y memoria. Esa línea, sugerente y cargada de sentido, queda sin embargo más insinuada que desarrollada, como una promesa narrativa que podría haber tenido mayor peso en el conjunto.
La prosa de Makereti es contenida y muy física. El barro, la humedad, el agua estancada y los sonidos del entorno construyen una atmósfera densa que acompaña el cierre progresivo del espacio comunitario. La traducción al castellano publicada por Hoja de Lata Editorial respeta ese tono sobrio, dejando que la incomodidad se instale poco a poco.
Las ciénagas se eleva cuando deja que el territorio y las relaciones hablen por sí mismas, y pierde algo de fuerza cuando la acumulación de temas —crisis climática, racismo, migración, radicalización— pesa más que la exploración emocional de los personajes. Aun así, la novela sostiene con brillantez y enorme coherencia su apuesta principal: mostrar cómo el colapso no llega de golpe, sino que se construye en la vida diaria. Y por esa misma razón, no ofrece consuelo ni soluciones. Su enorme interés reside en observar qué ocurre cuando una comunidad deja de escucharse y el miedo empieza a organizar la convivencia, el pantano no juzga: simplemente devuelve lo que ha aprendido de quienes lo habitan.
Una novela incómoda, necesaria y pertinente, que entiende el paisaje no como refugio, sino como testigo.
Luci Romero