Árbol Aya Koda
Lumen, 143 pags.
Las palabras tienen alma. Árbol es una palabra y también el título de un gran libro.
Aya Koda está considerada la mejor novelista y ensayista japonesa del siglo XX. También fue miembro de la Academia de Arte de Japón en 1976 y sus últimos años los dedicó a la tierra y a los árboles. De esta manera nació Árbol, una obra póstuma que el tiempo, afortunadamente, no ha logrado enterrar.
El padre de Aya, prestigioso novelista, se empeñó en que sus hijos conocieran bien la naturaleza. Y les regalaba árboles. Plantaba un árbol de la misma especie para cada uno de ellos y de esta manera, los niños se convertían en los propietarios de sus flores y sus frutos, pero al mismo tiempo aprendían a cuidarlos y a agradecer su existencia. Los árboles en Japón son emblemas de belleza y se les brinda un gran respeto.
Aya empezó a escribir y a publicar sus primeros textos cuando su padre falleció. Si nos ponemos románticos, podríamos decir que a partir de ese momento Aya brotó como el ciprés Hinoki que menciona en el libro. Podríamos decir que de ella nacieron entonces los renglones alineados que después han llegado a nuestras manos impresos en un papel. De nuevo, los árboles y los regalos.
“Árbol” está escrito en primera persona. Es una obra autobiográfica. En ella encontramos una narradora septuagenaria que viaja por diversos lugares de Japón para visitar y contemplar de cerca los árboles más antiguos y venerables del país. Cada relato hace referencia a una de sus experiencias. Es un libro sensorial. Aromático. Se puede ver, tocar, oler… Sus páginas están sazonadas de bellas metáforas, símiles, sinestesias y otras figuras retóricas. “Los árboles viven sin decir una sola palabra”, escribe Aya en uno de sus relatos porque la idea de que los árboles están callados aparece en varias ocasiones a lo largo del libro. Incluso llega a comentar la autora que eso le parece digno de elogio. Y es que continuamente nos habla de la emoción que le provocan los árboles. Hay poesía en lo que cuenta, despierta la reflexión. Es un libro bellísimo.
Asimismo, la protagonista se nos presenta como un personaje redondo que va evolucionando a lo largo del viaje. Ella misma confiesa que su manera de mirar los árboles ha ido cambiando con el tiempo. Cuando empezó a visitar los singulares bosques, halló en ellos una emoción que la ayudó a purificar su corazón y a proporcionarle un nuevo alimento espiritual. Sin embargo, al contemplar los cementerios de árboles azotados por el viento marino, la lluvia de ceniza volcánica, los desprendimientos de las montañas o los sufrimientos de los ríos supo que los bosques y los árboles también provocan cierta angustia. “Si hubiera un desprendimiento el hermoso bosque quedaría devastado en un instante; y si se produjera una inundación, los pinos y los arces que crecen a lo largo de las orillas se verían gravemente afectados”, escribe Aya.
“Árbol” acaricia la filosofía mediante la personificación de los árboles.
Y es que este libro no solo habla de árboles y flores. También habla de la vida y de la muerte, de los defectos y las virtudes, del paso del tiempo y el reflejo de este en rostros y ramas. Aya destila un humor fino, una ironía tímida y elegante: “Tal vez sea porque carezco de experiencia en el apilamiento de objetos grandes. Lo único que he apilado son años y, como eso no ha sido intencionado, me entristece”, dice Aya cuando habla de los tetrápodos de hormigón que vio en la costa de Niigata para proteger la costa de los embates del mar.
Y la obra tampoco ha pasado desapercibida para los grandes cineastas.
El libro resulta esencial en “Perfect Days”, la cinta de Wim Winders nominada al premio Oscar a la mejor película internacional. Hirayama, el protagonista del film es un entusiasta lector y encuentra “Árbol” en una librería. Este libro le ayudará a entender que la contemplación de los árboles es un estilo de vida. Winders pone su atención en el komorebi, una palabra japonesa que le conmueve y que describe el momento único e intangible en el que aparece el brillo que solo se alcanza cuando los rayos del sol se filtran entre las hojas de los árboles.
Me cuenta un buen amigo vasco, conocedor de las lenguas preindoeuropeas, que en las antiguas lenguas vibracionales cada sonido que forma una palabra representa algo, una parte de la realidad que evoca. Y así “árbol”:
A alma, fuerza vital
R atrapada en un cuerpo
B que nace del límite del suelo
O elevándose
L manteniéndose rígido y estático
Aya habla de que los árboles no cambian de residencia, no se van, no tienen piernas. Andan anclados en sus raíces y no saben de banderas, solo son conocedores de la tierra que les vio nacer. La definición de Gorka Garmendia enlaza con el libro y con lo que nos cuenta Aya en cada relato.
Cuando leáis este libro, os sentiréis aún mejor. Tiene alma.
Sara Torrens Arcos