Antes todo esto era ciudad Pedro Bravo

Debate, 271 pág. 

Hormigueros, colmenas, los nidos para más de quinientos ocupantes construidos por las aves tejedoras, los pueblos que diseñan los perritos de las praderas… La ciudad es la versión humana de esas construcciones, a las que sin problemas denominamos “naturales”. Y Pedro Bravo ha dedicado un libro a la ciudad. Es bastante crítico con su deriva contemporánea, aunque propone soluciones y no renuncia a la esperanza.

Antes todo esto era ciudad se asoma al lugar de donde vienen las urbes para intuir hacia dónde van, al menos hasta 2050. Se calcula que ese año, un 70 por ciento de personas vivirá en ciudades, las concentraciones donde se está decidiendo el futuro de nuestra especie.

Bravo comienza el libro abrumado por la rendición al turismo calcada en tantas urbes del mundo, grumos humanos entregados a una pérdida de identidad colectiva aún más pavorosa por ser casi simultánea, además de contradictoria, porque, pese a enarbolar la bandera de la diferencia, pese al anhelo común de ser únicas, atractivísimas y, por eso, super visitables, cada vez se parecen más entre ellas. En esta época globalizante, la mayor aspiración de casi cualquier ciudad es convertirse en marca, I love Singapur, Praga, New York. Para lograrlo, observa Bravo, hay que enviar mensajes directos, cuanto más simples mejor. El objetivo prioritario es aislar un par de ideas contagiosamente simples que comuniquen aquí estoy yo

Los casos de Amsterdam, Barcelona o Venecia ayudan a explicar cómo la orgía turística ha pasado rápida factura a unas ciudades que ya están legislando para moderar las avalanchas de guiris y contener en lo posible a los especuladores que han elevado los precios de la vivienda expulsando a miles de autóctonos. 

A partir de este evidente trastorno, Bravo divide el libro en dos bloques: El desamor; y Recuperar la ciudad. En el primero desliza datos y situaciones gráficas para captar de qué está hecha, física y espiritualmente, la modernidad: un 40 por ciento de las parejas de Estados Unidos se ha conocido por aplicaciones. Es un reflejo de cómo la vida urbana -porque la mayoría de ese porcentaje es urbano- se ata cada vez más a pantallas que, por otra parte, llevan a disminuir las interacciones físicas de miles o millones de individuos.

La ciudad como lugar de mezcla y sin embargo soledad es un fenómeno tan temible como apasionante al que Bravo dedica muchas líneas.

El madrileño procura contexto histórico para situarnos mejor, e igual vemos a Julio César intentando limitar el precio de los alquileres que nos escama el creciente desinterés de los jóvenes por el sexo (al parecer follan menos en las ciudades de hoy), con las dificultades para pagarse una vivienda siempre rondando, amenaza persistente en este universo turbocapitalista en el que las ciudades compiten hasta dividirse en ganadoras y perededoras: las cincuenta mayores metrópolis del mundo albergan apenas el siete por ciento de la población mundial pero generan el cuarenta por ciento de la actividad económica global. 

“Las ciudades han decidido comportarse como empresas”, concluye Bravo, distinguiendo que algunas prefieren pensar que reciben clientes en lugar de visitantes, compradores a los que hay que suministrar un entretenimiento sin fin que, de tan clonado, para un viajero frecuente puede acabar siendo un más-de-lo-mismo insufrible y hasta (otra paradoja) aburrido. 

Alternando sobriamente ironía y desafío, el autor propone argumentos y denuncias subrayando el, en general, exitoso esfuerzo de unos cuantos multimillonarios por apoderarse de las ciudades reventando cualquier atisbo de equilibrio, desoyendo las alertas sociales y medioambientales, y, de ese modo, propiciando escenarios que una vez alguien imaginó como distópicos. El último boom tecnológico está ayudando a dinamitar lo que pudiera quedar de un viejo orden urbano. La aceleración exponencial que supuso el teléfono inteligente o, ahora, la llegada de la Inteligencia Artificial han entronizado el deseo. “En la ciudad se ha exhibido el catálogo de deseos que desear”, escribe Bravo. “Los algoritmos nos entierran en nuestros propios sesgos”. “Los influyentes ganan influencia lamentándose”. Y, a fuerza de máximas por el estilo, el autor va retratando el carácter, el espíritu, del nuevo urbanita medio. 

El resultado no es alentador, pero gusta leerlo, porque todo está hilado, la narrativa es dinámica y chispea; los ejemplos, a menudo resultan memorables de tan gráficos, y hechos y reflexiones se imbrican de manera tan esclarecedora que la sensación de estar aprendiendo con emoción se impone. 

Bravo, igual ubica cuándo apareció el primer Ministerio de la Soledad del mundo (en Reino Unido) que aplaude el valor de pensadoras como Lola López Mondéjar, convencida de que el gran mal contemporáneo es “la pérdida de capacidad narrativa”. Bravo está tan de acuerdo con López Mondéjar que se lanza a narrar sin cadenas, con párrafos fluidos, ricos en contenido y lo bastante afilados como para erigirse en un creíble portavoz del derrumbe de la ciudad, confiando que sus palabras no se entierren como las de otros lúcidos pensadores, porque los abogados de la ciudad justa y sana suelen experimentar el mismo desprecio popular que los pregoneros del cambio climático: ambos temas parecen interesar e incluso preocupar mucho y sin embargo provocan reacciones nimias, cuando no adversas, en el denominado “grueso de la población”. 

Por eso, Bravo se lanza a expresar la urgencia por rediseñar ciudades más verdes, hospitalarias, donde se respire mejor y se desplace de los gobiernos a lumbreras como los de la brasileña Belém, que, durante la celebración de la última COP por el clima, quisieron llenar la ciudad de ecoárboles para sustituir a los de verdad (muy escasos, claro, porque los habían talado). 

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Bravo retrocede hasta el Génesis: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la Tierra y sometedla”. Esa fue la orden, que Aristóteles sublimó afirmando que los animales habían sido creados para el beneficio de nuestra especie. Para entonces, los humanos ya éramos sedentarios, habíamos extraviado la atávica capacidad de adaptación a los cambios perdiendo rudeza y músculo hasta convertirnos en pseudoesqueletos de sofá capaces de consumir energía de forma tan desequilibrada que hemos provocado un cambio climático que sigue elevando rauda y estremecedoramente los termómetros, a la espera de encadenar períodos con temperaturas de bulbo húmedo, una combinación de calor y humedad que se va a dar cada vez con más frecuencia en el planeta matando a un número más que grande de personas. 

Que miedo, ¿no? Leído así, tan junto, puede intimidar pero, en el libro de Bravo, todo esto se digiere de una forma que sin llegar a dicharachera resulta casi agradable, como una descripción de realidades bastante inexorables con las que va a haber que lidiar… con las que en muchos sitios estamos lidiando ya.  

Antes todo esto era ciudad es una obra algo más que amena, entre provocadora e informativa, que defiende la renuncia más que el decrecimiento o bailar con la complejidad potenciando la creatividad, ese ancestral superpoder que está sucumbiendo ante el Gran Sueño Popular de la comunicación simple, es decir básica.

No se entiende que, entre el abanico de proyectos renaturalizadores de ciudades expuesto por Bravo, no se halle uno tan emblemático, de proximidad y potente como las supermanzanas. A cambio, sí figuran las ideas de Jane Jacobs o la Ciudad de los quince minutos, y presta singular atención a los diseños orientados a aumentar los cuidados e incluso a alcanzar la crianza compartida como hacen titís, suricatas, mangostas rayadas o pájaros carpinteros.

Para sanear estos núcleo de humanidad reconcentrada, Bravo propone, en fin, rebelarse tirándose de cabeza al conflicto porque “en este contexto, todo lo que no es rebeldía es una forma de sumisión”. Aquí te recomendamos leerlo. Luego, tú sabrás. 


Gabi Martínez