El hechizo del frío. Una historia de la humanidad y el hielo Max Leonard

Siruela, 2026. Traducción de Julio Hermoso

Max Leonard cuenta que la idea de El hechizo del frío surgió una tarde, en un pub de Newcastle. En la televisión, un periodista informaba sobre el deshielo de Groenlandia; en su vaso, unos cubitos enfriaban la bebida. Era la misma materia y, sin embargo, parecía pertenecer a dos mundos distintos: allí, el hielo convertido en emblema de la crisis climática; aquí, reducido a un objeto cotidiano al que apenas prestamos atención. Esa distancia entre lo extraordinario y lo doméstico, entre la naturaleza que desaparece y la que creemos haber domesticado, constituye el punto de partida de este ensayo.

Publicado originalmente en 2023 como A Cold Spell, no es exactamente un libro sobre glaciares, ni una historia de las exploraciones polares, ni siquiera, en sentido estricto, un ensayo sobre la crisis climática. Leonard ha escrito la historia de una relación: la que mantenemos con una de las materias más extrañas, contradictorias y poderosas de la Tierra.

El recorrido comienza en el Pleistoceno, cuando nuestros antepasados se encontraron con los grandes territorios helados que condicionaron sus migraciones, transformaron los paisajes y dejaron huellas en su manera de habitar el mundo. Leonard se detiene en las pinturas rupestres, en los cuerpos preservados durante milenios y en esa extraordinaria capacidad del hielo para conservar el pasado. Después vendrán la Pequeña Edad de Hielo, las ferias sobre los ríos congelados, los primeros estudios científicos, el comercio, la conservación de los alimentos, el turismo alpino, la medicina o la guerra. El hielo aparece en todas partes, incluso allí donde nunca habríamos imaginado encontrarlo.

Científicos, comerciantes, aventureros, médicos, viajeros y escritores atraviesan sus páginas. Su capacidad para desplazarse de la paleontología a la gastronomía, de la literatura a la medicina o de una pista de patinaje a un conflicto bélico constituye uno de los principales atractivos del libro. Leonard encuentra en un elemento aparentemente sencillo una red casi inagotable de conexiones y consigue que aquello que creíamos conocer vuelva a resultar extraño. Pero bajo esa acumulación de historias existe una idea más profunda: la historia del hielo es también la historia de nuestra progresiva domesticación de la naturaleza.

No resulta casual que la introducción se titule «Sobre el aprendizaje de la mirada». En 1741, el inglés William Windham viajó hasta Chamonix y contempló el glaciar que terminaríamos conociendo como Mer de Glace. Le faltaban incluso las palabras para describir lo que tenía delante. Los glaciares estaban ahí desde mucho antes que nosotros, pero fue necesario aprender a mirarlos para incorporarlos a nuestra cultura.

Después llegaron las palabras, las metáforas y los instrumentos. Los naturalistas, los geólogos y los glaciólogos comenzaron a estudiar aquello que antes parecía inexplicable. El paisaje de las montañas, asociado durante siglos a fuerzas sobrenaturales, se convirtió progresivamente en laboratorio científico y destino turístico. La historia de nuestra relación con el hielo podría resumirse en unos pocos verbos: temerlo, contemplarlo, comprenderlo, explotarlo, fabricarlo y destruirlo.

Durante siglos dependimos de las estaciones para obtener hielo. Después aprendimos a almacenarlo, transportarlo y comerciar con él. Finalmente inventamos máquinas capaces de producir frío en cualquier lugar y en cualquier época del año. La refrigeración artificial transformó nuestra alimentación, nuestras ciudades y nuestra vida cotidiana. El hielo dejó de ser un acontecimiento ligado al clima para convertirse en un producto industrial, disponible y aparentemente inagotable. Hemos conseguido, en definitiva, tener frío sin invierno.

Esta transformación encierra una de las paradojas más inquietantes del libro. Mientras perfeccionábamos nuestra capacidad para fabricar hielo, el hielo natural comenzaba a retroceder. Hemos logrado independizarnos de las estaciones, pero no de las consecuencias de haber alterado sus equilibrios. Leonard acierta al no convertir esta contradicción en una advertencia explícita a cada paso. La crisis climática permanece durante buena parte del ensayo como una presencia de fondo, una amenaza que acompaña las historias sin imponerse sobre ellas. Su procedimiento consiste en mostrarnos primero la extraordinaria importancia que el hielo ha tenido en nuestras vidas para que podamos comprender después la magnitud de su pérdida.

Y esa fascinación no pertenece únicamente al ámbito de la ciencia. El hielo también ha modelado nuestra imaginación. Ha poblado mitologías, relatos, poemas y pinturas; ha servido para representar la pureza y la muerte, el aislamiento y el peligro, la permanencia y la fragilidad. En él conviven significados opuestos: conserva y destruye, protege y amenaza, inmoviliza y transforma. Su aparente quietud es engañosa. Los glaciares avanzan, retroceden, erosionan montañas y guardan en su interior fragmentos de otros tiempos. Son archivos naturales, pero también paisajes en movimiento.

El hechizo del frío es un libro expansivo, lleno de desvíos y hallazgos. Esa exuberancia constituye uno de sus mayores placeres y, al mismo tiempo, uno de sus límites. Leonard ha investigado muchísimo y parece querer contarlo casi todo. En ocasiones, la sucesión de personajes, fechas, inventos y anécdotas amenaza con imponerse sobre la reflexión. Algunas historias merecerían mayor profundidad antes de que aparezca la siguiente.

Existe además otra limitación que el propio autor reconoce. Esta es fundamentalmente una historia humana y, en buena medida, occidental del hielo. Su mirada se dirige principalmente a las sociedades de climas templados y a las transformaciones culturales, científicas y económicas que el hielo ha provocado en ellas. Quedan más alejadas las experiencias de los pueblos que habitan las regiones circumpolares. Desde una perspectiva ecológica, también se echa de menos una mayor atención a lo no humano: a las especies, los ecosistemas y los procesos naturales que dependen de la criosfera, más allá de nuestra utilidad o nuestra imaginación.

Sin embargo, quizá ese antropocentrismo forme parte de su propia propuesta: utilizar el hielo como un espejo en el que contemplar nuestra civilización y sus contradicciones. Durante milenios intentamos vencer al frío, conservarlo durante el verano, transportarlo a través de los océanos y producirlo a voluntad. Pero el dominio técnico no nos ha hecho menos vulnerables; simplemente ha modificado nuestra percepción de esa vulnerabilidad.

Leonard resume esta contradicción en una frase especialmente reveladora: «Prolifera el frío mientras el hielo es un recurso menguante». Hay cámaras frigoríficas, pistas de hielo y aire acondicionado disponibles en cualquier estación mientras retroceden los glaciares y se altera el equilibrio de las regiones polares. Hemos aprendido a reproducir sus efectos más útiles, pero no a sustituir aquello que el hielo significa para la Tierra.

Quizá por eso El hechizo del frío sea, en último término, un libro sobre nuestra manera de mirar y contemplar puesto que Leonard no pretende únicamente reconstruir una historia olvidada, sino recordarnos que la familiaridad puede convertirse en una forma de ceguera. Hemos reducido el hielo a su utilidad, a su valor comercial o a su condición de indicador climático, y en ese proceso hemos perdido parte del asombro que durante siglos despertó su presencia.

En el siglo XVIII hubo que aprender a mirar los glaciares. Hoy, cuando conocemos su funcionamiento y somos capaces de medir con precisión su retroceso, el desafío parece distinto. Ya no se trata solo de comprender qué son, sino de reconocer todo aquello que desaparece con ellos. El hielo ha sido testigo de nuestra historia, ha conservado sus vestigios y ha contribuido a darle forma. Y acaso esa sea la paradoja más perturbadora que deja la lectura de Leonard: hemos aprendido a conservar casi cualquier cosa mediante el frío, pero no hemos sabido conservar el hielo que hizo posible ese conocimiento.

Luci Romero