El guillomo. Reciprocidad y abundancia en el mundo vegetal. Robin Wall Kimmerer

Capitán Swing Libros, 88 pags.

Algunos libros nacen de una gran idea. El guillomo nace de un árbol. O, más exactamente, de la atención que Robin Wall Kimmerer presta a un pequeño árbol norteamericano, el guillomo (Amelanchier), cuyos frutos alimentan cada verano a aves, insectos, mamíferos y personas. Frutos que, en uno de los pasajes del libro, llevan a Kimmerer a escribir: «Podríamos llamarlos recursos naturales o servicios ecosistémicos, pero los petirrojos y yo los conocemos como regalos. Ambos cantamos gratitud con la boca llena».

A partir de esa observación aparentemente sencilla, la autora despliega una reflexión que trasciende la parte botánica y alcanza cuestiones tan amplias como la economía, la comunidad o nuestra forma de relacionarnos con el mundo vivo.

Botánica, profesora y miembro de la Nación Potawatomi, Kimmerer observa que el guillomo produce una abundancia de frutos muy superior a la necesaria para garantizar su reproducción. Lo que desde una lógica exclusivamente productiva podría interpretarse como un exceso adquiere, dentro del ecosistema, un sentido completamente distinto. Esos frutos alimentan a numerosas especies, las semillas son dispersadas por aves y mamíferos y el árbol pasa a formar parte de una red de intercambios donde la abundancia no supone un desperdicio, sino la condición que permite la continuidad de la vida.

Desde esa imagen, el ensayo contrapone dos maneras de entender la economía. Una descansa sobre la escasez, la competencia y la acumulación; la otra se construye a partir de la reciprocidad, el intercambio y el cuidado de los vínculos. Kimmerer no presenta esta segunda perspectiva como una utopía ni como un modelo alternativo al sistema económico actual. Su propuesta consiste en recordar que esa lógica ya existe en muchos procesos ecológicos y ocupa un lugar central en las tradiciones indígenas. La riqueza, desde esta mirada, no depende únicamente de lo que se posee, sino de la capacidad de participar en relaciones que sostienen la vida.

Quienes hayan leído Una trenza de hierba sagrada reconocerán muchas de las preocupaciones que atraviesan la obra de la autora: el diálogo entre el conocimiento científico y los saberes indígenas, la gratitud como forma de habitar el mundo, la atención a las plantas como maestras o la crítica a una cultura que convierte la naturaleza en mercancía. Más que abrir un territorio completamente nuevo, El guillomo concentra esas intuiciones en torno a una única imagen y desarrolla con claridad una de las ideas que mejor definen el pensamiento de Kimmerer: la reciprocidad como principio ecológico y también ético.

La principal virtud del libro reside precisamente en esa capacidad para construir una reflexión de gran alcance a partir de un ejemplo mínimo. No estamos ante un tratado de economía, ni la autora pretende ofrecer respuestas definitivas a las contradicciones del capitalismo contemporáneo. Lo que nos propone es un cambio de perspectiva: frente a una cultura acostumbrada a interpretar el mundo desde la escasez, invita a observar cómo funcionan muchos sistemas naturales, donde la abundancia solo adquiere sentido cuando circula entre especies y generaciones.

Su escritura mantiene el tono sereno y cercano que la caracteriza mientras va entrelazando divulgación científica, experiencia personal y reflexión filosófica con suma naturalidad, sin caer en el dogmatismo ni en el panfleto. Incluso cuando aborda cuestiones políticas, lo hace desde la observación paciente y la capacidad de asombro, confiando más en la fuerza de los ejemplos que en la contundencia de las consignas. Esa forma de escribir convierte el ensayo en una invitación a mirar con mayor atención aquello que sucede en nuestro entorno inmediato y a reconocer que la reciprocidad no es únicamente un ideal moral, sino una dinámica presente en los sistemas vivos.

Puede discutirse hasta qué punto esa economía del don resulta trasladable a sociedades complejas. El libro apenas se detiene en las dificultades prácticas o en las tensiones que surgirían al trasladar ese modelo a gran escala, de modo que quienes busquen un análisis económico detallado probablemente echarán en falta un mayor desarrollo. Sin embargo, esa parece ser una elección deliberada. Más que diseñar un modelo económico alternativo, Kimmerer muestra que la lógica del don no pertenece únicamente a la naturaleza o a las culturas indígenas: sigue presente en fenómenos contemporáneos como Wikipedia, el software libre, los intercambios vecinales o las bibliotecas.

En muchos textos ambientales, centrar el relato en la pérdida o el colapso parece algo necesario y coherente. Ahí reside, quizá, uno de los mayores aciertos del ensayo: desplazar la mirada hacia aquello que hace posible la vida. En lugar de preguntarse únicamente qué estamos destruyendo, dirige la mirada hacia los procesos de cooperación que la sostienen y se pregunta qué podríamos aprender de ellos. Basta con observar con atención un pequeño árbol para poner en cuestión algunas de las certezas económicas y culturales con las que organizamos nuestra existencia. El guillomo acaba convirtiéndose así en mucho más que una especie botánica. Se convierte en una invitación a pensar que la naturaleza no solo nos proporciona recursos, sino también modelos de convivencia.

Luci Romero