Apartamentos Géminis Julio Hardisson Guimerà

Editorial Virus, 330pags.

Julio Hardisson Guimerà (Santa Cruz de Tenerife,1968) es profesor en el Grado de Comunicación e Industrias Culturales de la Universidad de Barcelona y también codirector de la revista literaria Pliego Suelto. Además, realiza trabajos relacionados con el arte electrónico, el diseño y la lingüística. Y todo ello, en buena parte, se ve reflejado en esta obra singular, moderna y también nostálgica a la vez que esperanzadora.

Leo es el protagonista de la novela. Un golpe fortuito en la cabeza le arrancó de cuajo su labor como arquitecto en la Península y mermó sus sentidos y su percepción circundante. Al cabo de un tiempo regresa a su isla natal y ocupa el puesto de jardinero y técnico de mantenimiento en unos apartamentos turísticos. 

Apartamentos Géminis se desarrolla en un complejo turístico ocupado por personajes tan de mentira que pronto llegan a ser de verdad. Se trata de estrellas errantes que han sido expulsadas violentamente de sus hogares, de sus madres, de su pasado y se mueven deprisa. Y huyen. Y se exhiben. Y se graban. Y se friegan. Y se frotan. Y fornican. Y nada es suficiente. Se ven y se tocan todos los días, pero no saben sentirse ni mirarse apenas un segundo. Van deprisa en un mundo disfrazado de calma, sonrisas y buenas intenciones. Sin embargo, bajo esa parsimonia ambiental subyace la soledad, el miedo, el fracaso y la apatía más abrumadora. Y también el abuso y el poder. 

El autor nos sumerge en un falso paraíso en el que todo gira en torno a las pantallas, los drones, las camgirls, las piscinas circulares, los mafiosos rusos, las gafas de sol de plástico rojo y las influencers. Un mundo de sueños rotos y sexo vacío. Una superficialidad fabricada y bien armada. Apartamentos Géminis es una obra latente que se mueve y crece. Como crece y avanza muy despacio, entre muros y columnas; y casi de una forma imperceptible, una vegetación reptiliana y callada  que abre grietas y resquebraja silenciosamente todo ese mundo de notificaciones y eyaculaciones públicas.  

La tierra grita, tiembla y avanza. Y al final explota como en un videojuego. Explota y  lastima para luego sanar las heridas. 

La novela, que a veces nos recuerda al Gaudí que defendía una naturaleza regida por principios geométricos profundos, juega todo el tiempo con la dicotomía. Vemos contrastes en el estrépito y el mutismo, en la fragilidad y la resistencia, en el lapilli volcánico y el mar, en la ternura y en el avatar, en los destellos y la oscuridad, en la naturaleza y el ser humano (pero ¿el ser humano no es también naturaleza?). Esa constante confrontación es también protagonista de la historia. Todo son intersecciones, cruces de antónimos. La diversidad, la comunión y el equilibrio son necesarios en todo hábitat, en todo ecosistema. Incluso en el resort de Ajabo.

Así pues, cada personaje parece tener un propósito más allá de la simpleza de sus acciones y así nos lo cuenta Hardisson. Algunas líneas del libro hablan de  perderse en un nuevo mundo, de olvidar los vocablos aprendidos hasta enmudecer, de vaciarse, de descubrir cómo lo digital coloniza lo real, de recrear un locus amoenus eléctrico… y quizás solo sea para sobrevivir a la sensación de abandono, de cautiverio, de abuso y de errancia. Pero detrás de esas orgías y episodios propios de videojuegos y noches olvidables, existe una necesidad de crear vínculos, de compartir, de dejar de sentirse solo y extranjero en un mundo que es de todos y no es de nadie. «Todos estamos en el mismo barco», dice en un momento de la obra la abuela de Jean-Paul, un niño entrañable que cabalga entre la inocencia, la filosofía y la promiscuidad  temprana a la que lo arroja inevitablemente el entorno. 

Y todo ello, de otra manera, nos hace recordar cuando la pandemia nos encerró en nuestras casas y entonces la natura, de una manera relajada y respetuosa, avanzó por las calles, los parques y las playas de nuestras urbes. 

La tierra es un ser vivo y tiene anticuerpos. 

Leonard Cohen escribió en una de sus canciones que «hay una grieta, una grieta en todas las cosas por donde entra la luz». Quizás ellas sean un punto de partida  para llegar al mundo del que habla  la abuela de Jean-Paul en el libro. Ella es, sin duda, un personaje clave en todo el relato. 

Hardisson nos recuerda en esta magnífica obra que la regresión del ser humano puede venir tanto de una extroversión hiperbólica, de una exhibición total como de una introversión radical, de un anacoretismo en esencia. Ambos polos se asemejan y nos llevan al mismo lugar. El truco está en una identidad compuesta como la de las aves migratorias. Ellas siempre encuentran el camino de regreso. 

 

      Sara Torrens Arcos