Biometría de un encuentro
Carlos Lozano

El Guardabosques
508 pgs. España, 2025

Después de un año y medio viajando para tener encuentros con pajareros, ese colectivo que disfruta de la búsqueda y contemplación de los pájaros en su ambiente natural, Carlos Lozano terminó sintiéndose  vacío. Como en una suerte de depresión postvacacional. Algunas de sus reflexiones finales giraban acerca de esa pregunta de tan difícil respuesta que formuló a los pajareros con los que había compartido tantos días: ¿Por qué crees que miras pájaros?

“Las aves me sostienen la vida”; “Los pájaros me salvaron la vida”; “Ver pájaros es lo mejor que me ha pasado”; “Es lo único que sé hacer: ver pájaros y pintarlos”; “Yo no me quiero morir porque quiero seguir disfrutando del aroma a humedad, de los colores del otoño y del aire moviendo las hojas”.

Los motivos por los que uno acaba siendo pajarero son, al final, muchos. No hay un camino prediseñado. Cada uno llega a esa pasión por momentos concretos, experiencias formativas únicas, compañías que le descubren nuevos mundos... Y Carlos ha querido conocer a un elenco de personas diferentes, desde las muy jóvenes a los más mayores; desde los muy expertos o profesionales a los totalmente amateurs; hombres y mujeres; gente de distintos lugares de España; visitados la mayoría en sus lugares predilectos para la observación de aves, pero algunos también durante viajes compartidos en otros países.

Este libro intenta captar por qué algunos nos dedicamos a esto de los pájaros. Es una desviación en su camino como pajarero literal, aunque sin abandonar los pájaros, fruto del deseo por conocer qué nos lleva a estar tan absorbidos por semejante fiebre, que algunos consideran la mejor afición del mundo.

No es el primero que escribe sobre experiencias personales tras diseñar un viaje para conocer a gente que trabaja de manera apasionada con animales. Peter Matthiessen realizó en 1972 un viaje desde Sudán hasta Kenia y Tanzania, para visitar las reservas y cotos de caza, como Serengeti, Masai Mara, o el cráter del Ngorongoro, buscando conocer de primera mano el trabajo que desarrollaban nombres como George Schaller, Iain Douglas-Hamilton, Peter Enderlein o Desmond Vesey-Fitzgerald. Todo ello quedó plasmado en un libro sobre su viaje, como el de Carlos, ordenado también cronológicamente, El árbol en que nació el hombre.

Carlos se embarca, asimismo, en un peregrinaje para pasar algún tiempo con una selección de pajareros y pajareras, un total de 40 personas desgranadas -o biometrizadas- en 31 capítulos. En cada uno de ellos describe cómo fue el encuentro, desde el primer contacto, hasta la despedida. 

La relación con algunos de los seleccionados era anterior al libro, por lo que el autor pudo encaminarse a la experiencia con la tranquilidad de saber bastante de “sus” personajes. En otras ocasiones, quedaba con personas a las que no conocía, preguntándose inquieto cómo fluiría la conversación. Sin embargo, siempre hubo una atmósfera amigable, de entendimiento, de confesiones, y también de reflexiones. Los biometrizados colaboraron de manera muy cordial con el autor, quien además se ha mostrado muy honesto en los textos. Algo de agradecer en una lectura sobre perfiles de personas reales: cada capítulo es una disección de lo vivido, mostrando a la persona con la que Carlos entabla charla y sesión de pajareo. Obviamente, no pretende un retrato total de los personajes, algo inviable en un encuentro de un día o dos, pero esboza destellos iluminadores para definir a su entrevistado mientras está pajareando. Revela lo que le motiva, lo que le mueve a ello. En muchas ocasiones incluyendo experiencias del pasado que arrancarán sonrisas y puede que alguna carcajada.

Más interesante aún que esas descripciones someras, es el viaje interior de Carlos y su pareja Sara, siempre presente en los encuentros. Uno y otra aparecen con sus virtudes y defectos, sin evitar ciertos momentos dramáticos que vivieron durante ese año y medio, como la muerte del padre de Carlos mientras atravesaban Tasmania. El libro está dedicado a él: “A mi padre, que aunque se marchó en la página 171, viene a verme a la playa y hablamos sobre pájaros en mis noches más anaranjadas”.

Mi encuentro con el autor y Sara se dio en junio de 2024, en el delta del Ebro. No conocía en persona a Carlos, solo tenía una idea de él por sus textos en libros como Pajarero, una colección de experiencias en primera persona de viajes por el mundo para ver especies de pájaros muy concretas, a menudo sufriendo fracasos hirientes, que reafirmaban su condición de antihéroe. También lo conocía por su perfil de Facebook, donde cultiva una suerte de textos cortos en los que reflejar sus pequeñas victorias -cuando las hay- en el contexto pajarero, y las derrotas, a menudo acudiendo a reflexiones teñidas de sarcasmo, ironía, y algo de lamento, acerca de muchos temas de actualidad pero que generalmente convergen alrededor de la naturaleza o del mundo de la educación (Carlos es profesor a pesar de parecer un pesimista convencido acerca del futuro de la humanidad). 

Con tan poco bagaje previo, acudimos al encuentro de Carlos  Kordiyeh Hamidi (mi pareja) y yo, dudando sobre cómo conectaríamos. Fue bien. Hablamos de viajes; de pájaros locales del delta; del reciente libro sobre ese lugar, Delta, de Gabi Martínez; de pajareros y pajareras que ambos conocemos; y de aventuras y proyectos ornitológicos. 

La lectura me ha descubierto a personas con mucha humanidad que están haciendo grandes cosas por las aves. Personas que me convencen de que no todo está perdido, que la transformación a la que estamos sometiendo al medio ambiente todavía no es irreversible.

Biometría de un encuentro puede ser disfrutado mucho por cualquier lector, no solo por aquel que tenga binoculares o cámara y le gusta salir al campo a intentar descubrir qué hay ese día, qué pájaros va a observar, y en qué grado de excelencia.

Carlos permite que el que nunca ha ido a observar pájaros sienta curiosidad sobre por qué hay gente que se pega esos madrugones de aquí te espero, como tan bien describe Jacinto Antón en el capítulo El pájaro esquivo de su libro Héroes, aventureros y cobardes.

Carlos aumenta siempre que puede el misterio sobre qué significa ser pajarero, ahí están algunas de las presentaciones que hizo a finales de 2024, una de ellas se puede ver en YouTube .

Ahí se concluye que el mejor pajarero no es el que más especies ha conseguido avistar, ni el que más estudios ha publicado, ni el que más días dedica cada año en su parcela local para pajarear. El mejor pajarero es siempre el que disfruta con una mañana observando aves. Porque nunca hay malos días de pajareo. Los puede haber antológicos, al observar por fin esa especie que hemos soñado durante años, o por haber contemplado un comportamiento único. Pero malos, lo que se dice malos, nunca. Siempre vuelves a casa con una experiencia singular, exclusiva de aquel momento, sea solo o en compañía, que te hace despedir el día sintiéndote vivo.


                                                                                                                                                                                              José Luis Copete